Lamarga

Salvemos la casa de Vicente Aleixandre

In Centauro Paradis Virtus Al on 15 février 2009 at 10:53

Poeta español nacido en Sevilla en 1898.

Su infancia transcurrió en Málaga, y aunque desde los trece años se trasladó con su familia a Madrid, el mar dejó una profunda huella en su poesía. Fue profesor de Derecho Mercantil y miembro de la Real Academia Española desde 1949. Es uno de los grandes valores de la poesía del siglo XX.

Su primer libro, «Ámbito», fue publicado en 1928, al que siguieron, «Espadas como labios» en 1932, «Pasión de la tierra» en 1935,  «Sombra del paraíso» en 1944, «Mundo a solas» en 1950, «Nacimiento último» en 1953, «Historia del corazón» en 1954, «Poemas de la consumación» en 1968, «Diálogos del conocimiento» en 1974   y póstumamente «En gran noche» en 1991.

En 1934 fue Premio Nacional de Literatura y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Falleció en Madrid en 1984

Ciudad del paraíso

 

                                            A mi ciudad de Málaga

 

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

en tu vertical caída a las ondas azules,

pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,

intermedia en los aires, como si una mano dichosa

te hubiera retenido, un momento de gloria,

antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

 

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira

o brama por ti, ciudad de mis días alegres,

ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,

angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines

donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.

Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,

merecen el brillo de la brisa y suspenden

por un instante labios celestiales que cruzan

con destino a las islas remotísimas, mágicas,

que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.

Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,

y donde las rutilantes paredes besan siempre

a quienes siempre cruzan, hervidores de brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.

Acaso de una reja florida una guitarra triste

cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;

quieta la noche, más quieto el amante,

bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,

ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.

Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,

eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela

a la ciudad voladora entre monte y abismo,

blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero

por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.

Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.

Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

 

De « Sombra del paraíso » 1939

 

EL POETA SE ACUERDA DE SU VIDA

 

Perdonadme: he dormido.

Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.

Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.

¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.

Bellas son al sonar, mas nunca duran.

Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora

o cuando el día cumplido estira el rayo

final, ya en tu rostro acaso.

Con tu pincel de luz cierra tus ojos.

Duerme.

La noche es larga, pero ya ha pasado.

 

EL ÚLTIMO AMOR

 

I

Amor mío, amor mío.

Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.

Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir. Acabamos de oír                                                                                     cerrarse la puerta.

Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz se queja en la garganta.

Amor mío…

Cállate. Vuelve sobre tus pasos. Cierra despacio la puerta, si es que

                                                                                   no quedó bien cerrada.

Regrésate.

Siéntate ahí, y descansa.

No, no oigas el ruido de la calle. No vuelve. No puede volver.

Se ha marchado, y estás solo.

No levantes los ojos para mirarlo todo, como si en todo aún estuviera.

Se está haciendo de noche.

Ponte así: tu rostro en tu mano.

Apóyate. Descansa.

Te envuelve dulcemente la oscuridad, y lentamente te borra.

Todavía respiras. Duerme.

Duerme si puedes. Duerme poquito a poco, deshaciéndote, desliéndote

                                                      en la noche que poco a poco te anega.

¿No oyes? No, ya no oyes. El puro

silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,

oh solitario.

                   ¡Oh, si yo pudiera hacer que nunca más despertases!

 

II

Las palabras del abandono. Las de la amargura.

Yo mismo, sí, yo y no otro.

Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo sonido.

Las decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.

Pero no se las podía oír igual. Porque significan: las palabras

significan. Ay, si las palabras fuesen sólo un suave sonido,

y cerrando los ojos se las pudiese escuchar en el sueño…

 

Yo las oí. Y su sonido final fue como el de una llave que se cierra.

Como un portazo.

Las oí, y quedé mudo.

Y oí los pasos que se alejaron.

Volví, y me senté.

Silenciosamente cerré la puerta yo mismo.

Sin ruido. Y me senté. Sin sollozo.

Sereno, mientras la noche empezaba.

La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.

Y dije…

Pero no dije nada. Moví mis labios. Suavemente, suavísimamente.

Y dibujé todavía

el último gesto, ese

que yo ya nunca repetiría.

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