Lamarga

El SINDROME DE GROENLANDIA- MAOLA

In Cuadernomar on 21 mars 2009 at 3:14

2599_1106454938234_1132594968_30342536_4353266_n

(FRAGMENTOS DE mi NOVELA AMARAR)

MAOLA

A su espalda, una ráfaga de aire helado borra las trazas. Los dedos contractados en las botas, se adentran en el blando suelo y dejan agujeros para los conejos que inundarán la pradera, en la próxima primavera. El talón tambaleante deja enormes cráteres, como si ella tuviera un peso descomunal o fuera de una profundidad de abismo.

Marina se funde con el hielo. Si abriese los ojos sabría que está encerrada en un cuartito pestilente a cigarro negro, en un edificio de bajo alquiler, postrado en la esquina de una ciudad con las aceras cagadas por perros.

Ha transcurrido un cuarto de siglo y comienza a desperezar. Una mirada al igloo convertido en colina del horizonte y Maola decide acercarse a la temida aglomeración de casitas en madera donde cazadores, buscadores de pieles raras, exportadores de mujeres blancas, aduaneros cabreados, abortadores del planeta, muertos endomingados, regidos por el espectro de un Tótem defecador, juegan una partida interminable de cartas, junto a hombres y mujeres que zurcen retazos de piel.

Maola entreabre sus ojos rasgados y se arranca la epidermis de la mejilla. Indiferente al dolor, abre los ojos, desmesuradamente abiertos a las luces de las casas. Maola está aterrada de miedo, pues poco a poco es habitada por Marina, quien cobra forma ante el insistente zurcido de los inuitas.

La noche comenzará en breve y los abrigos, las capas de pieles pesan,no corresponden al clima más suave que le invita a penetrar en la civilización, esa que Marina abandono unos quince años atrás para convertirse en silencio.

No recuerda como marchar sobre tierra y menos sobre un lecho de piedras, que rápidamente se aplana en una calle de asfalto negro, extendido en línea recta más allá del apreciable horizonte.

Los árboles espaciados, empercudidos de siena, en escasez de hojas, se agrupan en un bosquecillo. Apenas ha marchado unos veinte metros y las rodillas le flaquean bajo un pánico abrupto.

Maola se detiene jadeante y se esconde en los arbustos. Bastante ha andado, demasiado ha andado, para salirse de esa marea de noches, meses, lunes o sábados idénticos, de no ser, pero aún no esta preparada para escuchar voces humanas.

Quizás la noche le aconseje. Inútil de desvestirse de todas las pieles. No sabe si llegará a empuntar la callejuela o si volverá al país de las tinieblas, si volverá sin desearlo a pasar la frontera de ese lugar llamado Groenlandia.

-Tengo miedo – dice, mordiéndose las manos hasta sangrar.

Como una loba chupa el hilillo de sangre que corre a su muñeca. Alimentándose de su sangre, de ella, la única persona a quien hace confianza, pues sabe que es capaz de abandonarla sin darle una explicación.

La idea de partir a Groenlandia se instaló muy rápido. Marina estaba en abstracción. Jamás podría regresar a su tierra, los tótems la habían borrado definitivamente como ser nacido, los calmantes le volvían hilillo de baba en la comisura de los labios, nadie aparecía, el muerto se podría, el ángel había dimitido y su hija se defendía en una lengua desconocida.

Maola merodeaba con aire salvaje, en su interior se retorcía, y lanzaba arpones a su cervical, su nuca horadada provocaba un zumbido agudo en los oídos. Marina tiembla frente a su mirada. Si amansa su desesperación y espera que amaine el temporal, podrá llegar hasta un lugar civilizado.

Hierve agua y delante del humillo esta la soledad sin muros, el vacío total de una existencia sin manuscritos. El antártico que gana plaza. Maola se impuso y desbarató las neuronas que la ligaban a cierta esperanza. Acuchillaba sin distinción las ideas, las esperas, los pedidos, la infancia, a la mujer, y gritaba su poderío.

El reinado de Maola comenzó. Tenía treinta años y un cansancio de mujer. Solo Maola, la no amansada le permitía sobrevivir.

Marina ha regresado con la misma rapidez que se fue. Un golpe seco la expulso del abrigo. Ningún humano fue capaz de tentarla a que volviese, nadie le ha podido cazar. En el bosquecillo Marina suelta sus cabellos untados de orine y sonríe. Se ha salido, ha renacido, aún no sabe que su piel se ha arrugado, sus mejillas caen desgajadas y si no define sus uñas es porque su vista habituada al blanco ha mermado, al punto de volverla ciega a los colores.

