Lamarga

Casablanca

In AmiGos, Cuadernomar on 8 octobre 2010 at 11:00

CASABLANCA
Este recuerdo me ha subido como un trueno.

 Conocí los trenes antes que “la estación”. En edad cercana a los cinco años acostumbraba echarme los días buscando frutas y cañas azucaradas con dos de mis hermanos, Heribe y Enrique, junto a Eliécer Lazo  (que alguien —no puedo recordar sexo ni cara— depositaba en la fábrica de ladrillos rojos del kilómetro 101, donde mi madre se afanaba). Los chicos partíamos al Valle de Yumurí, con el “cuidador” atigrado, el vecino de ojos saltones llamado Luis Marimón.

 Los trenes me fascinaban, y les atribuía la capacidad de escaparse de los rieles. El que pasaba a escasos centímetros era rojo, serpenteaba y antes de verlo nos inundaba de un aire caliente que me levantaba el vestido blanco, con su saya plisada y su lazo en la espalda, y que tuve a bien guardar toda la infancia, sea la excursión que fuese, o semana, porque fue confeccionado con exquisita sábana.

Hershey —dígase Jersy— frenaba en Canasí, echaba a tierra a buscadores de alimentos y retomaba el aliento para continuar los 94 kilómetros que le separaban de La Habana. La parada era una simple caseta, entre vacas que vagabundeaban, fingiendo estar atareadas cuando se refrescaban en un riachuelo desprendido del Yumurí. Mi abuelo que minaba campos —así es como se llama a regar la tierra— preparaba el fuego en el que asábamos los pajaritos que caían bajo el tirapiedras preciso de Luis.

Contarles lo que hacíamos es susceptible de castigo: cuando en la finca de casa faltaba el fruto, nos atragantábamos en la cercana —de todas formas muchos eran tíos o primos—, pero también promovíamos espectáculos teatrales, y Palillo —el bueno de Eliécer— se entrenaba para mago, bajo los aplausos de los viajeros, a quienes vendíamos guayabas, leche, agua fresca en jarros de fortuna o malangas.

 El viaje estaba prohibido, pero sabíamos que existía “alguna parte”, cada vez que cantábamos “voy por la línea del ferrocarril, siento que la… se me va a salir…”

Y aquí viene el trueno, una mañana, me atreví montar el segundo escalón y el tren echo a andar. Fue Luis quien se decidió a atrapar el último vagón y rescatarme, pero en fin, ya que los controladores aceptaban, se haría al llegar a Casablanca. Aquello parecía interminable, dos filas de dos asientos, duros como palo, como si fuese una escuelita compactada, las ventanillas abiertas, y el olor a tren con carga de verano. Matules, jabas y hasta cochinos de leche en sacos.

A veces pasaba tan cerca de las arboledas que los gajos golpeaban a los entretenidos. Era como si toda Matanzas estuviese allí reunida para una fiesta: el novio bien planchado, el que cargaba libros, el que contrabandeaba avistando al policía de campo, el que no pagaba, el desesperado o triste en la barandilla… Recuerdo que pasamos no lejos de un central, entre cañaverales, hasta llegar a unas curvas muy extrañas con casas en los costados y el tren suspiraba, se tiraba despacio en zigzag, bajo la cúpula del observatorio meteorológico y se paraba a empujones, adornado de flamboyanes florecidos, el techo y la cabeza de hojas desprendidas como si fuese un enamorado contrariado, junto a la estación de Casablanca.

Recuerdo, no sé si ha cambiado, a la estación de Casablanca pintada de azul. Había que abrirse paso porque subían pasajeros para el viaje de regreso. Olía a petróleo y el edificio estaba impregnado de un hollín resistente —cuidado, mucho cuidado con el tizne—, y el Cristo, Regla entera, dispuesta en aquella bahía y la ciudad del frente. La famosa Habana tentaba tanto que perdimos la ocasión de devolvernos a las tres horas, de todas formas no teníamos los cuarenta kilos para la lanchita, y mataperrear era el oficio que imponía nuestro destino.

No conocía a Humphrey Bogart ni a Ingrid Bergman, pero Casablanca fue mi primera estación. Miles de veces repetida, en grupos o sola. El punto que debía hallar si me perdía al pasar las aguas, la antesala de los matanceros que buscan la fama, hacen estudios, se desprenden del provincianismo, se “ventolean” en la capital. En Casablanca se venden boletos para el mundo.

Le Havre, 5 de octubre 2010

MARGARITA GARCÍA ALONSO

(Matanzas, 1959)

Ha sido escrito para ESTACIONES , proyecto de CAMILO VENEGAS

LOS ANDENES DE LA MEMORIA
Esta idea se le ocurrió a Margarita García Alonso, una creadora cubana (escritora, pintora y viajera) que ha deambulado por estaciones de medio mundo (desde Limonar, en Matanzas, hasta los confines de la estepa siberiana). Ella fue, incluso, quien hizo la primera convocatoria. Más de una vez he confesado que pierdo muchísimo tiempo registrando todos los rincones de Internet en busca de fotos de estaciones y trenes cubanos. Gracias a eso, he logrado volver a edificios que los ciclones han borrado (como la estación de Guareiras) y a otros donde los trenes ya no llegan (como la de Consolación). Está página es un homenaje a todos esos monumentos que se han ido borrando poco a poco del paisaje cubano. Esas estaciones fueron el punto de partida de miles de compatriotas cuyo viaje de ida aún no termina, por eso en sus andenes hay algo de ellos que permanece inmóvil, sin poder subirse al tren. Este dossier nunca llegará a completarse. Pero cada vez que lleguemos a una estación se salvará de algún modo eso que, a propósito de los trenes, Eliseo Diego definió como la “majestad del olvido”.

 

Destacados poetas cubanos se han sumado con sus recuerdos.

SONIA DÍAZ CORRALES (Cabaiguán, 1964)HERIBERTO HERNÁNDEZ MEDINA (Camajuaní, 1964)
SANTIAGO MÉNDEZ ALPÍZAR (Remedios, 1970)

Si deseas sumarte a este tren del recuerdo de las

Estaciones cubanas, o tienes una que particularmente

te dio boleto al estremecimiento, LLEGATE a Camilo Venegas,

quien te espera en El fogonero

fotos tomadas de la web

el viaje comienza….los que tengan boleto pueden enviar

la reserva a

venegas1967@gmail.com

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