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Víctor Casaus:Estas palabras a estas alturas

In El Moro Fayad Jamis on 4 septembre 2010 at 5:42
Estas palabras a estas alturas
Víctor Casaus • La Habana
 
El hombre está hablándonos en estos poemas de Fayad Jamís. Para nuestra suerte, está hablándonos el hombre contemporáneo y concreto (pero no de concreto) en estos versos que trazan su arco de casi 30 años entre la tierra de la miseria y la alucinación personales y colectivas hasta la magia cierta de la libertad, bella como la vida, por la que siempre habrá que darlo todo, si fuese necesario hasta la sombra y nunca será suficiente

Esa es la primera certeza y la primera alegría que nos aguardan al entrar en este monte de palabras que el poeta —y también seguramente el pintor y el periodista y el hermano y “el Moro” que habitan en Fayad— ha ido armando con el paso del tiempo y de la vida, como una de sus viñetas deslumbrantes donde se mezclan los grabados antiguos, las flechas indetenibles, los rostros de los héroes y hasta la misma letra segura y elegante con que se han escrito estos poemas, estas palabras salidas de una fuente que, también, por suerte, ya nos pertenece. 

De esa fuente salieron, allá por la década de los 50, los primeros poemas de Fayad que entonces pertenecieron a un libro hermoso, lleno de sinceridad y de misterio, que se llama Los párpados y el polvo. Poesía de atmósfera, de alucinación, de incertidumbre, participaba ciertamente de aquel afán de trascendencia —rechazo de la realidad hueca y corrompida, propuesta y dispuesta por la seudorrepública para sus ciudadanos— que animó, a través de formas y matices diferentes, la obra de los poetas de Orígenes. Pero más allá —o más acá— de aquel rasgo definidor general, los poemas de Los párpados… poseen ese poderoso balance interno —capaz aún hoy de estremecernos— entre los sentimientos terribles de la soledad, la alucinación y la fuga y la suma concreta y real de miserias, sueños y memorias que conformaban a aquel joven que los escribió recordando, soñando y sufriendo, mientras se definía así mismo en su “Ronda del desvelado” con esta frase casi palpable: 

Yo soy un jarro de sustancia humeante, llena

   de presentimientos y de olor a locura 

Frente a aquellos textos “neblinosos de sueño” ya es posible adelantar esta verdad que es igualmente válida para toda la obra artística de este poeta y que el verso alumbrador del viejo Whitman ayuda a sintetizar con un golpe de humanidad: “este no es un libro, quien lo toca, toca a un hombre”. 

El hombre que escribió esos poemas —después de una infancia y una adolescencia trashumantes por esos pueblecitos de Cuba, siguiendo el rumbo azaroso de la nave familiar— se fue, como pudo, a ese “sitio muy grande y lejano y otra vez grande” que se llama París, para decirlo con las palabras de aquel peruano enorme —universal por peruano y por poeta—, y que sirvieron precisamente de entrada al libro que Fayad traería cinco años después bajo el brazo a la tierra de la libertad ya conquistada. 

El libro se llamaba —se llama— Los puentes y es, para decirlo bien y pronto, a nuestro juicio, uno de los libros más deslumbrantes y atrayentes de la poesía cubana. 

En sus textos se conjugan, bella y eficazmente, el destino personal del poeta y el entorno social donde se mueve. Es el tránsito imaginativo y amoroso del “horizonte de un hombre al horizonte de todos”, como había pedido (y realizado) en su tiempo Paul Éluard. 

Lo que da la medida justa de este poeta verdadero es precisamente la manera sincera, auténtica, dramática con que asume el nuevo espacio y la nueva circunstancia que habita. Desde el polvo de los pueblecitos cubanos, ha arrastrado su soledad y sus sueños a la gran ciudad —vieja y astuta metrópoli del arte… y del colonialismo. La mayor riqueza de este libro se afinca, sin duda, en la autenticidad de ese descubrimiento: el amor convive en la bruma de París con su contrario: 

Así es París yo te lo digo a veces sueño que

     recorro un mundo muerto

después de la última bomba muerta hasta la

         esperanza 

La poesía de Los puentes, que deja de hacer uso de los signos de puntuación para guiarnos a través del ritmo de sus encabalgamientos y del fulgor de sus imágenes, inaugura, a su manera, el camino de la poesía social —de la poesía— de estos años en que se funden creadora y eficazmente las vivencias “personales” del hombre y la realidad “social” en que se mueve. Las comillas quieren poner en duda, en esta frase, el carácter absoluto de esos calificativos: ¿qué crítico, qué catalogador, por obcecado que sea, puede tirar una línea divisoria tajante entre el hombre y su medio, sobre todo cuando ese medio ha perdido tan inocuo nombre para llamarse Revolución, como ha sucedido desde hace más de dos décadas en Cuba? 

Los textos de Los puentes revelan, claramente, cómo esa frontera fue arrasada por la poesía de Fayad, transitando de los rumores misteriosos y las sombras inapresables de Los párpados… a la certeza de que “detrás de todas esas paredes hay hombres que respiran, roncan y sueñan”. Su poesía se llena aquí de gentes: un soldado que pasa “con una maleta enorme / rumbo a la Gare de Lyon rumbo a Egipto la muerte”; “una mujer en bicicleta” que “va a su trabajo / cuando el sol está a la altura de las rodillas como el trigo”; y mendigos y niños y muchachas acompañan al vagabundo en su recorrido del alba. 

