Lamarga

Joyce sin paraiso ni centauro, con dolor de muelas

In Cuadernomar on 28 mars 2009 at 3:14

joyce

El escritor irlandés en lengua inglesa James Joyce (Rathgar, Dublín, 1882-Zúrich, 1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea, falleció el 13 de enero de 1941 en una clínica de Zúrich.

James Joyce fue un escritor propiamente del siglo XX y un revolucionario de la narración literaria, cuyo legado completo está todavía por descubrir. James Joyce murió en Zúrich, en la tercera de sus estancias en esa ciudad -aparte de algunas visitas rápidas para intentar remediar sus pobres ojos-: la primera vez, en- 1904, había llegado de Dublín con su compañera, Nora, en busca de un empleo de profesor de inglés que sólo encontraría en Trieste.

Luego, con la Primera Guerra Mundial, los austrohúngaros le dejaron salir de Trieste y acogerse a la neutralidad suiza en Zúrich, teniendo en cuenta su mala vista y su condición de padre de familia; al fin, en 1940, llegó allí desde París, ante la invasión alemana. Si tras la Primera Guerra Mundial a alguien que le preguntaba cómo le había ido en ese tiempo Joyce se limitó a contestar: « Ah, sí, he oído decir que ha habido una guerra mundial por ahí », la segunda -según dicen- le pareció una perversa conjuración general para que la gente no leyera su recién publicado Finnegans wake.

Semejante boutade podría tomarse como un sarcasmo contra el mundo: si toda guerra es monstruosa, ésa era especialmente estúpida, porque los auténticos adversarios estaban en el mismo bando. Pero la reacción de James Joyce no iba por ahí, sino que tenía algo de huraño encogimiento de hombros por parte de aquel obseso entregado a experimentos de lenguaje.

Hay un proceso a lo largo de la vida y la obra de Joyce en que la conciencia lingüística se va comiendo a la vida personal, a su propia humanidad, en un sacrificio que, sin embargo, no podemos lamentar -en un gran escritor hay que aceptar de buena gana « los defectos de sus virtudes »- Joyce, después de unas probaturas juveniles que no prometían nada bueno por lo egolátrico, compuso esa maravilla de sobriedad, a sus 25 años, que es Dublineses -logro que casi nadie pudo conocer entonces, cuando menos valorar- Después, afortunadamente abandonado su Stephen el héroe, en tono demasiado personal, supo rehacer como arte esa misma materia en su Autorretrato juvenil (o, como se ha traducido, Retrato del artista adolescente), en pase decisivo hacia la madurez -allí comenzó a saber incrustar palabras vivas, canciones y aun la fotocopia de un sermón jesuítico-. Entonces pudo Joyce acometer su obra magna, Ulises, en buena medida un mosaico de voces imitadas o grabadas, a veces como parodia de estilos ajenos, a veces como chorros de palabra interior de un personaje, con todas las tonterías y aun indecencias que, en mayor o menor grado, siempre hay en ese cauce que nos arrastra: el lenguaje, invadiéndonos desde fuera, sin hacerse más que muy relativamente nuestro.

De hecho, sabemos que a Joyce le divertían demasiado sus hallazgos verbales y que los añadía a troche y moche a lo ya escrito. Entre la primera versión manuscrita y la publicada hay casi una tercera parte del total que consiste en ocurrencias posteriores, incluidas durante la corrección de pruebas o en algunos capítulos aparecidos en revistas.

El crecimiento de la obsesión lingüística había ido unido en Joyce a un creciente desinterés por lo común a todos: así, políticamente, allá por 1906, en Trieste, todavía había sentido cierto aprecio por el socialismo de Antonio Labriola -no del todo desinteresadamente, porque pensaba que un Estado socialista podría subvencionar a los creadores literarios como él mejor que los editores comerciales, según su experiencia- Pero ese desinterés se había impuesto en él también por desconfianza hacia la capacidad de la especie humana para organizar un sistema político racional.

El ‘Ulises’ de James Joyce es uno de los libros clave en la revolución de la novela en el siglo XX. Inspirada en la ‘Ilíada’ de Homero, propone una combinación de las tradiciones literarias del realismo, el naturalismo y el simbolismo plasmándolos en un estilo y una técnica novedosos.

El propio Joyce explicaría el propósito de su libro: « Es la epopeya de dos razas (Israel – Irlanda) y al mismo tiempo el ciclo del cuerpo humano y también el de una pequeña historia de una jornada. La figura de Ulises me ha fascinado siempre desde niño. Comencé a escribir un relato para Dublineses hace 15 años pero lo dejé (…) También es una especie de enciclopedia. Mi intención es la de no sólo presentar el mito ‘sub specie temporis nostri’, sino también que cada aventura (es decir, cada hora, cada órgano, cada arte conectados y fundidos en el esquema somático del conjunto) condicione o, mejor dicho, cree su propia técnica ».

