Lamarga

Nada puede ser más incierto

In Cuadernomar, El Moro Fayad Jamis on 18 octobre 2010 at 9:47

Nada puede ser más incierto

Escrito para BELKIS CUZA MALE, publicado en

LINDEN LANE MAGAZINE, VOL 29 No.3, Otoño 2010

GrAfica  de William Rios

 

Nada puede ser más incierto que mi encuentro con Fayad Jamís. Años de elucubraciones no me han permitido identificar  si la historia que contaba el Moro realmente ocurrió. Desbaratada por un proceso en que fui borrada de haberle conocido, y después,  durante décadas, por mejunjes que corroían las puertas de escape, dejándome sola y encerrada con el muerto en un altísimo hospital frente al malecón de la Habana, he resguardado celosamente las invocaciones que  han llegado a la Normandía de testigos de época.

Fayad contaba que me había visto corriendo sin zapatos por el Kilómetro 101 en Matanzas y para sonrojarme añadía que iba en “blumercitos”, bastante churrosa  y llena de piojos, lo que sin dudas no es una buena entrada amorosa y menos literaria para un poeta de su rango.

En el orden de mi memoria fuimos presentados unas quince veces; las cinco o seis primeras pecaminosas, pues desde el instante en que sus ojos negrísimos se posaron en los míos- debe ir en singular, pues fueron miradas de lado- se  estableció un pacto que arruinaría la paciencia de muchos narradores.

Sin dudas, le vi por vez primera  en el mal de la infancia, entre seis y diez  años. Mis padres se ocupaban  de otras vecindades, mientras  me daba al poético oficio de replicadora de teatro  con mi vecino Rogelito; o mataperreaba  con los hermanos Tony y Luis Marimόn, con quienes realizaba   experiencias medievales, pintaba chivas de verde, robaba caña, y emprendía  furtivas y secretas  excursiones a la ciudad de la Habana.

Es cierto que tenía inclinación por el viaje, no contaba nada que sucediera, no era capaz de emborracharme, y devolvía, sean cuales fueran las circunstancias,  a mi compañero de salida, sano o arrastrado hasta el barrio.

Luis Marimón llevaba mi educación a tal extremo que me olvidaba en las Cuevas de Bellamar tras el cierre de las rejas, pero prestaba mucha atención a que leyera en tres meses la biblioteca de hadas, duendes, caperucitas y barbas azules… pues me imponía Whitman, Poe, Yeats, Vallejo… sin menoscabar  las andanzas por casa de Carilda,  María Esther Ortiz, Samuel, Mirita, Estévez, Luis Lorente, Yovani Bauta…o la domadora de leones del circo de la ciudad.

El tren de Jersey era nuestro transporte oficial. No recuerdo qué nos llevo al ISA o a la ENA, si que fue en una escuela de arte, donde  el Moro marchaba junto a un grupo de alumnos y yo dejé caer lo que tenía en las manos impresionada por aquel hombre de paso seguro. Luego nos presentaron.

Estos viajes duraron hasta bien entrada la adolescencia, así como las famosas presentaciones a Fayad -en el Taller de la grafica, luego por el Vedado; en otra ocasión por Infanta-. Nunca nos delató, nos daba la mano y sonreía. Recuerdo una vez que no teníamos dinero para regresar después de múltiples pérdidas catastróficas.  Marimón había extraviado un zapato en los marabúsales, al sacar  el pie por la ventanilla del tren; creo que se trataba de una boda porque estaba de traje ajustado y tenía un lazo en el cuello o quizás era una lectura en la casona de la UNEAC, lo cierto es que cualquiera de las dos destinaciones perdía sentido en la facha en que andábamos y se apareció el Moro, deslindo  a los conocidos, nos llevo a comer arroz frito a no sé qué restaurante  y luego nos embarcό en la lanchita de Regla.

Luego sucedieron varias visitas de Fayad a Matanzas, venía “como escapado”,  y regresaba con el mismo chofer, en un taxi de los cincuenta; siempre me regalaba libros- en doble los suyos-dedicados, y en una ocasión me trajo puntillitas de chocolate del parque Lenin.

Para mi era el señor de Los Puentes, quien había descolgado a un ahorcado en el café Bonaparte y a quien le  prometí hacer un libro con fotos de esos lugares de la ciudad de Paris.

