Lamarga

La “insufladora” de Zeppelines

In Cuadernomar on 21 mars 2009 at 3:07

zeppelin1

Esta mañana, hablando con una amiga, me di cuenta que he llegado a anciana.

No fue la poesía, fue el vivir poéticamente- más en el riesgo que en el libro- lo que hace que esta especialista en recaídas y destrozos amorosos, cuente experiencias.

Los amores lejanos se incrustan bajo las uñas y raspan, hieren hasta las pestañas. Son la plenitud, los curanderos de esperas, los dictadores de imprudencias, la reconciliación con el niño que abandonamos cuando quisimos aparentar adultez, pues pones, diríamos la naranja, y casi la piña, incluyendo la guayaba en el plato.

Imaginas un amor a distancia y te respondes lo que deseas en el noventa y nueve por ciento de los casos. Si constatas, físicamente, su presencia, la magia abre cavernas.

Yo tuve uno así, y recientemente.

col-3065Era un Zeppelin sobre mi cabeza y no podía ni respirar en la habitación. El Zeppelin desafiaba la gravedad del cuarto y yo zozobraba, mi corazón se adaptaba al vuelo y mis pulmones le regalaban el aire para que nunca bajara.

Y me largué a vivir con él, dos años en Madrid.

Entonces empezó lo bueno, hasta recostarme a su lado era orgásmico y amanecer, – hay un pero, ese pero que lastima- era aterrador. Por él dejé casa, hija, pintura, poesía, me dejé –amigas poetas dan fe- y me salio muy mal el viaje y las alturas que un zeppelín –insuflado por mi misma-puede alcanzar.

Tanto que se convirtió en talismán. Fue y es mi amor presagio. Mis ojos que siguieron sus desplazamientos en un pequeño cuarto, oteaban sin cesar sus gestillos, grababa para este momento futuro sus furias, desánimos, y aleatorias recompensas.

Ahora me acompañan, ahora que me he devuelto a mí, soy la ladrona que acumula más tesoros amorosos de la humanidad.

Regresé de Madrid tranquila, pues eché en la baraja su carta de riesgos, la carta donde fui única, la amante que cree, la que encontró. Y mira que Celine me había informado que no se debe rozar al amor. El no estaba preparado para tal regalo, y ni se le ocurriría pedirlo. Los hombres necesitan una resistencia, semejante a una brizna de desprecio, para reaccionar.

No quiero regalarle mi vejez, le libero de mi muerte y de mi imposibilidad cotidiana de tragarme poemas, de convertir el horizonte en su cuerpo tendido, de ser la testigo y admiradora de un sueño: fundirme con el zeppelín y saber que existe el amor por el que se joden los preceptos.

Le tuve, él no me ayudaba a creerlo. Me diseminé en sus poros, le escancié y morí. Por eso quité Madrid. Es la única forma de pasar a otra cosa.

El reconocía que yo andaba en naufragios e hizo lo necesario para que acabara mi fiebre. Me hizo un grabado de “mujer normal” y el hechizo me deshizo en fragmentos.

El animal que llevo dentro, me aconseja siempre de no romper, ni comenzar relaciones a distancia. Pero fue nuestro principio. En una “gare”-suena mas intenso que estación de trenes- le vi por primera vez, con su desgarrón bajo el ojo izquierdo, y zozobré. No tuve miedo a la altura de las olas, a mis cortas brazadas. Nadaría como una perrita hasta donde fuera posible.

Me libero de miedos.

Puede existir un amor más grande que el que inventas y esperas? Puede alguien asumir tal responsabilidad? Estamos en la época de caballeros y damas que te salvan de ti misma?

No hubo confusión. Como si me quisiera mucho, deje de escribir, de pintar, y supe, aunque les cause envidia, que es amar. Ya era hora, edad y experiencia tengo.

Lo que sucede es siempre muy enigmático; es para saber algo de ti, para que aprendas, -y lo hice con los pies en el presente, en tierra, sin mareos.

Cuando le parecí muy estrecha en el concepto de la entrega, me abandono, nos abandonamos sin decir una palabra. Ninguna cabía. Hice el atropello de sacar su maleta a la puerta, le miré a los ojos, y regresé a los glaciares.

Zurciéndole la herida en la mejilla, acariciando su fino pelo, besándole los hombros, con la astucia de vieja que no sufre, sin que se diera cuenta, pero frente a frente, le dije adiós en la calle Velarde número 10, de Madrid, un cuatro de octubre de 2008.

Es como el duelo que nunca se hace, sin tener el cadáver, lo tengo dentro y le deje partir. Si aún le doy aire, si miro sus fotos se estremece mi globo. Cualquier invento es bueno en este país, donde la manada de lobos no come a los ancianos sin dientes.

Hagan lo que puedan en el momento en que están, para ganar en calma. Algún día, quizás, tengan “su talismán”, pero hay que creer mucho, ser capaz de apresar el aire, parirlo y merecerlo. Vale la pena mirar el mundo desde la altura, como diosas de las nubes. Las mujeres atamos Zeppelines desde pequeñas. Con un hilito.

Estoy para aliviarles. Mi nueva profesión es: sopladora de aire de zeppelines desde el Mar de la Manche.

jeudi 22 janvier 2009

zeppelin

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