Lamarga

« Todos mis artículos son cartas de amor »

In Centauro Paradis Virtus Al on 20 février 2009 at 2:45
 
 
« Estos cruces de cartas tienen que cesar, Milena, nos enloquecen, uno No sabe lo que ha escrito ni lo que ha contestado, y tiembla constantemente imaginándoselo. Entiendo muy bien tu checo, también oigo las risas, pero en tus cartas me cavo un túnel entre la palabra y la risa, finalmente sólo oigo la palabra, y por otra parte es ésa mi esencia: temor. […]
Para mí lo que ocurre es algo increíble, mi mundo se derrumba, mi mundo se reconstruye, fíjate (el imperativo es para mí) cómo harás para subsistir. Del derrumbamiento No me quejo, ya se derrumbaba antes, pero me quejo de la autorreconstrucción, me quejo de mi debilidad, me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol ».
 
De Franz Kafka a Milena
(Entre 1922 y 1923)

Por favor, escriba la dirección con un poco más de claridad, una vez que la carta está dentro del sobre pasa a ser casi propiedad mía y usted debería ser más cuidadosa con la propiedad ajena, debería tratarla con más sentido de la responsabilidad. Tak. Por otra parte, tengo la impresión – aunque No puedo llegar a precisarla – de que una de mis cartas se ha perdido. ¿La típica ansiedad de los judíos? ¡Cuando lo que debería temer es que las cartas lleguen a destino!

¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito No llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas No se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos.

Franz Kafka,
« Cartas a Milena », Editorial Losada, Buenos Aires, 1981

 
 
Milena dijo una vez: « Todos mis artículos son cartas de amor ».
 
 
Una carta de Kafka a Milena.
Hacía mucho que No le escribía, Milena, y hoy mismo sólo le escribo por casualidad. No hay necesidad de que me disculpe por mi silencio, usted sabe cómo odio las cartas. Toda la desdicha de mi vida proviene, si se quiere, de las cartas, o de la posibilidad de escribirlas. Y con esto No me quiero quejar, sino formular una observación instructiva. Muy pocas veces me ha engañado una persona: las cartas siempre me engañan. Y No sólo la de los otros, sino también las mías. En mi caso es una desgracia muy particular de la que prefiero No seguir hablando: pero, Al mismo tiempo, es una desdicha general. La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído Al mundo – considerado desde un punto de vista teórico – una terrible pertubación para las almas. Porque es una relación con fantasmas – y No sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el propio – la que se va gestando debajo de la mano que escribe, en esa carta, y más aun en una serie de cartas de las cuales una corrobora a la otra y puede apelar a ella como testigo. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en un persona ausente y puede tocar a una persona presente; todo lo demás supera las fuerzas humanas. Pero escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, cosa que ellos aguardan con avidez. Los besos escritos No llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino. Y esa abundante alimentación have que los fantasmas se multipliquen en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha contra eso; para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo (etc). Los fantasmas No morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos.
(…)
Pero a ellos se los reconoce también en las excepciones. Porque a veces dejan una carta sin interferir y esa mano llega como una mano amiga, ligera y tierna, a depositarse entre las nuestras. Y bien, es probable que sólo se trate de un espejismo y quizás esos casos sean los más peligrosos y haya que cuidarse de ellos más que de los otros. Pero si se trata de un fraude, el engaño es perfecto.
(…) De todo lo dicho surge que las cartas son un excelente remedio antisueño. ¡En qué estado llegan! Resecas, vacías e irritantes, una alegría fugaz seguida de un largo sufrimiento. Mientras uno las lee, olvidado de sí mismo, el resto de sueño que uno conservaba levanta vuelo y huye por la ventana abierta para No regresar por mucho tiempo. Por eso dejamos de escribirnos. (…) Quizá seas la persona a la cual con mayor gusto escribo (en la medida en que se puede escribir con gusto; pero estas palabras sólo están destinadas a los fantasmas que asedian mi escritorio con avidez).
 

Carta a Milena del 7 de agosto de 1920.

« Esta noche maté. Alguien, un pariente, durante un diálogo que No recuerdo, que sin embargo significaba que éste o aquel eran incapaces de algo —un pariente, entonces, terminaba diciendo irónicamente: « Entonces Milena quizá »—. Como respuesta lo despedazaba No sé cómo, luego volvía a casa exaltado, mi madre corría detrás mío y también en el pasillo tenía lugar una conversación parecida; Al fin, rojo de rabia, gritaba: « Si alguien nombra a Milena con malas intenciones, por ejemplo el padre (mi padre), lo mato a él también o me mato ». Luego me desperté, pero No había sido ni un dormir ni un despertar verdaderos ».

