Lamarga

Amarar

In Mis libros on 7 septembre 2011 at 2:54

Amarar en el puerto donde nacen y mueren los manuscritos del encierro . Amarar junto a seres que han encontrado protección y consuelo en un muchacho clandestino, un ángel contemporáneo que decide bordear las costas de Europa y desamarrar en los puertos a quienes intentan llegar más lejos que su supuesta destinée. La novela de la errancia interior.

Les invito a leer mi novela AMARAR        

Un fragmento:

 “Todo se olvida. Debí re-aprender a hilvanar sílabas, a hacer frases, a investirme en la redacción. No me salía el párrafo si no me pateaba, me admitía demente, o me celaba.

Doloroso tiempo, descubriendo mi cuerpo, zurciendo la cabeza. Me fantaseé, pacientemente escribiendo, sintiendo que estaba lejos, demasiado lejos de mí.

Ocurrió entonces la aparición del ángel. Fue en la taberna del puerto que vi al muchacho. Estaba desesperado. Las campanas repiqueteaban, llamando a los pescadores pues la capa de nieblas presagiaba tormenta. Cuando entró en el bar, el salitre golpeó a los presentes; todos fijamos sus gestos lentos, su andar desgarbado de anciano, y el rostro curtido, con la belleza rara de la aceituna que ha madurado y repleta de jugo, anuncia que el vino montará en la charla. Tenía unos ojos rarísimos, como si a cuchillo, en medio del verde, alguien hubiese desgranado una mora.

Nos conocíamos al dedillo, y la fiebre de lo nuevo llevó a los hombres a pagar tragos, con tal de que contara de donde había salido, qué le llevaba a la pestilente posada de un puerto repleto de contenedores donde duermen emigrantes de tantos mares, que nadie es capaz de saber el idioma que hablan.

Con desgano, creo que con deseos de ser detenido, comenzó su recuento en español saltado de ruso, y de francés primario. Había atravesado a pie Europa, había matado en una riña, no recordaba si en Italia o en los Pirineos, a un hombre que trató de aprovechar que estaba indefenso para abusarle. Buscaba papeles que le permitieran recomenzar.

Tenía los pies destruídos, las manos delgadas, enormes dedos finos, con los que ajustaba la chaquetilla verde gastada, o despejaba de la frente las mechas de cabello castaño que caían con la gravedad de su voz.

La tormenta interrumpía el relato, aumentaba; repicaban los goznes, tumbaba floreros de las ventanas, nos proveía de náufragos de la calle, que extenuados buscaban abrigo.

Tengo derecho a nombrarme”_me murmuró_ justo cuando yo pensaba que no quería saber de la existencia. Cerveza y letanía de la frase: ‘Tengo derecho a que me consideren un Hombre’ ; hasta que en un arranque de destrucción generosa le regalé mis papeles, le hice don de identidad.

Bien avanzada la madrugada lo llevé a casa. No puedo explicar los motivos, quizás deseaba que me matara; pero el muchacho, sentado en el suelo de la cocina cortó rodajas de pan y comió queso, sin decir una palabra. Luego se ligó un cigarrillo negro, y el olor a hachís saturó la pieza. No podía contar nada, frente a la prestancia del chico, mi vida parecía llana, oscura, insignificante, sin riesgo y eso que entraba en los cincuenta.

Le leí viejos poemas para explicarle mi profesión, y sentí que con ellos me iba desvistiendo de toda identificación o vanidad. Me saltaba aquellos versos que trababan mi lengua. En el acto los tachaba con carboncillo. Pocos quedaban intactos. Como un sello, en los versos me dí cuenta del engaño, ninguna palabra por muy sonora y bien puesta que esté vale un céntimo si el poeta la halló en un ánfora o en la biblioteca. No hay perdón en la preciosidad, ni vale la métrica; si no desarregla la normalidad del que escucha, si no está imbricada en la tripa del que la lee, y más vale quemarla. Con los viejos versos me dí cuenta que tenía el esqueleto haciéndose polvo por donde quiera que pasaba.

Estuve días leyendo, y desbaratando adornos de los poemas. El muchacho se dedicaba a narrar su encuentro con un personaje, fantaseaba o me confesaba espantos de mal nacido que me obligaban a corregir textos, a sentir mi obra en harapos.

