Lamarga

“Abre tu cabeza” -Ya Abrí mis ojos , Luis Tomasello

In articulos on 11 avril 2009 at 10:46

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He sido mala en el agradecimiento. Un pudor de extraño origen me obliga a huir cuando un tesoro se abre en mi camino, como si todo fuera demasiado bueno o no lo mereciera y estuviera retardando a la persona que me lo ofrece.

Ha llegado el tiempo en que  » sé muy bien que un escritor no llega nunca a escribir lo que él quisiera escribir y que cada libro nuevo…, un libro más es, en cierta medida, un libro menos, menos en ese camino para irte acercando al libro final y absoluto que nunca escribes, porque te mueres antes » como sentencia Julio Cortázar, lo cual suena grave en mi caso de escritora poco publicada, con manuscritos que sufren de computadoras que extravían, desaparecen, y mueren de memoria “amontañada.”

Naci con estrella, estaba ahí donde el ángel –no importa si celestial o del infierno- buscaba a una inocente muchacha para inocularle gramos de estruendo, o regalarle una biblioteca- tal era y es mi sed de palabras.

Durante la adolescencia negué la seducción de mis nalgas y pensé que la selección de mis hombres reposaba en un libro compartido. La edad me permite transgredir. Los ovarios y el exilio pusieron todo a su plaza, vagabundeé con desconocidos, quizás, siempre aspiré a ser una vieja indigna, a me valer por la furia y el vértigo químico de una presencia masculina, quizás era mi espejo el que buscaba. Ahora sé que las piernas también cuentan.

Algunos de estos ángeles hicieron ritos, y conjuros que me sacaron de un triste destino de provinciana y, desafiaron por mí, la fauna que no perdona el ojo, el flechazo, la nota ni el olvido.

Si la mediocridad y estrechez de pensamiento no fueran tronco y palma de los intelectuales cubanos, cada poetiza podría mencionar libremente, en sus textos, a quienes ha amado, y no solo en el lecho, también en amigos. El verso iniciático, la esencia, la orgánica estructura de nombrar a esos violadores de inocencia, e investir su feminidad de un airecillo de escapada y renacida a sí.

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Hasta donde tengo memoria mi primer ángel fue Luis Marimon, el maldito poeta que vivía en el fondo de mi casa, por el Kilometro 101, en Matanzas. Con él fui por primera vez al teatro, a conocer los remolinos de los ríos, a robar cañas, a la gruta donde habían matado a una niña ciertos brujos africanos; a esperar el pase de los trenes sobre el puente plateado, a un paso de caer en los rieles, de confundir sangre y mano con los platanillos del rio San Juan, para terminar en casa de Carilda Olivier Labra, rompiendo cazuelas.

Dice la leyenda que Luis murió bajo un puente, por las Vegas… ambos compartimos esa memoria formidable de olvidar todo, desde la gota insistente que forja la estalactita en las cuevas de Bellamar hasta la domadora de leones del circo, que no sabía qué parte tocar del animal para que rugiera, a pesar del hambre.

Cuando mi madre me contó que había muerto, que nadie sabía dónde estaban sus restos supe que me “voy a morir pensando que envejecer después de haberle querido fue una gran epopeya”, pues “nacer es llegar a un sitio desconocido y oscuro de uno mismo”.

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Marimon murió borracho. Yo, a usted, Luis Marimon, le he amado.

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Otro ángel se me aparece, posado en su bigote. Es Fayad Jamis, el poeta y el pintor-jamás el diplomático aterrado detrás de una guayabera azul, como fue cuando me descubrió o le descubrí- El Moro me dejaba andar sin zapatos por la casa y me regaló el desvelo.

No estaba preparada para su muerte, para la Muerte- de ese regalo paso-, ni para conservar bienes, ni cuidar obras, ni andar entre dinosauros de la cultura, -no he perdido la agalla-, o estaba bien preparada, como feto sin vida desde el vientre de mi madre, y, quería ensuciarme con lo mío, en la absorción de estepas, banquisas, y fuegos nuevos. Ni criticas, ni elogios, ni ramplas, ni escaleras, me han tentado, sigo aun en el trabajo solitario aunque no ayude a comer.

