Lamarga

Muerte del vecino de arriba.

In Cuadernomar on 22 janvier 2009 at 11:27

Misterios del Universo

 

En una incomoda habitación de dos metros cuadrados vivía el hombre. Pegado a la pantalla de su pc, esbozaba, con esfuerzo, una sonrisa, moldeada hacia el costado izquierdo por su perenne angustia y amargura de sentirse menos que Google, ese ser inmensamente rico en palabras, conceptos y sitios científicos sobre TODO el universo.

Ante sus ojos desfilaban desde textos sagrados hasta los más caóticos blogs de la manía contemporánea: comunicar sandeces, con esa pretensión humana de obtener cinco minutos de gloria.

Las consonantes y vocales entraban a sus ojos, fosforescentes y encandiladas. Su cerebro verbalizaba frases con estruendo de tractor en campo demasiado seco. Mucho café, mucha aspirina, insomnios, duchas heladas, nada impedía ese terrible dolor que centrado en su bajo vientre montaba e  inundaba su pecho.

Su intestino le anunciaba el comienzo de la debacle. Tanto concepto, tanta filosofía, tantas épocas se entretenían horadaban las canalizaciones del rectum; el fin era inminente.

Sorprendido, amparado en una extraña lucidez, corrió a la ventana y recordó cierto sonido a tambores bajo una mata de Ceiba, quizás un estrépito de su vida fetal, le apresuró a resolver la contradicción con el enemigo de Internet. Un trueno resonó, alguna fibra ancestral de Chango estaba llamándole.

Con un golpe brusco de sus dedos, fosilizados de teclear, se acordonó los zapatos, se puso una camisa manchada en el cuello y en el bolsillo derecho de grasa y de patatas fritas Mac Donald, y rompiendo la oscuridad de la estrecha pieza, abrió la puerta.

La voz de la vecina, quien en ese momento se exprimía en un infantil dialecto cubano americano le aconsejó de regresar y ponerse el pantalón al derecho. El hombre entro, cabizbajo, puso una tranca a la única salida y, otra vez, se enfrentó al enemigo virtual. Los bolsillos colgaban como orejas, a ambos lados de su cuerpo.

Extraño olor inunda todavía el piso, de donde le sacaron en un estado licuoso, como larva que nunca pudo estrenar su traje de mariposa…

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