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Sigfredo Ariel :El Fayad que conocí

In El Moro Fayad Jamis on 4 septembre 2010 at 4:58
El Fayad que conocí
Sigfredo Ariel • La Habana
 
Fayad Jamís había estado para mí envuelto en muchas incógnitas. Su poesía me parecía contradictoria. Eran los tiempos en que el conversacionalismo era pecado mortal para la mayoría de los poetas jóvenes de inicios de los 80. Yo no comprendía que el mismo autor de Cuerpo del delfín y Los Puentes hubiera escrito “23 y 12” o “Con tantos palos que te dio la vida”, poema famoso.  

La joven poesía era entonces tildada de escapista, libresca, hermética y muchísimas cosas más en artículos de periódicos y en oficinas influyentes. Creo que algunos rechazábamos de plano el lenguaje directo o la anécdota narrada en el poema como resistencia a aquellos ataques que a menudo sobrepasaban lo estético y se convertían en políticos. 

No sé bien el año en que Fayad vino a residir definitivamente en La Habana. Lo vi unas cuantas veces, de lejos, en el Centro Carpentier o en la sede de El Caimán Barbudo, en la calle Paseo. Jamás pensé en acercármele motu propio. En el 85 lo pusieron de jurado en un concurso de poesía que yo gané. En la premiación me lo presentó Bernardo Marqués Ravelo, hombre muy diestro en acercar a las personas. Hablamos de música, de Billie Holiday, de Charlie Parker y de Charles Trenet. Tuvo la delicadeza de invitarme a su casa para escuchar algunos discos. Unos días después nos aparecimos en su apartamento de 27 y O, Cira Andrés y yo. Cira llevó de regalo un flan de leche como solo ella era capaz de hacer, confeccionado amorosa y heroicamente.       

En realidad vivíamos muy cerca de Fayad, lo que nos permitió visitarlo con cierta asiduidad durante una temporada. Recuerdo sus grandes tazones de cerámica mexicana repletos de té negro “de bolsita”, unas copitas de añejo en el atardecer o la alta noche, y algunos discos que me prestó —el Abbey Road, uno espléndido de Ella Fitzgerald con Elis Larkins—, y un par de novelas. Nosotros soñábamos con hacer una imprenta en la Casa del Joven Creador, él se entusiasmó con la idea, nos mostró muchos de los resultados de sus aventuras como impresor, editor y diseñador, libros mínimos hechos con pocos recursos, en La Habana de los años 60, y más tarde en el Distrito Federal. Me regaló un ejemplar de Las lluvias, traducido por Lezama, que él había publicado en los tiempos de La tertulia. 

Lo visité en otras ocasiones con mi querida amiga Albis Torres hasta que me decidí a aparecerme solo, con cualquier pretexto, para conversar un poco, oírlo más bien. Una vez le llevé en un casette una vieja grabación de Arcaño y sus maravillas, era un danzón que se llama “El moro eléctrico”, porque sus viejos amigos le decían El Moro. Para mí siempre fue Fayad, y ante él me sentí siempre sobresaltado.  

    

“Cartas recibidas: El Sol”, tinta/ papel

Él estaba invariablemente haciendo planes. Escribía y publicaba poemas, hacía diseño de telas y se iba al taller de la Plaza de la Catedral a hacer litografías. Había hecho instalar un tórculo para imprimir grabados en metal en la sala de su casa que no sé si tuvo tiempo de usar. Tuvo la gran suerte de encontrar amor y apoyo de todo tipo en la poetisa Margarita García Alonso, a quien le publicó un hermoso libro. Hacían una pareja cálida e inteligente. Eran felices. Fayad hablaba en tono bajo y despacio, pronunciaba muy bien todas las eses, tal vez por haber estado tanto tiempo en México. 

Contaba anécdotas de sus duros tiempos parisinos y de los aún más duros, cuando vivía en un cuartico en la Plaza del Vapor, sin demasiado dramatismo, intercalando anécdotas simpáticas en las que a menudo algún amigo no quedaba muy bien parado. En sus conversaciones reveló algunos episodios terribles de los tiempos que luego se llamaron quinquenio gris o decenio negro. Tenía sentido del humor. Reía con deseos, pero sin estridencias.        

Una noche en su casa leyó unos poemas (canciones a La Habana, decía él) que le habían publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional. Ya sé que no son muy buenos, pero tal vez sirvan para la música, dijo. Estaba muy orgulloso de que un poema suyo se hubiera hecho popular años antes como letra de canción (“Cuando miro a tus ojos veo en ellos la Patria”, que cantaba Sara González). Esa velada fue lenta y extraña. Fayad estaba triste. No sé si ya le habían advertido que padecía cáncer.       

Dejé de visitarlo de pronto. Supe que lo sometían a tratamientos de quimioterapia. A veces, estando en casa de Pepe Rodríguez Feo, quien vivía en su esquina, pensaba ir a visitarlo o al menos llamarlo por teléfono, pero no me atrevía. Una mañana, bajaba yo por la calle de San Francisco, por el parque de los Estudiantes, y allí lo encontré con Margarita. Llevaba una gorra. Nos dimos un abrazo y me reprochó sonriente: Si antes me querías, era por el pelo. Yo prometí ir a verlo, llevarle no sé qué, según la malísima costumbre que tengo de prometer y luego no cumplir. No lo vi más. 

“Dibujo”, tinta/papel

Supe de su muerte en la sala de Albis Torres. Carlos Augusto Alfonso llegó del cementerio con la noticia. Nos tomamos una botella de vino barato en su memoria y comimos algo. Luego llegaron Omar Pérez, Víctor Fowler y Bladimir Zamora. A los pocos días Alberto Rodríguez Tosca hizo un programa de radio dedicado a Fayad y me invitó. Me emocioné mucho en el estudio, quizá porque fue el momento en que caí en cuenta de que el poeta se había ido, esta vez de verdad. Por mucho tiempo a muchos nos resultó extraño pasar por la esquina de 27 y O y no pensar “allá arriba está el tipo”.       

En el patio del Segundo Cabo, hace unos meses, vi una revista en el exhibidor de la librería. Ahí estaba su cara, medio socarrona, impresa en negro y sepia en gaceta, contemplándonos. Entendí que yo (o mejor dicho, mi escritura) estaba más cerca de su poesía coloquial que la de su juventud, que tanto deslumbraba al tipo que fui a los 20 años. Me hubiera gustado hablar de esto con él. En realidad, me hubiera gustado hablar de muchas otras cosas con Fayad Jamís.

http://www.lajiribilla.cu/2010/n487_09/487_19.html

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