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Nunca he querido ser viuda, a mi muerto le he trimbalado a orgias póstumas con mancebos de poco corte pero muy bien potentados. Corsarios, piratas y vagabundos entraron a mi cama, pero jamás han saqueado su memoria – de eso se encargaron sus parientes, sus cercanos-, mis bandidos sexuales pasaron con sus banderas y él resistió; ahorcado en un café parisino, seguimos conversando de guajira a campesino, de ciudadano del alba, a adolescente de la mañana.

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Hay muertos que cuando se entronan en el alma son toros escupidores de ruedos, y convierten en arena cualquier amarillo.

Fayad me legó tantos amigos fútiles como enemigos de tiempo. Por él se acercaron artistas muy renombrados a mi estancia; en busca de un libro, de un poema, de cualquier constancia, fue necesario atestiguar que habían estado en casa, tomado café y conversado con el Moro.

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Yo fui la testigo que preparaba el mejunje para la tertulia, y que una vez establecida la posición en el mundillo de la fama, podría desaparecer tras las volutas de su habano. Eso me convino, la discreción es la mejor aliada para poder hacer mi reverendísima gana, en una vida tan corta.

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Con Jamis aprendí a controlar el coloreaje, a respetar la línea y seguir el dibujo; a cortar sin titubear un cartón de 300 gramos; no podía cambiar las comas, pero si la estructura de una frase. Todo es inseguro en el arte, él olfateaba y reconocía lo mejor. Me enseñó lo justo, tanto en palabra, como en mirada.; con él aprendí la Ciudad de la Habana, a descolgarme de la Universidad y bajar por O hasta 27 y sentarme a trabajar sin directivas, ni temáticas estrechas, a investigar en humildad y darle al cuero y la pata’ a la lata poética.

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A sentir respeto, e ir en las madrugadas a los bajos del balcón de Dulce María Loynaz, por si aun estaba despierta, por si había alguna luz en su casa, o deseaba conversar.

Tomas Álvarez , su amigo de infancia, Luis Marrero, Rafael Alcides, los Víctores, el Casaus y el Rodríguez, Rivero, Saiz, los jóvenes que pedían claves para introducirse como carpinteros de bibliotecas …Fowler, Omar, Carlos Augusto, Emilio, Cira Andrés, Albis, Wendy..son muchos los asiduos visitantes de los ochenta. Esos son los buenos que cuentan.

Pero cuando Fayad se fue, una cruel fauna mordisqueaba nuestra casa planeta. Entretenidos en poner trampas y llevarse lo que vale, me dejaron para mi sola al poeta. Miren que bien tan precioso tengo en mis manos. Les agradezco de haberle despojado de artimañas y en su honor les maldigo por haber dispersado tanto esmero de palabra y tinta suelta y no respetar a Guayos, ese pueblo perdido en el centro de la isla, que era su infancia.

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Todos los días llegaban los que faltaron a las curas citostáticas. Me costó mucha intuitiva precaución saber si se trataba de un amigo, de un coleccionista, de un bucanero, un abogado, un representante del estado, la contrainteligencia en persona , una enamorada, un admirador de paso, pero a todos firmé el acta de paso.

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He leído mucha crónica donde se mencionan tertulias inacabadas y desde la sombra, estoy agradecida de mi trasparencia corporal.

Fayad murió carcomido en sus entrañas, sudando sangre, en noviembre de 1988, con raros tumultos y cabalgatas de fantasmas, frente al Malecón de la Habana. A él le debo lo grande, el silencio que espanta, el amor sin prejuicios, la muerte que trunca planes, y la entrada del mal en mi existencia.

Ese daño que viene por la vanidad, el trauma no cicatrizado, la avaricia del hombre.

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A él le debo saber que cualquier palabra de poeta es susceptible de ser utilizada, en el futuro, por una causa, que poco importan las publicaciones – a no ser para la fama- de todas formas el palo esta esperándote, y si lo esquivas, pasaras el resto inventándote una historia que no es la tuya.

