Lamarga

Por Norvège, el país de Vanessa….

In Centauro Paradis Virtus Al on 27 février 2009 at 3:01

01pais-de-vanessa

    Se desconocen los comienzos de la literatura noruega. Del periodo anterior a la introducción del alfabeto latino, que tuvo lugar en los s. XII-XIII, sólo se conserva un grupo de inscripciones rúnicas de valor e intención mágicos.

 

 La más rica y brillante expresión de la antigua literatura nórdica fueron las sagas (v.), eddas y poesía escáldica (v.). El elemento noruego en ellas es importantísimo. Es posible que algunas de las eddas sean noruegas. La corte noruega fue centro de la poesía escáldica y en parte de la saga. La primera prosa y poesía noruegas fueron religiosas, puesto que el arte de escribir se introdujo con el cristianismo. La prosa (sagas de santos, apóstoles o la Virgen), fue abundante, pero sin imaginación ni originalidad. Entre los poemas religiosos el más notable fue Draumkvxde (Sueño balada) ca. 1300, especie de pequeña Divina Comedia. Entre la prosa latina no religiosa tienen cierto mérito e interés la Historia Norvegiae (Arnuf?, ca. 1170), y la Historia de Antiquitate Regum Norvagiensium, de Teodoricus (ca. 1180).

 

      Durante el s. XIII las traducciones de romances caballerescos europeos dieron a la literatura nórdica una atmósfera más atractiva e internacional, pero le quitaron realismo. La única obra considerable de toda la prosa medieval noruega es Konungs Skuggsja (El espejo del rey), ca. 1250, compuesto quizá para un futuro rey, expresión de los ideales culturales medievales europeos, y magnífico cuadro de la cultura noruega. A los s. XIII y XIV pertenecen también los cuentos (eventyr o sagn), baladas y demás poesía llamada folklórica, que conservada oralmente ha mantenido la continuidad de la literatura noruega.

 

      Época de unión con Dinamarca (1397-1814). Durante esta época, la cultura noruega estuvo estrechamente unida a la danesa. Por una parte el danés se impuso cada vez más (sobre todo desde 1537 con el uso obligatorio de la Biblia danesa), llegando a ser la lengua oficial y literaria; por otra parte, Copenhague con su Universidad se convirtió en la capital cultural. En el s. XV, N. alcanzó su más bajo momento político, económico y cultural; hacia la mitad del s. XVI, la actividad literaria comenzó a reanudarse con A. Pederssün Beyer (1528-75) y P. Claussün Früs (1545-1614), después de siglos de silencio casi total. Durante el s. XVII los dos autores noruegos más importantes fueron Petter Dass y Ludvidg Holberg (v.), «el Moliére del Norte». Petter Dass (1647-1707) fue el poeta de la vida diaria noruega, a pesar de su sólida formación intelectual. Nordlands Trumpet (El clarín del norte) 1678-1700, su obra principal, es una descripción viva e imaginativa, con energía y humor, de la vida en el Norte del país. Durante la segunda mitad del s. XVIII, hubo pocos talentos literarios en N. (sólo la obra de Ch. B. Tullin, 1728-65; J. N. Brun, 1745-1816, y J. H. Wessel, 1742-85, tienen cierto mérito); pero el interés cultural y la conciencia nacional fueron en aumento. Se fundó la Real Soc. Noruega Científica (1760), la Soc. Noruega en Copenhague (1772) y la Universidad en Oslo (1811).

 

      Época de Wergeland. La época entre 1814 y 1850 aprox. estuvo dominada por la personalidad colosal de H. Wergeland (v.). Durante esos años, N. despertó de casi seis siglos de letargo. Los problemas de toda índole que se le plantearon llegaron a creerse insolubles (v. VI). En el terreno cultural surgió la interesantísima cuestión de crear y encauzar una cultura genuinamente noruega. Las profundas diferencias acerca de esta cuestión, envolvieron a las dos personalidades mayores del momento, Wergeland y J. S. Welhaven (1807-73), en una violenta controversia. Wergeland con sus «patriotas» abogaba por una ruptura cultural, lo más completa posible, con Dinamarca; Welhaven, convencido de que tal ruptura era imposible, defendía una actitud más fría, intelectual, controlada y consciente tanto en la vida como en el arte. En esa época, la literatura noruega estaba aún en desventaja en relación con los otros países germánicos.

