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« …mi vida ha sido una errancia permanente ». -dice el centauro

In Cuadernomar on 28 mars 2009 at 6:27

fayady-mar

La muerte me ganó la partida

Enrique Ojito Linares

Así lo confiesa Roberto Fernández Retamar al ponderar la obra de Fayad Jamís

El mar de enero, negruzco e inmenso, se asoma por los cristales de la Casa de las Américas o la Casa de Haydée, como prefiere llamarla mi entrevistado, Roberto Fernández Retamar. Hombre del Renacimiento, este caballero no se regodeó en su legajo de títulos académicos y accedió diligentemente a conversar sobre su “compañero fraternal”, Fayad Jamís (México, 1930-La Habana, 1988).

Para Fayad -poeta, pintor, traductor, periodista, editor, diplomático- la poesía tiene “algo de tempestad, de sacudida larga e intensa, de incendio”. De padre de ascendencia árabe y madre mexicana, confesó que su vida resultó una errancia permanente. En 1936 su familia se traslada a Cuba; luego de permanecer escaso tiempo en la capital, marcha a Oriente, hasta que en la década de los 40 del pasado siglo decide radicarse en Guayos. Ávido por enrumbar la vida por los derroteros del arte, retorna a La Habana a estudiar Pintura en la Academia San Alejandro.

¿En qué circunstancias usted conoció a Fayad Jamís?

Lo conocí en 1950; coincidimos en el Ministerio de Educación de entonces que tenía una dirección de Cultura. Allí ambos presentamos nuestros primeros libros para optar por el Premio Nacional de Poesía. De ahí fuimos caminando hasta su cuarto en la calle Reina. Hablamos de pintura, él estaba muy interesado en ese momento en el Surrealismo.

Después de Brújula, su libro inicial, que publicó en Guayos en 1949, empezó a escribir una poesía distinta. Casi simultáneamente aparecieron en la revista Orígenes algunos poemas suyos, muy buenos, y míos.

Hay quienes aseguran que la poesía de Fayad superó en el orden ideológico a la de los poetas nucleados en torno a Orígenes. ¿Comparte usted ese criterio?

En lo absoluto, y creo que tampoco lo compartiría él. Los párpados y el polvo, por ejemplo, es un libro muy alimentado por los grandes poetas que se nuclearon alrededor de la revista Orígenes, y él nunca lo negó.

En 1954 parte hacia París. En el texto Los puentes él ofrece una mirada que se distancia de la ciudad mítica. Asfixiado por la escasez escribe: “El pan que necesito arde en una vidriera…”.

Fayad vivía en un cuartucho con mucha pobreza. Anduvimos juntos por París; en una ocasión, al acercarse el invierno, le dije que tenía preocupación por el frío, y él me dijo: “No te preocupes, si tienes mucho frío te pones dos camisetas; si tienes más frío te pones tres camisetas, dos camisas, cuatro pares de medias”. Me hizo mucha gracia su solución para el invierno; tenía mucho que ver con su pobreza. En esa ciudad escribió Los puentes; un gran libro que publicó después del triunfo de la Revolución.

En el prólogo a la antología Cuerpos usted calificó de “equívocos critiquitos de vario pelaje” a aquellos que fustigaron a Fayad por cantarle a la Revolución, cuando regresó de París en 1959.

Fue siempre un poeta fiel a sus circunstancias. Luego del triunfo de la Revolución sumó su voz a las que saludaron el magno acontecimiento. Es importante que un poeta como él, que había alcanzado una voz propia, no temiera a enfrentar los temas de la inmediata circunstancia, como lo hizo en Por esta libertad, Premio Casa de las Américas en el año 1962. No todos los poemas de ningún libro, ni de él ni de nadie, tienen la misma calidad; sin embargo, hay poemas perdurables en ese libro. Luego publicó Abrí la verja de hierro, y no hay que olvidar su condición de gran pintor.

¿En qué medida los ojos escrutadores del pintor enriquecieron la tonalidad de su poesía y viceversa?

Sería interesante hacer un estudio detenido sobre ello para conocer hasta qué punto se intercomunicaban la poesía y la plástica en Fayad. Él formó parte de Los Once, un grupo de pintores cubanos que hizo entrar orgánicamente la pintura abstracta en nuestro país. El Moro se manifestó en esta tendencia y posteriormente la abandonó a favor de una pintura más realista.

Guayos, donde vivió parte de su adolescencia y de la juventud, habitó sus versos, incluso los de París.

De algún modo hubo siempre, en lo más profundo de él, un recuerdo entrañable para esas etapas de su vida. En cierta forma su poemario La Pedrada constituye un homenaje a esas vivencias que lo acompañaron y lo enriquecieron siempre. Indudablemente él se fue alimentando de las distintas circunstancias de su vida.

¿Qué lugar ocupa su obra poética en América?

Su poesía es la poesía de uno de los mejores poetas que tuvo nuestra América en el Siglo XX, y en este Siglo XXI sigue viva y con gran altura. Intensa y conmovedora puede calificarse la obra creadora toda de Fayad.

A mí me tocó el triste honor de decir las palabras ante su tumba. En vísperas de su muerte ya estaba enfermo; le pedí que nos hiciera el favor de encargarse de las publicaciones de la Casa de las Américas y él vino y lo hizo. Ahora recuerdo un gran cuento de Onelio Jorge Cardoso, Francisca y la muerte, donde la muerte siempre iba buscando a Francisca y esta siempre tenía labores que hacer y no podía todavía entregarse a la muerte. Me imagino que yo quería de alguna manera engañar a la muerte y hacerle que se olvidara de Fayad dándole esa tarea, que como pocos podía desempeñar porque era un magnífico editor; sin embargo, desgraciadamente, la muerte me ganó la partida.

Guayos, donde todas las obras de Fayad Jamis debían reunirse en la Fundación que llevaría su nombre, según su voluntad.

http://www.ssp.jovenclub.cu/jc/cab/sitios/WGuayos/Paginas/Origen.htm

http://www.ssp.jovenclub.cu/jc/cab/sitios/WGuayos/Paginas/Fayad%20Jamis.htm

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