Le debo la renuncia al orgullo, el arrepentimiento, la humildad y saber, que tras la desaparición, aquel que pudo haber sido tu enemigo, es quien mejor te conoce. Roberto Fernández Retamar lo sabe, es el único que dio cara, despidió cuerpo, buscó fosa, puso bandera, y se ocupó de su joven amada. A él, todos mis agradecimientos.

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Fayad Jamis murió cabalgando la rabia de no tener más tiempo para el amor. Yo, a usted, Fayad Jamis, le he amado.

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La mía vida fue, desde entonces, huir a Groenlandia tras los lobos.

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II

Ya Abrí mis ojos , Luis Tomasello

En el tumulto que enfría las manos cuando muere tu amado, encontré a otros ángeles. Fue en la Habana, en el apartamento de O y 27, en el Vedado donde sonó a la puerta un hombre canoso, alto, de mirada penetrante y cara de actor americano, o de cascarrabias: Luis Tomasello.

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Tenía acento argentino y aspecto parisino. En 1989 no existía la conexión a internet, si conocías a un tipo o bien habías leído su libro, caído sobre un periódico del extranjero, o violado cualquier norma de lo oficialmente y culturalmente necesario para navegar en el Caribe.

Datos me faltaban, mas hubo empeño. Siempre estaban los dadaístas, el poemario Los puentes de Fayad Jamis para soñar la Sena, Cortázar, los cronopios y el encanto. La atracción intelectual fue inmediata y se consolidó en Nicaragua donde viajábamos invitados por Tomas Borges, en aquel entonces Ministro y militar de rancho grande y mucho codeo con poetas.

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Paseamos por la laguna cercana a la isla de los monos, comimos en el volcán junto a Benedetti, y todos los jurados del concurso Casa de las Américas, – invitados por Borges, quien había ganado el premio de novela en la edición del 89.

Yo andaba en penas, y la ignorancia de saber quién es quién me permitió escuchar, y, bien precavida como adolescente, no cantar la crónica, ni enmarcar en oro el encuentro. Tomasello , convencido que yo me parecía mucho a Carol Dunlop la última esposa de Cortázar , se empeñó en que hiciera un peregrinaje hasta el Café Bonaparte, donde seguro encontraría el signo que me devolvería a la vida.

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Todo fue rápido y de un gran susto; mi estado, tras la muerte de Fayad, era tan deplorable que no causaba sospecha, ni envidia a nadie. Todo el mundo firmó permiso, convencido de que me quedaba poco. Llegué directo del aeropuerto a Notre Dame de Paris, llegué en cuerpo, por el resto tardé varias horas. A una cuadra de Père-Lachaise, en la calle de Villiers de l’Isle Adam, tras subir una escalera y atravesar un corredor anónimo y sin gran estima, un jardín.

Y la casa, esa que diseñó y construyó Luis Tomasello aunando ladrillos, tras su llegada a Paris en 1957, un espacio -esencia de luz, que gana en cualquier concurso arquitectónico. Ahí tenía mi cuarto de adolescente viuda, una carta de metro y un programa de estrella caída en medio del marasmo.

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Luis Tomasello, me regaló Paris. El arte cinético, hasta entonces entrevisto en reproducciones de revistas era una monada de ciego. Uno de sus creadores, el hombre que ha tocado tantos muros imprescindibles, el desconocido que ha trasformado esquinas y edificios en obras de arte, preparaba un asado en su chimenea, como si estuviéramos en otra dimensión. En las paredes, todas de blanco, viví el vértigo, el trasfondo que ilumina, mi cabeza abierta al universo.

Atmósferas cromoplásticas- léase tarugitos más pequeños que mis dedos, posados sobre una superficie negra, gris, blanca y que proyectan un naranja encendido, un amarillo vivo y todo en movimiento, ojo, cerebro, membrana, fibra poética al descubierto. Un negro que ilumina el lado izquierdo del cerebro desde donde salta la emoción. Belleza y misterio, misterio científico, alquimia de la luz.

Este hombre altísimo, como un niño modesto y tímido, abrió sus armarios de dónde sacó acuarelas, oleos figurativos y académicos, quería que fuera despacio, pues la luz se gana.