Decía que era imparable, que si yo  hablaba con extraterrestres, brincaba cercas y sobrevivía en aquel desastre, sería grande, para lo cual  me enseño a comer con cuchillo y tenedor.

El siempre tenía una historia de adulto atravesada, bien un divorcio, una amante o un librero que se rompía, pues era nulo al extremo para las manualidades, salvo para cortar cartones, tarea que me desarregla de solo mencionarla. Yo conducía cualquier carro y no entendía  por qué no lograba su permiso de conducir, ni por qué se ponía nervioso cuando me hablaba.

Cerca de los 17 años hice mi última excusión con Luis a la Habana, pues comencé a estudiar  en el Hotel Sevilla, sede de la escuela superior de turismo donde me diplomaría de guía y traductora de alemán. Entre espiaderas a Lezama, noches en el Prado, excursiones por  la isla, tuve al Moro espantándome amoríos, pero muy condescendiente con mi ignorancia. Fue entonces que  nos presentaron otras cinco o seis veces, siempre el mismo ritual con los literarios, me daba la mano y sonreía, como si no hubiésemos pasado la tarde leyendo.

Marimón vio de muy mal ojo esta cercanía- atareado con los hijos que tuvo con Miriam, el recién matrimonio con Sarita y su embarazo, que le haría por tercera vez padre- amenazo  con dar escándalos en las esquinas;  y fue precisamente, escondiéndonos entre portalones, que el Moro me cerró contra su pecho y  me conocí, mirándole, ebria de un retumbar extraño.

Luego todo fue más difícil. Acostumbraba darme cita con Luis Rogelio Nogueras, pues su casa estaba a dos pasos del albergue donde dormíamos los futuros guías de turismo.  Wichy era un ente excepcional, interesado en que fuéramos pelirrojos  y por la leche de escardon  con la cual desaparecía mis pecas y que me descarnaba el rostro. Me recuerdo, sentados en el parque, hablábamos de su hija  Ámbar, vestía un impermeable inglés, de buen corte, extraño para ese paraje y nos desbocábamos en la novela negra.

Ese día el Moro decidió terminar el círculo de las presentaciones interminables y todo fue más incierto. Me daba espina este señor Jamís,“comme il faut”, inmensamente abordado, si ahora mismo quisiera saludar a los que frecuenté a su lado, debería revisar un extenso listado de nombres a partir de las antologías de poesía y narrativa cubana, y latinoamericana,  o las exposiciones de artes plásticas de aquellos años… pero, independientemente de algunos bien simpáticos, yo  encontraba denso el jaleo de  hablar citando siempre a alguien importante, cuando apenas ganaba concursillos y  encuentros talleres y me  dedicaba a la niña que acababa de tener.

Fíjense si la historia es incontable, que de pronto recuerdo que estuvo en el 75 cuando escale el Pico Turquino, y también en una ocasión en que estuve por Tarara, en Alamar, pues había ganado concurso con un cuento tristísimo que hablaba de  un caracolito que viajaba en el bolsillo de un hombre. Quizás termine dándole razón al Moro, de amores e historias humanas sabía bastante.

Desde el 82 comenzaron los preparativos de la posible juntadera, mientras entamaba divorcio, y me presentaba a Tomas Álvarez Ríos, como su “hermano” de Guayos. Fue Rafael Alcides, el primero en hacer notoria nuestra relación, cual inspector había estado atando rumores y una noche de tertulia en el Palacio de Junco me soltó “tú eres la novia del Moro” , como si viniese de descubrir el santo grial de los secretos.

Se acababa el exilio diplomático, regresaba a la Habana, colgaba guayabera, terminaba con la  importación de  columnas en maderas, talladas a la mano, por indios  mejicanos.  Yo subía  el trillo de 27  hasta la escalinata de la Universidad de la Habana, me dedicaba a diplomarme como periodista, y a  apilar cajas de cerámica, cajas de fotos, cajas de libros, cajones de  botellas de vino, instalándome, entre la lámpara echa añicos y las sabanas de enormes óvalos, sacudiendo de tiempo en tiempo las telas que Nivaria Tejera había tijereteado por Paris, el mismo año en que nací.

Le gustaba el mito del maestro y margarita, el olor a tinta, el castillito del malecón bastante destruido que  quería comprar. Le encantaban las presentaciones, hasta en el hospital, cuando preguntaban sobre nuestra visible fusión… y le agradaba que  me horrorizaran las personas que cuentan pormenores de  famosos cuando mueren.