Ésa era la idea mental del creador, pero habrá que esperar a 1922 para que por fin ‘Ulises’ vea la luz. La técnica novedosa en la que está escrito, llamada monólogo interior, es la culpable de tanto revuelo y tanta relectura de párrafo.

Leopold Bloom, protagonista de la novela, es una mente que se ‘derrama’ en los sucesivos capítulos. Ese 16 de junio de 1904 o Bloomsday, (se llama así en alusión a Leopold Bloom, y al Doomsday, o día del Juicio Final) Leopold deambula junto a Stephen Dedalus por las calles de un Dublín de bruma y gentes. El héroe griego de Homero ha mutado en un hombre errante, rodeado por las multitudes pero siempre solo. La ciudad le atrae y le repele. Todo es amenazante.

os estados de ánimo, las asociaciones de ideas, las impresiones, los temores… todo eso que se pasa por la mente y que pocas veces se dice en alto es el vanguardista modo de narrar al que Joyce invita en su particular ‘Ulises’. Invita pero no lo pone fácil. Leer tanta conciencia a borbotones requiere paciencia y esmero. Como trasfondo del libro, caos en la mente es directamente proporcional a caos en la sociedad moderna.

Pero llegar publicarlo no fue un camino fácil. A finales de 1917, Joyce creía tener el libro casi terminado y se propuso publicarlo por entregas, con el doble objetivo de ganar algo de dinero y de imponerse un ritmo de trabajo para terminar la obra de acuerdo con unos plazos impuestos. Entró en escena Harriet Shaw Weaver, editora de la revista londinense ‘The Egoist’, que desde 1914 fue publicando ‘Retrato de un joven artista’. Pero el puritanismo de Gran Bretaña y EEUU no podían aceptar las vulgaridades y bajas pasiones de los personajes de ‘Ulises’ y la obra fue censurada y quemada. Sólo se publicaron algunos capítulos, y con cortes. Hubo que esperar hasta 1936 para adquirirlo en Reino Unido.

Hijo de un recaudador de impuestos (y se dice que con la mejor voz de tenor de la Irlanda de la época), Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. Fue un niño muy observador y ausente entre nueve hermanos. Educado en los jesuitas, rompió con la Iglesia católica en la universidad, donde ya escribía asiduamente. En 1904 abandonó Dublín con Nora Barnacle, una camarera semianalfabeta y dos años menor que él, con la que acabó casándose y teniendo dos hijos, llamados Giorgio y Lucía Ana.

Viajó por toda Europa y vivió en Trieste, París y Zürich, siempre con escasos recursos por su trabajo como profesor de inglés. Joyce conocía bien el italiano y 17 idiomas más, entre antiguos y modernos, incluso el griego, el sánscrito y el árabe. Un tiempo después, sufre su primer ataque de iritis, grave enfermedad de los ojos que casi le llevó a la ceguera.

Su primer éxito literario, apenas con 18 años, le vino de la mano de un artículo titulado ‘El nuevo drama de Ibsen’, publicado en una revista londinense. Sin embargo, su primer libro (que contiene 36 poemas de amor) no llegará hasta 1907, con el título ‘Música de cámara’. En su segunda obra, un libro de 15 cuentos titulado ‘Dublineses’, narra episodios críticos de la infancia y adolescencia en una familia media de Dublín. Su primera novela, ‘Retrato del artista adolescente’ tenía un talante muy autobiográfico. En ella aparece ya el conocido personaje Stephen Dedalus, a partir del cual recrea su juventud y vida familiar. También de esta época data su obra de teatro ‘Exiliados’.

JOyce sufría de las muelas y carecía de dinero para pagar a un dentista el tratamiento que mejorara sus dolencias. James había heredado la hermosa voz de tenor de su padre y participó en el Festival Nacional, esperando ganar el premio, cosa que había logrado el año anterior el famoso tenor John McCormack. Entusiasmó al auditorio y parecía segura su victoria y pese a que los jueces quedaron muy impresionados, pusieron un tercer requisito: cantar una partitura sin haberla leído antes. Se negó, alegando que no se podía interpretar una composición musical, fielmente, sin haberla estudiado. Y abandonó el concurso, pese a sus posibilidades de ganarlo.

Durante veinticinco años su vida fue de exilio y sufrimientos, y de esfuerzos constantes para que le publicaran su colección de obras cortas…


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