Decidió por gracia de su voluntad ser mi maestro, y continuar educándome como no tuvo tiempo Fayad. La única razón que contaba era que todo me cautivaba, y que Paris tendría “ese clima universal donde prosperan las buenas plantas”.

Pero yo debía saber que “no sería fácil”. El, cuando llegó a Francia, pintaba casas. “Era un poco duro –recuerda–un año y medio después Denis René me incluyó en muestras, mi mujer enseñaba español y pude dejar la verdadera pintura: la de brocha gorda. Empecé a trabajar con la geometría que simula movimiento en un solo plano y enseguida pasé al relieve. Ahí redescubrí la luz. Miraba el reflejo de unas barritas de papel y pensaba: estoy buscando el color en lo transparente, ¿puede ser que acá haya algo?. Y había.”

Tomasello me alertó que todas las nuevas ideas tardan en instalarse. Me habló de su padre, un inmigrante siciliano que no sabí­a leer ni escribir, pero que le enseñó a trabajar, del esfuerzo, de la educación, de los valores del espí­ritu, y yo le hablé del mío, un rudo guajiro del Valle de Yurumí que se dedicaba a construir barcos y tejer tarrayas para pescar en la bahía de Matanzas.

Con mis cartulinas le acompañé a Montmartre, quería ver si por diez francos alguien se enamoraba de un trazo y lo logré. De todas formas, la visión que él me estaba presentando, germinaba y rechazaba cualquier intento anterior. Estaba por nacer.

Desde entonces no puedo ver una mancha, una línea sin detectar algo profundo. Como Tomasello, me sigo preguntando cómo pasa todo y al instante lo olvido, para solo crear en lo sensible. ¿Sera la inocencia un caudal infinito?

Nos fuimos hasta Arras, detrás de Verlaine. Visitamos Chartre , jugamos a los vitrales y sus transformaciones. Yo, con los pies helados bajo unas botas cubanas que no convenían al duro invierno de enero de 1991, me apretaba bajo una estola color pelo de perro- fíjense la ignorancia mayor- y que fuera tejida por Carol.

« Descubrí­ que la luz, al atravesar esos vitrales medievales, formaba los colores y los hací­a visibles. Así­ me iluminó el concepto de color-luz« 

El turismo fue por mi cuenta: un poemario en la mano para aprender los puentes, visitar el taller de Fayad en los años cincuenta, todo en solitario. Tomasello me dejaba en el barrio y me decía por ahí y desaparecía modesto, quería que Fayad fuera mío –un libro de fotos del itinerario ha quedado apresado y quizás salga en la Habana con el nombre de otro- mis libros tienen esa suerte de ser mal amados, pero de ser apropiados por cualquier necesitado.

El museo, la exposición, la inauguración, Madame Pompidu, el restaurante que enseña que la tabla es una parcela estructurada, donde la geometría despierta el apetito, corrió por su cuenta.

Cada amigo que me presentaba tenía una increíble página en la historia del arte. Lippa se movía entre su mansión y mis dibujillos, fascinado, y yo que no merecía me aplicaba a no manchar el taller de Tomasello, todo de blanco, jamás había imaginado un muro virgen de manchas, cuando me da el arrebato de olear un cuadro.

Orden, disciplina, trasmisión. Ya nunca fui la misma.

« De Mondrian no sólo aprendí­ la vertical y la horizontal sino los conceptos de lo mí­nimo y lo máximo« .

A mí me sobraban hierbas-muchas malas- en la finca donde se debatían conceptos, visiones, delante de este hombre que me ensenaba a leer en el reflejo y los cráteres de la luna. « La luna es más poética que el sol, porque su luz es una luz reflejada »

Cibernética y afamada repasaba el deslumbramiento y escribía cartas a mi hija en la isla lejana , en una máquina de escribir verde, de las ancianas, la misma en que Julio Cortázar tecleó Rayuela, la que C marca cronopios y F, famas. Si a usted, después de trastear durante más de un mes en un teclado, le cuentan que su propietario es Cortázar, se sentirá, sin dudas, como yo, víctima de una adrenalina destupidora de recovecos mentales y válvulas cardiacas.

