Lamarga

La última tela de Fayad Jamis

In El Moro Fayad Jamis on 16 novembre 2009 at 12:20

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El tiempo se nos va. El 12 de noviembre último Fayad Jamis cumplió 21 años de muerto. Cada vez que se acerca la fecha, prefiero pasarme el día fuera de casa, ocuparme al extremo y no pensar, pero revienen las imágenes como un flash interminable, quizás porque estaba muy jovencita y era la primera vez que alguien se me moría en los brazos.

 El poeta L. Santiago Méndez Alpizar   abrió las  paginas de Efory  Atocha  para recordar su fecha de nacimiento y acudieron poetas, amigos, aquellos que le leen, a los cuales les estoy agradecida.

 Entre las fotos publicadas estaba Fayad caminando por la Habana vieja con mi hija Laura Pérez, quien por esas maravillas de la existencia le saldaba cuentas como padre y con quien tenia afinidad y apego en madrugadas de sonámbulos que  tienen a adentrarse en pactos y secretos.

Fayad, en los primeros meses del 1988 creo dos telas, serian las últimas. Una de enormes estrellas azules que me dedico y con la que nos hicimos vestidos  anchos, con diseños de bata fuera de época . En la foto  Laura lo estrena con la fiereza del volante  bajo la mirada protectora del creador.

Las fotos tienen ese poder de abrir cajones de memorias, y en uno real, bien escondido, entre sabanas encontré unos metros de la ultima tela, dedicada a Laura y que resumía las preocupaciones de esos últimos meses, aquí se las presento.

Junto a la niña que ya es una artista y aunque no desea ser asociada, bajo ningún caso, resguarda los secretos de ambos. Mi homenaje a la creación que continúa…

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Fragmento de la novela “Amarar en Porto Matanças”  donde cuento esas vivencias.

 “…una niña, las manos posadas en la puerta, le murmura: “nos han matado”

 El muerto es otro. Es un hombre que expira entre mis brazos, como un toro entre ronquidos y escupitajos de  sangre, desgarrando el último poema de aire.

 El muerto tiene el cuerpo inflamado de  versos;  manchas de pintura en las uñas y un bigote de  conquistador de nalgas redondas. Dos años ha estado dando brinquitos delante de la pelona, salvándose de a poco de un cáncer sin bochorno, ramificado entre el cuello y sus pelotas.

 Veinte y cuatro meses despreciando lo que no hizo, tratando de  reconquistar a los enemigos, como si ellos supiesen como evitar la enfermedad, o tuvieran el remedio, o hubiesen ganado: le verán como él jamás sabrá.

 El muerto mato sus rencores desde que supo que su hora andaba cerca. Ha perdido  la batalla.

Ella  le ve enfardar en momia. Envuelto en una sábana como si fuera un bulto de ropa sucia,  por lavar, sin la inmortalidad de la poesía, le conducen,  solemnemente, a la sala de autopsias.

 Dos hombres pálidos del servicio funerario, maquillan a Tamis: un simple hombre muerto, con la afección y delicadeza de quien va a recibir un premio literario en el infierno.

  Unas heridas convierten la piel de su frente en un trapo arrugado, y la cabellera negra reposa como un falso pastiche en la raíz de la nuca. Horror de sentir la osamenta del cráneo hueca de toda masa pensante, de todo recuerdo. Un hombre que jamás fue habitado; maldito en su vacuidad, sin entrañas.

 Otro corte bárbaro, de soldado de estepa, destripado tras una cabalgata, después de injuriar a los mongoles, nace en el centro del pecho y se prolonga a lo largo  del vientre, como una geografía de los  países del este de la Europa.

 “Tú no eres nada, no fuiste nada, no te salvaron los testimonios, tu eras el cuerpo 21 de la sala de autopsias. El picador de turno jamás leyó tus poemas, jamás los leerá, tú eres solo un muerto que apesta  a  amarillo.

 No fuiste nunca para el picador, aquel muchacho que en las madrugadas descubría Paris, mientras abrían las panaderías, empapado del rocío de las calles húmedas tras el carro de la limpieza; sólo un pobre tipo muerto, carne aún caliente, fresca, por cortar ».

 Descansando a unos centímetros del sexo, ahora recogido, apenado, como una miseria, la herida muere, seca.

 La imagen le recuérda el calvario, de Malouel. El cuerpo blanco, con trazas de amarillo y un hilo de sangre en el costado derecho, bajo la tetilla. Un hilo imaginario de la sangre que ya no existe en sus venas, y que desciende, corre e inunda los pies de un  grupo de amigos cabizbajos, tristes, anonadados.

 Ella   se debate, si hubiese menos banderolas en su interior, podría ver ese cuerpo extendido, aunaría los fragmentos.  A tijeretazos destroza el recuerdo.

  _A nadie pedí que me regalaran una muerte.

 Se ha herido el dedo y con la sangre dibuja en los cristales. Afuera llueve. El ciruelo se inclina bajo el peso del granizo…

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ultima-tela-de-fayad08ultima-tela-de-fayad09jpgultima-tela-de-fayad010ultima-tela-de-fayad011ultima-tela-de-fayad012P1090595En casa, mI hija Laura con el retazo.

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  1. Lienzo lleno de vida.

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