 

Franz Kafka: Cartas a Milena. Alianza Editorial, Madrid, 1998 [trad. De J.R. Wilcock]

“Así que son los pulmones. Me pasé el día cavilando, No podía pensar en otra cosa. No porque la enfermedad me asuste demasiado, probablemente -y así lo espero, ya que sus palabras parecen indicarlo- se muestra benigna con usted, y aun una verdadera afección pulmonar (media Europa occidental tiene los pulmones más o menos afectados), que yo vengo sufriendo desde have tres años, me ha hecho más bien que mal. Have unos tres años empezó, en plena noche, con un vómito de sangre. Me levanté alterado, como nos altera siempre una novedad (en vez de quedarme acostado, como después me recetaron) y, naturalmente, también un poco asustado; iba a la ventana, me asomaba, volvía Al lavatorio, daba vueltas por el cuarto, me acostaba; la sangre No cesaba. No me sentía muy desdichado, porque poco a poco advertía, por una determinada razón, que después de tres años, casi cuatro, de insomnio, podría por primera vez dormir, suponiendo que loa hemorragia cesara. Cesó (No se repitió nunca más, por otra parte), y pude dormir durante todo el resto de la noche. Por la mañana entró la criada (en esa época yo vivía en el Schönborn-Palais), una muchacha buena, casi abnegada, pero notablemente realista, vio la sangre I me dijo: “Señor doctor, usted No va a durar mucho”. Pero yo me sentía mejor que antes, me fui a la oficina y No consulté Al médico hasta la tarde. El resto de la historia No importa. (…) …voy a ocuparme de la explicación que en aquella época conseguí darme de la enfermedad, en mi caso, aunque puede aplicarse a otros casos. Era que el cerebro ya No podía soportar la acumulación de preocupaciones I de desdichas. Y dijo: “Me rindo. Pero si aquí todavía hay alguien que se interesa en la conservación del todo, que me alivie un poco de mi carga, y la cosa durará un poco más”. Entonces respondieron los pulmones, en realidad sabían que No había mucho que perder. Esas negociaciones entre la cabeza y los pulmones, de las que yo No me enteraba, pueden haber sido espantosas” [pag. 10-11]

“No quiero (¡Milena, ayúdeme! ¡Comprenda más de lo que le digo!), No quiero (esto No es tartamudeo) ir a Viena porque No podría soportar la tensión mental. Estoy mentalmente enfermo, la enfermedad de los pulmones No es más que un desbordamiento de la enfermedad mental. Estoy así enfemo desde los cuatro o cinco años de mis dos primeros noviazgos” [pag. 45]

“Ayer fui a ver a mi médico, me encontró más o menos en el mismo estado que antes de ir a Merano, los tres meses han pasado por el pulmón casi sin dejar huellas, en la punta izquierda de la enfermedad, sigue residiendo tan fresca como siempre. Para él este resultado es lamentable, para mí es casi agradable, porque me imagino cómo estaría si me hubiera quedado todo este tiempo en Praga. Además él cree que No aumenté nada de peso, pero según mis cálculos engordé unos tres kilos. En el otoño hará la prueba de darme inyecciones , pero No creo que pueda soportarlas.
Ante este resultado, cuando comparo la forma en que tú juegas con tu salud -por pura necesidad, naturalmente, No have falta decirlo-, me parece a veces que nosotros, en vez de vivir juntos, tendríamos tranquilamente que acostarnos juntos para morir.” [94]
“En el fondo siempre escribimos lo mismo. Te pregunto si estás enferma, luego tú me lo preguntas, digo que quiero morirme, y tú también lo dices, quiero llorar como un niñito ante it, y entonces tú quieres llorar ante mí como una niñita. Y una y diez mil veces y siempre quiero estar a tu lado, y tú me dices lo mismo. Suficiente, suficiente.” [135-136]

“Ayer fui a ver Al médico. Contrariamente a lo que esperaba, ni él ni la balanza me encuentran mejor, aunque tampoco peor, en realidad. Pero opina que debo irme. Mencionó el sur de Suiza, pero después de mi explicación admitió inmediatamente que era imposible; Al instante, sin la menor ayuda de parte mía, me recomendó dos sanatorios de la Baja Austria, los mejores, según dijo: el Grimmenstein (doctro Frankfurter) y el Wiener Wald, aunque por el momento No sabe la dirección postal de ninguno de los dos. ¿No podrías, si se presenta la oportunidad, averiguarla en alguna farmacia, o preguntándole a un médico, o en alguna guía de teléfonos o de correos? No corre prisa. Ni tampoco quiere decir que haya decidido ir. Se trata de sanatorios exclusivamente pulmonares, casas que se pasan el día y la noche tosiendo y temblando de fiebre en su integridad, donde hay que comer carne, donde ex vedugos le retuercen a uno los brazos si se niega a recibir una inyección, bajo la mirada de médicos judíos que se acarician las barbas, tan duros con los judíos como con los cristianos.” [144-145]