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El viaje a Cortázar fue más lejos, tuve los originales de “Un elogio de tres”(1980) y de “Negro el diez” (1984), entre otros manuscritos, en la mano. Luis conoció a Cortázar en París. Él sabía quién era por su nombre, fue la época en que pintaba casas.

“…Fuimos amigos hasta el último momento. Hablábamos de todo, de lo que estábamos haciendo y no sé de qué… Yo no soy un intelectual pero pasábamos horas conversando. Era por él, que se adaptaba tan bien a las personas. Anécdotas hay muchas. ¿La primera que me viene a la cabeza? Tenía una biblioteca repleta de libros y discos. Le propuse armar otra. Preparé la madera y la hicimos juntos. No era hábil, pero le interesaba el mundo de las ferreterías, pienso que era para ir un poco contra eso que no le salía. Tenía un armario lleno de herramientas. Cuando murió, encontramos 42 destornilladores. Yo, que los uso, tengo diez como mucho… “

Todas las tardes, nos sentábamos a la mesa, delante de una exquisita sopa de vegetales, que Tomasello preparaba en cantidades de bodega española y me hacia evaluación de lo aprendido.

¿Estuviste con la Maga en el Ponts des Arts? ¿Conociste la Quai de la Mégisserie , la del capítulo 8 de Rayuela? Y me aconsejaba rutas: “Pásate por el café Old Navy del Boulevard Saint Germain , ahí se sentaba en las tardes…”

¿Supiste de tu nena?- por ahí comenzó la conversación. ¿En qué año nació la Laura? Le respondí en el 82 y cambié de tema, la nostalgia me va muy mal. “Este es un viaje surrealista, Fayad Jamis no se imaginó que yo pudiera un día estar en Paris…”

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Tomasello captó el menaje y desembocó en otro 1982, en aquel mes de mayo donde Julio Cortázar y Carol Dunlop, ambos muy cerca de sus muertes, emprendieron un viaje, con reglas estrictas, hacia la irrestricta libertad del no lugar, la fantasía, el no tiempo. Se trataba de cubrir el trayecto París-Marsella, unas nueve horas en auto, en 33 días; sin salirse de la autopista, deteniéndose a « hacer noche » cada dos paradores, escribiendo un cuaderno de bitácora que sería la novela Los autonautas de la cosmopista…

Yo debía apropiarme de Paris, y todos los que por la ciudad han pasado y dejado testimonio, en igual tiempo. El pánico me infligía una prisa desconocida, y fue entonces que Tomasello, hombre práctico y de gran carácter, organizador de un programa estricto para guajiritas pies descalzos me indicó, con ese tono de orden con que siempre me ha tratado su ternura educativa: “mañana vamos al cementerio de Montparnasse”.

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Entramos al cementerio a la hora de apertura, recuerdo que escuchaba nombres, Baudelaire, Sartre, Simone de Beauvoir, Samuel Beckett, Emil Cioran, Porfirio Díaz, Marguerite Duras, Emile Durkheim, Guy de Maupassan y…tenía el plano en la mano, pero en aquel entonces conducir en callejuelas me era ajeno.

Tomasello conocía la callecita, y me enroscó en una especie de laberinto hasta las tumbas de Julio Cortázar (1914-1984) y de quien fuera su última mujer, la escritora canadiense Carol Dunlop (1946-1982).

Estaba frente a dos lápidas, y eran solo una- diseñadas por los argentinos Julio Silva y Luis Tomasello. Este hombre a mi lado había creado la tumba de su amigo muerto. Una especie de libro de mármol extendido como la enorme mano que sacudía rastrojos que no sé por qué extraña vocación de ensuciar, dejan los visitantes.

Por una de esas páginas de piedra entreabiertas, nos tomamos la mano y entramos a visitarles en cronopios desesperados.

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Julio no quiso que pusieran a Carol como su esposa, como es habitual en estos casos de matrimonio con notable, “porque ella valía por sí misma”- me dijo Tomasello. Yo anoté la lección.

Desde entonces dejé de estar hipnotizada y abrí los ojos, cada vez que veo una sombra sé que se refleja en otro espacio espiritual y tengo a Tomasello en la órbita, dando látigo al color, para que el enigma de lo escondido sea.

