Lamarga

No traiciones a tu amada

In Cuadernomar on 29 avril 2009 at 9:29

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No traiciones a tu amada

a mis amigas del INVIFAS, en el Paseo de la Castellana.

Yo no puedo escribir de Paris porque es una limosna. Tour Eiffel, Sena, museo, puentes, todo fotografiado bajo un gris de peldaño que hace del viaje un sueño. He ido de un extremo al otro de la madrugada, siguiendo la guía de Cortazar, de Fayad Jamis, de Henry Miller, de todo el que paso del vino a escribir sobre las luces de la ciudad.

Temo desfraudarles. Cientos y cientos de kilómetros bajo tierra, viñedos de Montmartre, tabernas y cafés , amantes abrazados, turistas japoneses cámara en mano, barcazas rio arriba, rio abajo, buen vino, muchachas preciosas en espera de ser encontradas, -en posición fingida del que espera- , claraboya que te mira, gárgola de attrezzo y fina capa de esmalte antiguo.

Le haría una misa, quizás dos y vendería un panfleto. Hay que verla, -debo hablar en femenino, pues es ciudad, pero no he hallado otra aglomeración más neutra y asexuada, nada de química de muros, ni sobresaltos- hay que pararse en cada esquina y filmarse, para el mito.

Por aquí he pasado, llegué a Paris y me di la vuelta. Hay que intentar quedarse en el bullicio, ir a la fuente, recorrer las Tullerias, pararse bajo el arco de triunfo, entrar al Moulin Rouge, sentirse “fille” de la calle adormecida una y otra vez lavada al amanecer.

Una cortesía especulativa. Jamás me he sentido tan cuántica entre el gris, el fango y el día.

Nunca ha sido mi ciudad. Me deslumbró en la veintena y me abandonó en partículas. Me impuse, “ama a Paris, cómo no amarla si tiene belleza “y nada llegaba. Como con los hombres. He escogido el feo, el tierno, el cálido, el roto, el que sonríe y abraza, el flaco perdido, el de mirada herida, jamás el perfecto monumento de canto y chimenea humeante.

Toda arquitectura posada en medio del horizonte me petrifica.

Aunque lleve una peluca anaranjada de una muchacha del Crazi Horse, París me trasmite una frialdad, una extranjería que me obliga a la ebriedad. Emborracharme rápido de oleos, despotricarme en callejuelas de cementerios famosos, drogarme de vistas, y ser cliché de otros que flechan a mi espalda.

¿Cómo puede una guajirita cubana, por más señas, de Matanzas decir tantos oprobios? Perdonen, no les puedo mentir. Dejé de turistear la inmensa capital fría, cuando descubrí una callecita de Madrid, esquina de pasos agitados y me quedé enamorada de mi barrio Malasaña, de mi escalera, parque, pasamano, puerta, pasante, fuente, mediodía.

Madrid es mi amada, no por hermosa, que lo es en claridad y colores, lo es por ponerme frente a mí y respetar el acantilado desde donde pensaba que el mundo era una fiesta. Porque en ella jamás he sido una extranjera. Y ciudad que te da nombre, palabra, y te deja, es humana. No la voy a traicionar, no hay noche en que no llore.

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