Si un aviador holandés no hubiese extraviado la correspondencia, jamás Maola hubiese pensado que su país cambiaba después de su ausencia, y todos sus conocidos habían publicado libros, emigrado, tenido hijos, mientras el salón del té de su puerto en Matanzas desaparecía, dejando sin patio de conversación a los afiebrados.

Marina no ha estado lejos. Parapetada en la esquina de la última calle del mundo, con el corazón ocupado por un glaciar, rodeada de abedules enanos, musgos, líquenes que impedían montaran las ambiciones de sus contemporáneos, y el inusual estancamiento de aquella isla donde todo se desmorona para dar paso a un derrumbe mayor.

En dos enormes huesos de ballena ha dejado que la ventisca transcriba su destino. Marina dejó la poesía, dejo la palabra por obscena, por no aliviar sus ardores, ni encontrar la justeza al denunciar la violencia de su patria.

Acostada en la tundra, habitada por caribúes, recogía champiñones, arándanos, preparaba pedales, tallaba anzuelos y pescaba. El sol reluciendo en lo alto del cielo, a medianoche.

En esta zona de desproporcionada belleza, cuando a alguno le agarra un espíritu maligno o se siente perseguido por el mal ojo, opta por cambiarse el nombre. Maola está segura de despistar el maleficio y le da los ojos de los pescados crudos a su hija, quien los come como caramelos.

Pero el tiempo ha pasado. Maola no está contenta de su encierro dentro de una mujer loca. Quiere partir, quiere ayudar a otros en su recorrido por pasajes inhóspitos. Los perros comienzan a ladrar y la piel, el hígado de foca se deshacen. La niña en la travesía, en el kayak nombró a Marina, la interpeló por aquel nombre antiguo, enrareciendo el aire purísimo.

Un bloque de hielo se resquebrajó con resonancia de hierro. El frío exterior ha mermado considerablemente el fuego de su alma hacia el extenso glacial del miedo.

Miedo, miedo de caer entre los Hombres apresurados de llegar a cierto lugar. Miedo de perder la dirección del igloo. Miedo de contar la deshonra que la llevo a esos parajes.

Miedo a escuchar a su paso, ahí va la loca. Miedo a los harapos, miedo a su miedo, a las miradas, a las palabras. Miedo a un poeta quien le regaló su muerte.

Miedo al temblor anunciador del vértigo. A la ventana entreabierta y al sol desvergonzado acariciando sus hombros. A las aceras en sombra; a los pasantes que ríen despreocupados, cuando algo puede acecharles……a los relojes suizos; a los relojes eléctricos que parpadean cuando se va el flujo; a la televisión que adormece el tiempo, al canapé confortable con su lienzo mal acodado y sus tripas sangrando por las pezuñas de los gatos… a la frase común deshabitada; a la insinuación, al desvarío. Miedo de escuchar, escuchándose.

Al monologo ignorante del susto. Al suicida que aplaza el día hasta que perfeccione al extremo el cierre de la cuerda. Miedo a la cuerda que amarra los pies, a la metáfora de los lazos del zapato que le recuerdan las cárceles donde no son permitidos.

Miedo a las escupías que dan sed y deshidratan. Miedo al vomito, a la sangre, a la esperma, a la orine, a la mierda que conoce mejor que ella los conductos, recovecos, interacciones entre el exterior y ese interior decorticado por los médicos, y los aparatos de resonancia magnética. Esa inmensa mierda en forma de nostalgia y ausencias de los exiliados.

Miedo al ciclón, no por el destrozo, miedo a su ojo calmado que cubre como un techo la cabeza asustada. Miedo al después cuando se aglomera, se acelera el movimiento, la reconstrucción.

Miedo a pasar por las aduanas donde extraños, desde peceras te visualizan al revés

en documentos de poco estima planetaria, de poca narración de causas. Miedo a esos

cuadros de aduana que suenan, chillan las llaves de la casa que has dejado atrás, a la que nunca regresarás y te dan la bienvenida al nuevo infierno.

Miedo al mediodía que se va rápido y al que está atrasado al preparar la cena que debe estar presta para cuando lleguen los humanos que incursionan oficinas, durante el santo día, entre inútiles recetas que les impiden de aprender la vida.

Miedo al ruido de una palabra que condene, juzgue, que marca.

Miedo al dentista disfrazado de mudo, espejo en mano, atareado en desenmarañar de la úvula las palabras, la lengua ensalivada y su asfixia de apestar a ajo. Miedo al líquido mentolado que transforma el aliento en cachorrillo domesticado, mientras el médico exige su cheque.