Unas semanas después, regresé a mi hija. En la Habana me esperaban procesos, herencias, y jaleos ajenos a los cronopios.

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“Empecé por romper los espejos de casa, deje caer los brazos, miré vagamente la pared, y me olvidé. Canté una sola nota, escuché por dentro. Y oí (mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, estaba bien encaminada, pues también oí un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, oí un sabor de pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo…” pero el tumulto de “famas” me hizo perder la razón y renuncié a acompañar a Tomasello a New York, y a abrocharme a quien podía sacarme a la luz bastante rápido.

Los alumnos deben abandonar a los maestros, aunque se entristezcan, y buscar un camino propio, es la única forma de agradecer y de saber si se vale o no.

Una extraña dama azul de aquella época que me había apurado en enviar a un concurso había ganado premio de pintura en el país de Caux, y me invitaban a exponer en el Musée de la Prieuré, en Harfleur. Desconocía que en este viaje me dejarían fuera de la isla, por suerte junto a mi hija, ahora voy para los veinte años de exilio.

Vendría la época de no nombrar nada conocido, ni siquiera nombrarme y exponer y exponer entre extraños que jamás habían escuchado el nombre de Luis, Fayad o Tomasello, de quienes evité cualquier referencia.

Empecé, desde el otro lado del tarugo, desde la parte oscura, la que no se ve, a pintar, a escribir y a escribir, apartada de todos, en un pueblucho de la Normandía brumosa, hasta que decidí reaparecer ahora, cuando el reflejo me ampara y puedo asumir la palabra, el color, el que aprendí con estos maestros.

Hoy me estoy curando con la escritura de lo que será mi único libro “ Maldicionario” y reparo erratas. Bendigo a Luis Marimon, quien me enseñó a vivir en la embriaguez de un mundo paralelo; bendigo a Fayad Jamis quien apostó por la poetisa de provincia y le situó en la Habana; bendigo a Luis Tomasello, quien me regaló Paris, la calidad de cronopio y la obra secreta del hacer sin esperar elogio ni campanas.

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“… y cuando usted lea estas páginas, paciente lector, no serán más que una hoja de alcaucil del tiempo. Cosas y cosas habrán sucedido. Y, como cantaba Jean Sablon: Todo pasa, todo se quiebra, todo se desgasta. Ya habrá otro en mi lugar. Otra guerra arderá en otros horizontes ». -Cortázar.

Margarita Garcia Alonso

Le Havre, 11 de abril del 2009

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Obras mencionadas.

Luis Marimon, Herencia de la soledad, ediciones Matanzas, 2005

Fayad Jamis, Los puentes.

Negro el diez. Sobre serigrafías de Luis Tomasello (1983).
Traducción al francés de Françoise Campo
París, Galerie Maximilien Goiol, 1983

Un elogio del tres (sobre las pinturas de Luis Tomasello) (1980).
Zurich: Dolf Hürliman, 1980. Traducción alemana de Úrsula Burghardt. Traducción francesa de Jacques Lassaigne.

Luis Tomasello,uno de los creadores del Arte cinético. Una mano enamorada, Grafo edizioni, 1997.

biografía de Luis Tomasello  en/

http://www.macla.laplata.gov.ar/exposiciones/anteriores/2004/LuisTomasello.htm

33

  1. Margarita: He quedado encantado con tu blog. He visto muchas entradas y volvere sobre lo que has hecho en los meses anteriores, porque cada post tuyo merece ser recorrido. Me he quedado en lo de Fayad, que debo leerme, pero ando corriendo ahora. Un beso y gracias por el maravilloso blog.

  2. Margaret, yo creo que este articulo es un pequeño monumento literario! Ahora mismo he querido ser alguno de esos hombres, para que dijeras algo bello de mi!
    Un abrazo, tu amigo Assef

  3. y como soy muy mala para saber donde estas los comentarios agradezco a Ernesto haber pasado y sus palabras; y a ti Pedro, todo mi amor. Este es un blog extraño, perdido en el tiempo, donde cabe el martillo y la piedra, liberador;
    besos

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