“¿Y ya no se habla más del médico? Y eso que me prometiste claramente que irías a verlo; no obstante, siempre cumples con lo prometido. ¿No vas porque se acabó la sangre? No me pongo de ejemplo a tu lado, eres incomparablemente más sana que yo, yo siempre seré el señor que se hace llevar el baúl (lo que no obstante no significa una diferencia de rango, ya que primero viene el señor que llama con una señal al cargador, luego viene el cargador, y sólo después el señor que ruega al cargador que por favor le lleve la maleta, porque si no se caeía desmayado; hace poco -¡hace poco!-, mientras volvía de la estación a mi casa, el hombre que me llevaba la maleta empezó, sin que yo en realidadle mencionara nada de mí, a consolarme por iniciativa propia: yo seguramente sabía hacer muchas cosas que él no podía hacer, llevar cargas era su oficio, y no le importaba nada, etcétera; después de todo, en ese momento me pasaban por la mente ciertas dudas que habían podido resolverse con esta respuesta -absolutamente insuficiente-, pero no me las había expresado con claridad); sí, no quiero compararme contigo en ese sentido pero no puedo dejar de recordar lo que me ocurrió a mí, y esta idea me hace sufrir; tendrías que ir a ver al médico. Hace unos tres años, nunca había estado enfermo de los pulmones, nada me cansaba, podía caminar indefinidamente, en esa época no había llegado nunca (caminando) al límite de mis fuerzas (pensando, en cambio, llegaba a él constantemente), y de pronto, hacia agosto -es decir, que hacía calor, un tiempo hermoso, todo iba perfectamente, exceptuando la cabeza- escupí algo rojo en la pileta de la escuela de natación. ¿Extraño e interesante, no es verdad? Lo miré un rato y luego lo relegué inmediatamente al olvido. Pero empezó a repetirse con frecuencia, y al final, cada vez que quería escupir, conseguía que la escupida fuera más o menos roja, totalmente a voluntad. Eso ya no era interesante, más bien era aburrido, y volví a olvidarlo. Si hubiera ido en esa época a ver al médico…, bueno, todo habria sido probablemente tal como fue sin el médico, salvo que en esa època nadia sabía nada de esa sangre, en realidad ni siquiera yo sabía, y nadie se preocupaba. Pero ahora hay alguien que se preocupa, de modo que, por favor, ve a ver al médico.” [147-148]
“Los sanos abandonan a los enfermos, pero también los enfermos abandonan a los sanos” [156-157]

“Después de todo, Grimmenstein es mejor. La diferencia de precio es casi de cincuenta coronas por día, además al otro sanatorio hay que llevarse consigo todo lo necesario para la cura de reposo (piel para los pies, almohada, mantas, etc., no tengo nada de eso); en cambio, en Grimmenstein esas cosas se pueden pedir prestadas, en el Wiener Wald hay que pagar un depósito considerable, en Grimmenstein no; además Grimmenstein queda más alto, etcétera. De todos modos todavía no voy. Durante una semana me sentí bastante mal en verdad (un poco de fiebre y tanta fatiga al respirar que temía levantarme de la mesa, y también mucha tos); al parecer fue la consecuencia de una larga caminata, durante la cual conversé un poco; pero ahora estoy mucho mejor, de modo que el snatorio ha vuelto a pasar a segundo término.
Aquí tengo los prospectos: en el Wiener Wald el precio más bajo para un cuarto al sur, con balcón, es de trescientas ochenta coronas, en el Grimmenstein el cuarto más caro cuesta trescientas sesenta coronas. La diferencia es demasiado grande, auaqneue ambos son inmudantemente caros. Además hay que tener en cuenta la posibilidad de inyecciones, porque las inyecciones son extras. Yo preferiría irme al campo, y más aún quedarme en Praga y aprender algún oficio manual, lo que menos deseo es irme a un sanatorio. ¿Qué puedo hacer allí? ¿Dejar que el médico principal me tome entre sus rodillas y me entren arcadas cuando me meta en la boca un trozo de carne con sus dedos fenolados y empujándomelo por la garganta?

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