Durante cuatro años de innobles procesos, a  raíz de su partida en noviembre de 1988, escuché el cuchillo raspar los recuerdos, la lejía horadar, pues reinterpretaron y vejaron hasta la sombra de lo que fuimos.  Pagué el pecado carnal como una Eva del totalitarismo: mi país me abandono en el extranjero, sin derecho a regresar…luego  me perdí.

Creo que  la única forma de que no me arrebaten a este hombre, es mantenerlo secreto. Le menciono  porque  conocí a un jovenzuelo que amé por Madrid, tanto que pude comprender la forma del Moro de  respirarme en el pasillo; entendí pues lo que me dio en herencia: el polvo, la pedrada,  los palos que dañan.

Lo hago por Belkis Cuza Malé, quien sabe poner bálsamos, y con quien,  quizás, me atreva a terminar con el fantasma de un poeta que me zarandea en ciertas madrugadas. Que más da, en definitiva, nada puede ser más incierto, si no nos presentan otra vez.

Le Havre, Normandía, 25 de agosto 2010.


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SOBRE ESTE NUMERO DE OTOñO…

Este número de otoño agrupa a grandes escritoras y artistas cubanas: nuestra querida Carmen Karin Aldrey, cuya pintura Ciudad futura engalana nuestra portada,Margarita García Alonso, Maya Islas, Rita Martin y Zoé Valdés. Todas y cada una de ellas, diversas y excelentes en sus estilos.

Y como si fuese poco, la lista se completa con la presencia deRoberto Luque Escalona, Orlando Ferrand, Heriberto Hernández Medina, L. Santiago Méndez Alpízar /Chago, David Lago González, Ariel González Calzada, Juan Cueto-Roig y yo, con entrevista a Eduardo Manet.

Quiero aprovechar para enviar un mensaje a los lectores, a los interesados en la cultura cubana: necesitamos la ayuda de todos . Necesitamos que compren Linden Lane Magazine, que no se limiten a echarle una fugaz mirada y salir corriendo, como he visto que se hace la mayoría de las veces.

Linden Lane Magazine es el fruto de un trabajo muy serio que ya ha cumplido 28 años. Mientras enviábamos gratis los ejemplares hasta la puerta de sus casas todo estaba bien; mientras repartíamos gratis en Miami más de 500 ejemplares cada vez que salía el número, todo estaba bien, teníamos algunos suscriptores y algunos pequeños anunciantes. Cuando nos *modernizamos* y comenzamos a publicar en esta nueva forma, a todo color y con papel de brillo, los poquísimos anuncios desaparecieron, las subscripciones también, y nadie, por lo que veo, compra la revista (ni en nuestra redacción, ni en la imprenta).

Esta es la verdad de lo que está pasando hoy con la gente. Y no es un fenómeno aislado de los cubanos del exilio, es un problema de la calidad de vida: se vive comiendo comida basura, viendo programas de televisión basura, oyendo música basura, y llenando la mente de más basura. Como consecuencia de todo esto, no tenemos vida espiritual, ni cultural, ni nada que se le parezca.

Linden Lane Magazine es un esfuerzo único, del que me precio, y en esto no soy humilde. Es una misión que Dios me ha encomendado desde 1982, a solo tres años de poner los pies en USA. Linden Lane Magazine no se va a rendir porque tenga que trabajar para ciegos, sordos e indiferentes. Dios sabe lo que hace.

Sólo les invito a que reflexionen y piensen que comprar un ejemplar de LLM es a la larga una inversión, porque su precio irá en aumento con los años. Una colección de LLM costará miles. Ya cuesta miles. Piensen en esto.

Hay dos formas de comprar un ejemplar de LLM : enviando $12 a esta redacción, o comprándola directamente a la imprenta MagCloud, cuyo enlace aparece aquí. Los que se quieran suscribir y recibir los cuatro números del año pues deberán enviar cheque o money order por $50 a esta redacción. Para obtener la dirección, por favor, enviar email a Belkis Bell@Aol.com

Espero que secunden esta obra de Dios, que hace posible que los escritores y artistas cubanos viviendo mayormente fuera de Cuba, puedan tener un sitio donde publicar. Un sitio que no les exige más que calidad.

Belkis Cuza Malé

 

 


 

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