Lamarga

El que niega

In Mis libros on 23 janvier 2009 at 5:14

El que niega mancha detalla cruza  acuchilla el rostro

Es un veedor de candelillas,

oledor de carroñas  entre los pies y la cabeza ajena.

Por Madrid me comió el mal, tenía en el ojo un desgarrón.

Tuve que hincar  brasa, morder hasta destrozar los dientes,

y enviarle a pescar flores del poniente,

a extraer rayas en la mesa de señoras con cartas.

-cuando te fuiste-

tuve que postilarme, escaldarme la úvula,

ahogar el riñón,  traducir taquicardias,

perforarme el pulmón con trementina,

cocerme el sexo, arrancarme las uñas

-y no sentía nada.-

El que niega capa al buey y parece que le salva con el gesto.

Tsunami  decía que era la ciudad, su ciudad, la más bella

donde las yerbas nocturnas ponían  los semáforos en verde

y  las manillas del reloj marcaban el Retiro.

Noches de Dos de Mayo, albas fire, amaneceres Fénix,

Tú queriendo meter la partitura de Holguín entre las nalgas

de niñas abrumadas por el encanto de la isla.

Yo, la hambrienta de polvos intrascendentes vomitaba en la

habitación, metiendo miedo al pie, al muro, a la cabeza.

Como en los tiempos licuados  donde montabas  yeguas

despotricadas por un par de zapatos, comías cerebros,

hablando ruso en Francia, francés en España

– cualquier extranjero es de buena saña-

cazador cazado en el temblequeo del caos: no tener un

maldito papel que te nombre y en órbita un trabajo,

multiplicabas desprecios y decías razón donde había falta.

Caldo curado en el hueco del cráneo, generación de los ochenta

descubriendo al cordobés sin huevos en la mesa.

El que niega traspasa el poder y en   lo negado queda

chulo piruleto abastecedor de ladrillos y graznidos de Ucrania

frente a margarina margara sana curas

acusando el maleficio de La Habana.

Se podría decir que desparasito a Madrid

con una frialdad que desgarra,

de no poner los pies enferman mis talones.

Ahí voy caballeros pudriendo ovulación en falos tubulares,

iluminada e ingrávida fundo medio siglo en las sombras de Atocha:

quiero cerveza fría, tallarines calientes,  los dos

en el mismo saco conspiración china, a un euro el Mau.

El que niega recoge la calabaza, espera el alba con la nariz en el polen

aun sin primavera  aprueba mi fluir constante, mi ligereza,

me golpeará frente a la baranda me atará un instante

si pongo voz suplicante y ojos de costurera.

No hay absenta, flores de campanilla, líquidos

fluorescentes  pastillas, resinas que hagan en mis venas

un impacto mayor que sus ojos.

Pero a estas alturas en el patio de mastodontes,

quedan pocos monstruos por clasificar.

El que niega dice que no es el hombre,

y no lo es.

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