Miedo al beso que entrechoca los dientes, miedo a la mordida que no sangra y envenena los labios, quizás la última antes de que pase un tren expreso por tu mente y todo sea olvido, polvo de olvido, olvido de muerte.

Miedo a la muerte por la sorpresa de que no sea atroz ni enigmática. Solo un sueño y desilusiones permanentes. Este enorme miedo a padecer de miedo, tanta tarea, agobio, incertidumbre vana. Tanto cuento, como si no fuese un dejarse ir, un partir a dormir en el vientre de la madre. Un poco a poco abandonar el ruidoso, ambicioso, estremecido corazón que se va apagando hacia la noche silenciosa, infinita, plena de estrellas.

Miedo al día, nunca a la noche. Miedo al reflejo, nunca al puñal. Miedo de no contar con otro tributario ángel de este mismo mal llamado vida. Miedo a ser como todos y serlo e irse padeciendo la mediocridad como si fuese una fina espuela en la lucidez.

Miedo al comentario sobre el cáncer y no al humo que asciende, a la nicotina que amarilla el índice. Miedo a la escasez de tabaco en un día feriado, todos los estanquillos cerrados, o al bolsillo vacío.

Miedo a la tinta que gotea de la pluma y traza dibujos y presagios en la carta temblorosa de las verdades.

Miedo a borrar el olor a macho de cada amante inoportuno, de cada bandido que te arrebató un minuto. Miedo a confesar, públicamente, que es mejor la penetración osada de un dedo en cierta vagina hambrienta de golpes secos. Miedo al falo, casi temor a su ausencia y denunciarle por jugar ignorante de las letras que acompañan los ovarios.

Miedo al café del alba, a las llamadas telefónicas, al conocido que pregunta ¿qué haces el sábado? Y es para empantanarte durante horas con un sinnúmero de conflictos tribales de los que huyes a diario con una soledad importante.

Miedo a que se vea que tienes miedo o que tendrás en el minuto siguiente. Miedo al desespero, a la espera, a las filas de espera, a los grandes comercios. Miedo al fuego, al frío, a que se asemejen los sentidos y no sepas cuando duela.

Miedo a las luces blancas de los hospitales, sobre mercancía humana, bien empaquetada para los trepanadores de cráneo de todas las ideologías. Miedo a los aparcamientos subterráneos, al metro, a la caída en los rieles, al túnel que te traga. Miedo a la cabeza que da vueltas. A las piernas que flaquean, a la flojera de la angustia, al mal de cabeza, a la orden, el autoritarismo, a la sed que se extiende a la garganta.

Miedo al oculista, al proctólogo y su dedo, a mojarse en la consulta del ginecólogo, a que se vea que tiemblo, que vas a desmayar en una avenida donde demora el transporte común, el ordinario que te confunde con la marea.

Miedo a las corridas de toro, a las cacerías donde corre la sangre. Miedo a los viajes, nunca ir, más bien a no querer regresar. Miedo a la emoción que mueve arrítmicamente el corazón y palidece, sin saber, si compartes cabina con un terrorista que saltará junto a la carga mortal.

Miedo a la vejez, a los pesados, a la carencia, a la letra recomendada, a la falta de papel, tabaco, filtro para hacerme un cigarrillo donde chuparé el deshacer de los recuerdos.

Miedo a llamar a mi madre lejana y saber que ha muerto otro en la isla. Miedo a los mendigos que juzgan, a sus respiros que matan. Miedo a decir, a callar. A las buenas personas, a ser, no ser, a ganar, a perder. Un miedo totalizador que me hace invalida.

Miedo a los amigos que se acercan y se pierden de forma violenta. Miedo a mi vientre que se infla de aire, de agua, de excesos, de grasa, de semen, de embarazos vitales.

Miedo a la pulsión de muerte en cada balcón de un cuarto piso, en cada andén…y caer en la vida.

Maola está profundamente decepcionada de que Marina no se acoja a la vida y con odio le rasga el abrigo, la abofetea y se va.

La Antártica roza las mejillas de Marina, cuando emprende la marcha. La carretera, junto a los acantilados, bordea el barranco y una tierra sin fin. Demasiado grandes sus manos, demasiado rebelde su pelo, demasiada respiración de poros dilatados. La agreste costa, frente al Mar de la Mancha le lacera. Gaviotas, gavilanes marinos anuncian que su hija le espera, junto a un ángel que ha envejecido trasmitiéndole las esencias de la…

e_usatoday_swenson2004-2005

Laisser un commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion / Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion / Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion / Changer )

Photo Google+

Vous commentez à l'aide de votre compte Google+. Déconnexion / Changer )

Connexion à %s

%d blogueurs aiment cette page :