Del alba y hacia el alba. Porque la poesía de Fayad, pasando por el discurso desesperado y hermoso de “El ahorcado del Café Bonaparte” y el “Lamento del joven soldado Jean-Pierre Lepetit en las montañas de Argelia”, culmina este momento de descubrimientos y reafirmaciones con una advertencia y un llamado: 

Mañana aunque usted no lo quiera señor general

                                                                     [señor

comerciante señor de espejuelos de alambre

                                                              [y ceniza

pronto la nueva vida el hombre nuevo levantarán

                                                    [sus ciudades… 

Fayad regresó bien temprano a su Isla, cuando la Revolución triunfante comenzaba a levantar las ciudades anunciadas en su poesía, y se incorporó hasta el sol de hoy —y el de mañana— a esa construcción en su sentido metafórico y en sus aspectos más concretos. Periodista pintor, diseñador, realizó, sin duda, la obra editorial de perfil más nítido y artístico a través de las múltiples colecciones que dirigió y animó por aquellos años. 

Su poesía, que parece moverse al ritmo de “la gran respiración de las cosas y el tiempo”, nos ha dejado también ese inventario de la rabia y la ternura que se llama La pedrada, “serie de pequeños poemas en prosa (…) que escribí casi de un tirón (…) a fines del año 1954, y sin saber a ciencia cierta por qué”. 

Aunque es relativamente fácil aventurar, con la perspectiva del tiempo, este tipo de interpretaciones, voy a lanzar un posible por qué: porque La pedrada —escrita en lo esencial a golpes de rabia y ternura en dos días de trabajo— era una especie de explosión de tanta miseria y tanta alucinación acumuladas. Y quizá en muchas de sus líneas puedan rastrearse la decisión y la voluntad que llevarían al poeta a los caminos complejos, alumbradores de lo social a través de la vivencia más íntima del hombre, que después recorrería en Los puentes

Por lo menos, así he leído siempre esta imprecación poética, cargada de cólera y de belleza: 

¡Pártele la madre a la soledad y arrea tu alma

hacia el viento, hacia el humo, hacia el día! 

Hacia el día enfiló Fayad su poesía cuando en 1962 ganó el Tercer Concurso Literario Hispanoamericano de la Casa de las Américas con su libro Por esta libertad. Libro escrito en el tiempo de los himnos, sus poemas asumen el reto de cantar la victoria de Playa Girón, a la vez, con la suavidad de sus “martianas”; con ese formidable eco contemporáneo de La pedrada que es el poema “Los innombrables”; con el ritmo solemne de una cantata, y con el lirismo avasallador que el poeta despliega para dejarnos dicha esta verdad que compartimos con él todos los días: 

No habrá más poema sin la violenta música de

la libertad. 

En medio de esa música, participando de esa libertad que a la vez ha ayudado a construir, la poesía de Fayad ha crecido en estos años, acentuando ese arco de que hablábamos al principio: de la frase aquella en que se agazapaba la incertidumbre personal y colectiva (“Si abro esa puerta nada se fugará”) a la certeza con que, desde el título mismo de un libro —Abrí la verja de hierro—, el poeta declara, intensa y hermosamente, las maravillas del mundo que lo rodea: 

…Y de pronto llegaron hasta mí otras voces;

iban cantando cosas imposibles y bellas, iban

                                                      [encendiendo

la mañana, recordaban besos que se pudrieron

                                                           [en el río,

labios que destruyó la ausencia. Y yo no quise

                                                          [decir nada

más: no quiero hablar, acaso en el chirrido

de la verja rompí cruelmente el aire de tu sueño.

Qué importa entrar o salir o desnacer. Me quito

         los zapatos

y los lanzo ciego, amorosamente, contra el

                                                                [mundo. 

Ha sido necesario dejar correr la cita, hasta el mismo final del poema, para que quede aquí, en su propia letra, el testimonio de la autenticidad y la sinceridad de este poeta nuestro. Esos han sido, sin duda, los rasgos que más fuertemente han incidido en la presencia y la influencia que ha tenido la poesía de Fayad entre nosotros: su tránsito de un territorio al otro —de la alucinación a la certeza; de la incertidumbre a la libertad— no ha pasado por la premeditación o el facilismo. Él mismo nos lo ha dicho alguna vez: “Prefiero la vida con todas sus contradicciones, gatos y estrellas.” Y en ese verso mismo —en la presencia simultánea de estrellas, gatos y contradicciones— se expresa la complejidad de la vida que este poeta ha testimoniado hermosamente para nosotros.
 


Estas palabras a estas alturas

Sobre la niebla poderosa de mi país te escribo

a 20 mil pies sobre el nivel de tus pies

suspendido como un loco entre el cielo y la tierra

ahora atravesando una tormenta tropical

una bruma que envuelve por minutos al lliushin

pero dejemos eso mejor para decirte

estas palabras a estas alturas Fayad

aquí al reverso de tus letras en el fondo

             de tu libro

donde relinchan y cruzan las yeguas de tu infancia

las miserias y las lágrimas de entonces

y desde donde ves los soles violentos

de la Revolución que compartimos y nos reparte

por esa superficie azulosa que se extiende

              allá abajo

por esos rectángulos que resultan ser granjas

por esas líneas amarillas que vienen a ser

             las carreteras del país

y por esas sombras que no dudo sean las guásimas

que he visto en tus poemas

 Por sobre soles marchitos y sobre todo

sobre lágrimas angustias ruinas

de nuestro pasado peor

sobre mentiras y despojos
 Prólogo a la Antología de poemas de Fayad Jamís, Editorial Letras Cubanas

http://www.lajiribilla.cu/2010/n487_09/487_21.html

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