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José Lezama Lima: Ver a Fayad

In El Moro Fayad Jamis on 4 septembre 2010 at 5:15
Ver a Fayad Jamís
José Lezama Lima
 
Fayad Jamís con José Lezama Lima y Pablo Armando Fernández

Parece en estos dibujos y aguadas de Fayad Jamís, como si se tratase a veces de interpretar un trabajo anterior, como si hubieran llegado a su lejanía familias secretas, flagelos amiboideos o simples crujimientos de la materia ansiosa de respirar. Un trabajo gobernado y dirigido sobre otro trabajo invisible que raspa, añora, rectifica. Máquinas irreales, diseñadas por la imagen, lúdicas, como dólmenes sin finalidad, en espera tal vez de que un cataclismo les dé su función propia o su costumbre adivinatoria. Máquinas con advertencias y números, indescifrables y conversadoras. Se trata de indicar un signo, de diseñar una letra, como un puente, un pozo de agua, los bueyes cerca de la casa, éxtasis de participación en el homogéneo desierto. Una señal que no quiere convertirse en símbolo y se impulsa en el costado lateral del pez. Una fulguración que entreabre las hilachas del subconsciente, pero sin redondear ni terminar en lo explícito inmóvil: una flecha de cuyo extremo pende una linterna atravesando un ramaje. Caminos y rutas de la imagen con advertencias de la realidad entrevista: modere velocidad. Se indica un peligro pero se declara innecesaria la escafandra. El ojo sigue dominando, trazando las secretas escalas de un imperio que se deshace y reconstruye por instantes, mientras cada color en su recuerdo de variante parece desplazarse movido por la brisa, pero no, un eje de cristalización extremadamente proliferante, establece una relación de energía entre los leves crujidos de la materia y su configuración abierta a una florescencia inexplicada.

Fragmentos de árboles posibles que buscan otra unidad, impulsados por otro mundo que los tienta, como si gozaran de una poderosa emigración de las formas que saltan de sus rúbricas habituales para sentirse extrañamente felices en regiones ignoradas. Lento ingurgite buscando una forma probable, un asidero, un ancla para otro desconocido. Sabemos ya que: cuanto más se agazapa la invernación, las metamorfosis se hacen infinitas, huracanadas, incesantemente rotatorias. Corpúsculos rotativos que van ascendiendo hasta contemplar un perro en acecho, y que no sabe morderse la cola escindida. Cristalizaciones y nacimientos. Esbozos de cuerpos que pueden surgir, como el recorrido del pez de las arenas que resisten al árbol que se entrega. Estiramientos y retiramientos, cuerpos que pueden surgir, apoyarse y desaparecer, dejando las sombras de su apoyatura. Acaso la peana barroca que se prolongó en un humo galopante. La forma jugando las dos esferas comunicantes: círculos sobre dólmenes, tortugas emigrando en un trozo de hielo, sosteniendo con sus cuatro patas, como en las fábulas chinas, lo estelar. De pronto, las embarcaciones se detienen en el ojo de la imagen, entonces podemos entrever la nueva ciudad. Y van desembarcando la linterna de las profundidades y las flechas que nos marcan las huellas anteriores, la posibilidad de nuevas formas de reconocimiento.

En París o en La Habana, Fayad Jamís sigue caminando, como en uno de sus poemas, bajo la lluvia y logra llegar a la aldea donde confluyen los siete ríos. Allí percibe esas tierras ablandadas por la lluvia, presionadas por las uñas, que bastan para levantar el árbol dentro de la ciudad o el templo en el bosque como los druidas. La lluvia sigue creando, la tierra presionada sigue en sus inaudibles crujidos, cuando podemos captar el tirabuzón del pez. La energía del devenir que penetra en la materia como una exhalación, ha logrado configurar esas mutaciones que exigen una lentitud secular en la espera que proclama y decide.

En esos toneles que estallan en el sueño, Fayad ha extraído sus rojos entrelazados con sus negros, sus sienas quemados, sus azules alusivos a lo inmediato, sus amarillos que interrogan o enfurecen en la luz. Y todos los colores que maneja con mágica alternancia, removidos, avanzando, penetrando vorazmente en la nueva ciudad. Sueño de las hecatombes y ciudades nocturnas en lo alto de rocas. Estampas chinas donde la naturaleza se descubre en los colores que penetran. Rotación vital. La mano rotando en la materia para provocar desprendimientos, zumbidos de insectos, flores que desaparecen. En el goce voluptuoso de la energía que se anticipa a toda configuración, ha sabido apretar una pulpa con los ojos. Una voluptuosidad paciente ha marchado en él acompañada de una lentitud milenaria. Su materia acariciada y recorrida sin cansancio, es ya la espera que proclama y decide con las comprobaciones del minero y el despertar del niño con su esfera de incesante rotación.

La Habana, 1967

http://www.lajiribilla.cu/2010/n487_09/487_03.html

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