      Romanticismo. El periodo realmente romántico es el comprendido entre 1845 y 1850. La literatura fue a la vez romántica y profundamente nacionalista. El sentimiento de un renacer nacional caracteriza al periodo. Un interés inusitado se despertó por toda clase de temas nacionales (con los que además se trata de unir los periodos culturales del país), intentándose la creación de un idioma propio. Expresión típica de esta época son las colecciones de cuentos populares noruegos (Norsk folkeeventyr), 1841-44, de P. Ch. Asbjornsen y J. E. Moe, las colecciones de poesía y música folklóricas de M. B. Landstad (1802-80) y L. M. Lindeman, la obra del historiador P. A. Munch (1810-63), que reafirmó el nacionalismo popular, y la del lingüista I. Aasen (1813-96). La literatura noruega romántica no tuvo gran genialidad, pero inspiró a los periodos siguientes. A ella pertenece también el primer poeta lírico A. O. Vinje (1818-70).

 

      Los a. 1850 fueron de tránsito en muchos sentidos; un escepticismo con relación a todo lo rural se puso de moda, el público general estuvo más interesado en problemas materiales o económicos que en literatura, y ya en 1855 se escribió la primera novela realista. Amtmandens ddttre, Las hijas del gobernador, de C. Collett, (seudónimo de C. Wesgland, 1813-95), que preparó el camino al realismo de los grandes escritores de 1870-90.

 

      Realismo y naturalismo. A partir de 1870 la literatura noruega alcanzó plenitud, variedad, abundancia e influencia mundial, especialmente con H. Ibsen (v.). Al periodo 1870-90 pertenece casi por completo la obra de «los cuatro grandes»): H. Ibsen, B. Bjornson (v.), J. Lie (v.) y A. Kielland (1849-1906) junto con la de H. Jeager (1854-1910), A. Skram (1846-1905) y A. Garborg (18511924). Durante la década 1870-80, la corriente realista iniciada con C. Collett afectó profundamente al drama y a la novela. En el decenio siguiente el naturalismo tuvo su máxima expresión en A. Skram (seguido por A. Garborg), y el problema sexual originó violentas controversias con H. Jeager sobre todo. Todos los autores de estos años, influidos por Ch. Darwin (v.), el positivismo de A. Comte (v.), el liberalismo de G. Brandes (v.) y el desarrollo industrial, se interesaron vivamente en los problemas sociales e individuales. Su literatura está marcada por un énfasis liberal e individualista que explica su lucha por la democracia y la libertad política, y sus ataques a la autoridad establecida o instituciones consideradas inconmovibles. A pesar de su tendencia crítica y polémica, agudizada en 1880-90, estos autores no eran negativos; la base de su actitud era en el fondo una visión idealista de la vida.

 

      Neorromanticismo. Alrededor de 1890, la literatura presenta en parte un nuevo espíritu caracterizado por sus tendencias románticas, interés psicológico, insistencia en lo artístico y abandono de lo general por lo particular, buscando lo individual que se creía más interesante. El cambio fue repentino, aunque no sin larga preparación. El naturalismo, positivismo y materialismo fueron atacados; las ideas debían dar paso a la importancia de la psicología y valores artísticos. El arte no se podía limitar a la realidad externa y al énfasis en la realidad; objetividad científica e individualismo fueron sustituidos por la expresión del temperamento del artista creándose el impresionismo y más adelante el expresionismo. La gran influencia de Nietzsche (v.) fue negativa cuando la teoría del superhombre se mezcló con las interpretaciones de Darwin y los prejuicios extremados, resultando una glorificación de los instintos primitivos y un credo de odio…

