Lamarga

algo más terrible que cualquier imaginación

In Centauro Paradis Virtus Al on 25 février 2009 at 10:53

28mujer

“Yo diría que tengo dos pesadillas que pueden llegar a confundirse –había comenzado-: tengo la pesadilla del laberinto, y esto se debe, en parte, a un grabado en acero que vi en un libro francés cuando era chico. En ese grabado estaban las siete maravillas del mundo y entre ellas el laberinto de Creta. Era un gran anfiteatro, muy alto… En ese edificio cerrado, ominosamente cerrado, había grietas. Yo creía –o ahora creo que creía–, tan falible es nuestra memoria, tan inventiva es nuestra memoria, creía cuando era chico que si tuviera una lupa lo suficientemente fuerte podría mirar por una de las grietas del grabado y ver al Minotauro en el terrible centro del laberinto. Otra es la pesadilla del espejo. Pero no son distintas, ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto… Yo siempre sueño con laberintos o con espejos, salvo que en el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches: la idea de las máscaras. Las máscaras siempre me dieron miedo, sin duda sentí que si alguien usaba una estaba ocultando algo horrible. A veces en mi sueño –y éstas son las pesadillas más terribles– me veo reflejado en un espejo, pero me veo con una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque temo ver mi verdadero rostro, que es atroz. Ahí puede estar la lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación mía”.

 

“He tenido muchas pesadillas, y creo que la más terrible fue ésta (sin embargo, contada no es nada, pero me impresionó y la usé para un soneto): Estaba en mi habitación, amanecía, posiblemente era la hora del sueño, y al pie de la cama había un rey, un rey muy antiguo; y yo sabía en el sueño que era un rey del Norte, de Noruega. Ese rey no me miraba, fijaba su mirada ciega en el cielorraso (yo sabía que era un rey muy antiguo porque su cara era imposible ahora). Sentía el horror de esa presencia, veía su espada, veía su perro. Cuando desperté seguí viendo un rato al rey porque me había impresionado”.

  Si el soñar compromete la rara transacción por la que seguimos durmiendo mientras asistimos a la visión onírica, parece lícito pensar la pesadilla como un extravío del soñar. ¿Será así? Arriesgo que no, arriesgo que el sueño a veces nos conduce sabiamente, como llevándonos de la mano, hasta su propio ombligo y allí nos hace sentir su límite, su condición de máscara. Y más allá… “algo más terrible que cualquier imaginación”

Jorge Luis Borges

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