      

M. A. AMBROSIO DE FALKENBERG

****

 

Hace un tiempo, los escritores noruegos animaron una querella de varios meses. La disputa llevada a cabo a través de las páginas del « Dagbladet », un sólido diario de Noruega, se sostenía entre dos posturas: por un lado, la liga de los complacientes afirmaba que la última literatura noruega gozaba de muy buena salud, o mejor aún, que vivía una edad de oro. Por otro lado, la logia de los flagelantes refutaba esto diciendo que la literatura noruega de los últimos años era mediocre y anodina.

 

El complaciente principal era Tore Renberg, quien ha escrito sobre el tema de la familia en libros como Matriarcado (1996) y Mamá, papá, niño (1997), y sobre la intolerancia religiosa en Purificación (1998). En el rincón de los flagelantes estaba Ari Behn, un joven bohemio que en 2002 se casó con la princesa noruega Marta Luisa, la hija mayor del rey Harold V. Behn había publicado un libro de cuentos, Aburrido como el diablo, que vendió más de 80 mil copias. En 2003 publicó una novela con cierto ruido, en la tradición beat, Traspatio, donde describe las experiencias de un gay en la comunidad homosexual de Tánger. Una obra que le ha significado en 2004 recibir el premio « Autor del Año » de una importante revista de Oslo y el premio « Hetero del año » por Blikk Magazine, reconocimiento a los heterosexuales que han hecho algún esfuerzo por la comunidad gay.

 

Noruega tiene sólo cuatro millones y medio de habitantes, y uno de los más altos índices de lectura del mundo (un promedio de 47 libros por año). Tempranamente los escritores y la literatura jugaron un rol importante en esa nación, quizás por su necesidad de diferenciarse de los daneses y de los suecos. Por razones nacionalistas y de identidad, los noruegos respetaron a sus escritores. Desde su edad de oro, sus clásicos nacionales como Henrik Ibsen, Knut Hamsun y Sigrid Undset, son un sostén que inspira respeto. Los noruegos consumen mucha televisión, cine e internet, pero los libros siguen en el centro de la sociedad. Saben que durante las tres últimas décadas ha ocurrido un claro reposicionamiento de la literatura.

 

La narrativa de los setenta era comprometida y agitadora. Dentro de los escritores más prominentes destaca Kjartan Flogstad (1944). Ambiciosas novelas son Cara y sello y, últimamente, Paraíso en la tierra, sobre un chileno de Antofagasta que sale a buscar a su padre noruego. Son libros de alto vuelo político con un tono algo burlesco. Flogstad, que ha visitado Chile en varias oportunidades, estuvo en la Feria del libro de Santiago el año pasado.

 

En los años ochenta hubo una fractura. Fue un período teórico y reflexivo. La literatura se volvió hacia sí misma y adquirió un especie de autonomía. Fue una década de la apertura creativa y de caos fértil. El niño maravilla de esta generación fue Jan Kjaerstad (1953), quien se dio a conocer con su colección de cuentos La Tierra gira lentamente (1980). Culto, consciente del lenguaje y, a la vez, orientado hacia los medios de comunicación, Kjaerstad es bastante posmoderno a la hora de escribir sobre « lo noruego ». La novela La gran aventura (1987) es la historia de amor entre un escritor noruego y una estrella de televisión. En 2001, Kjaerstad ganó el Premio Nórdico de Literatura, el más prestigioso del norte de Europa.

 

De lenguaje minimalista, concentrado y musical, Jon Fosse (1959) imita el carácter repetitivo y persistente de la conciencia. En Plomo y agua (1992) aparecen las palabras « piensa él » más de diez veces en cada página, técnica que perfecciona en las novelas sobre el pintor Lars Hertervig: Melancolía I y Melancolía II (1996). En los noventa, Fosse ha llegado muy lejos como dramaturgo. Es el autor, al lado de Ibsen, más representado dentro y fuera de su país. Sin ir más lejos, dos de sus obras ya se han estrenado en Chile: « Alguien va a venir », con Amparo Noguera, y « El Hijo », con Claudia Di Girólamo en el papel principal, ambas dirigidas por Víctor Carrasco.

 

En los años noventa apareció una generación más orientada a los mass-media: escritores que a la vez eran guionistas de cine y televisión. Al igual que sus pares de otras latitudes, escriben principalmente en primera persona, sus relatos son lineales y sin experimentos formales acerca de mundos interiores en crisis y familias fracturadas. Es el caso de Erlend Loe (1969), que en 1996 publicó Naif. Super, vendió casi 40 mil ejemplares y se convirtió en un autor de culto, principalmente entre los jóvenes. Indolente, ágil y autoirónico – al estilo de Douglas Coupland- , Loe habla de la cultura pop, la televisión, la música de moda e internet. También son los temas de Linn Ullmann (1966), columnista y crítica literaria del « Dagbladet », quien además es hija del cineasta sueco Ingmar Bergman y la actriz noruega Liv Ullmann. Hizo su debut con Antes que te duermas, irónica novela con una amplia galería de personajes sobre una familia destrozada. El libro ha sido traducido al castellano por Mondadori.

 

Otro rasgo de estos autores es que hablan de modo distante sobre la violencia sexualizada, al estilo de Bret Easton Ellis en American Psycho. Nikolaj Frobenius (1965) publicó en 1995 una novela macabra pero muy recomendada, con aire de reflexión filosófica sobre el humanismo y la historia de las ideas: La lista de Latour (traducida al castellano por ediciones B).

 

La polémica que atravesó todas estas generaciones empezó cuando Jan Kjarstad – el corazón de la literatura ochentista- afirmó que no era la crítica noruega la enferma, sino la literatura. El joven Tore Renberg tomó el guante y salió en defensa de su generación. Afirmó que la literatura de los noventa era tan fuerte que cegaba. Los escritores, según él, habían salido directamente a buscar lectores y para ello crearon una obra capaz de inquietar, compitiendo con las ofertas del cine y la televisión. Sus logros estaban a la vista, aseguró.

 

El optimismo de Renberg irritó al joven Ari Behn. De los escritores de los ochenta dijo que eran « muchachos muertos ». De los setenta, afirmó que habían terminado en el infierno de los hechos, sin mayor fantasía. Y acusó a los más jóvenes de inclinarse ante los más viejos, sin buscar lo nuevo, convirtiendo a la literatura en una disciplina académica. « Se necesita más marineros, que aman la vida y la aventura, y menos estudiantes, que aman la muerte y lo triste », fue su retórica. Pedía una rebelión literaria.

 

Karl Ove Knausgard sostuvo una posición algo ecléctica, entre complaciente y flagelante, pero igual estaba maravillado por el alcance mediático que habían logrado los escritores de los noventa, y eso a él le parecía significativo, pues habían logrado poner la literatura en el centro del debate. Se habló, entonces, de flirtear con el comercio y de subvalorar la literatura. Y se acusó a los escritores de los noventa de engreídos, de no saber esperar el paso del tiempo, y de que, con uno o dos libros publicados, no tenían derecho a pontificar. La discusión derivó al rol de la crítica en Noruega y si debía ayudar a los escritores jóvenes o mantenerse independiente.

 

La disputa en sí misma refleja el vigor de la literatura noruega, pero además resume de manera notable los conflictos que la literatura y la crítica siguen teniendo en el mundo.

OMAR PÉREZ SANTIAGO

 

Publicités

Laisser un commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion / Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion / Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion / Changer )

Photo Google+

Vous commentez à l'aide de votre compte Google+. Déconnexion / Changer )

Connexion à %s

%d blogueurs aiment cette page :