Algunas semanas pasaron y vista su inocencia en asuntos literarios, y su falta de ego, arranqué mis huellas dactilares, las pegué en sus dedos; y le autoricé a confundirse bajo mi nombre, historia y señales. Yo estaba curado de cualquier cosa que pudiera autorizarme a ser un Hombre.

El muchacho escapaba a los arrecifes. Las excursiones no duraban una hora. Como si temiese perderme, se empeñaba en hacerme compañía, en aprender mis gestos delante del espejo, marcado por la ligereza. Le veía de lejos, bajo el aguacero, extendiendo la mano en la distancia, feliz de la documentación, esperanzado.

Poco a poco se estableció, entre ambos, el disfrute. Podía conversar durante horas con un ser que me precedía en el gesto, en la afirmación y la negación, y, a la vez, la frescura de su rostro contradecía la angustia que yo había dejado instalar en el mío. Durante seis meses los roles se invirtieron. Le preparaba el desayuno y me abstenía a un café mientras no despertara; si nos sorprendía el mediodía en los campos, buscaba la frescura de los manzanos, de las bolas de heno para no perder un segundo y vaciar mis recuerdos, como si estuviese convencido que el muchacho era un saco sin fondo o capaz de digerir el destrozo de mis huídas.

En el primer otoño que pasamos, su mirada se inclinaba frente a las lluvias. No soportaba el encierro, le contradecía la leña húmeda, la chimenea negruzca que escanciaba olores de inexistentes asados; se sobresaltaba con las bandadas de aves que emigraban, dejando estelas en el cielo. Poco tenía a contarle pues él adivinaba lo que hubiese hecho, lo que hice en cualquier circunstancia.

Hasta que le hallé una madrugada en el patio, bajo la helada llovizna, tiritando, repitiendo frases incomprensibles. Asomado por pesadillas, despertaba cada noche, en sudores, a gritos pedía que contara sobre un nombre, una ciudad, una imagen que relampagueaba en mi almohada.

Fui paciente, le traspasé toda mi memoria, lentamente, como un suero de veneno. Yo huía, no tenía identidad, ni carga a soportar. El pasaba por estados de violencia y arrojaba objetos a los muros, daba cabezazos a la puerta, y luego se arrepentía como un niño.

Desaparecía durante semanas, regresaba extenuado y sonriente, con el olor a las madames de la Normandía, de enormes, redondos y rosados senos. Luego se encerraba a preparar recetas con hongos alucinógenos, que recogía en las plastas de vaca.

Una tarde se sentó en el borde del barranco, bajo el efecto de esa sopa endiablada y fijándome a los ojos, se dejó caer al vacío. Gritaba: “Matanzas, matanzas, con desesperación.

Mi primer reflejo fue pedir ayuda, pero nada salía de mi boca; temeroso me acerqué al abismo en busca del cadáver. Las gavilanes estaban suspendidos, los cargueros a lo largo de la playa, asemejaban a cubos dispersos en el juego de un niño distraído; solo el viento soplaba, arreciaba su lúgubre imprecación.

Hasta que le vi reaparecer. La mano primero, extendida, como si flotara, envuelta en la luz plateada del océano. Como un ángel etéreo, reía arrastrado por el viento que le llevaba de un extremo al otro del acantilado, saltando los bajíos, indiferente al peligro.

Se había convertido en ángel; de todas mis esencias, su organismo había destilado la poesía; de todas las oscuridades, había asimilado la luz de la palabra. Lo peor y lo mejor del alma, convirtiendo la sustancia, por conjuro o experiencias celtas que debía haber aprendido en sus parrandas, en una molécula luminosa que le envolvía y cuyo resplandor en forma de aura, sanaba a quienes se le acercaban en la comarca.

Fue entonces que la ciudad de Matanzas reapareció como destinación. Decía: ‘te llama el lugar donde te perdiste en la mentira’. Era una constante, como si el tiempo le estuviese contado y tuviese como misión devolverme a la costa. Sosteniéndome, cansado de su condena, tomé la decisión de regresar, de seguir su consejo, pues el ángel ya no era un impostor, se había desnudado de mí.

El ángel había adquirido sabiduría, parecía inmenso en su luz de ángel muerto. Sabía que no podía cambiar su destino, ni en hombre, ni en muerto, ni en ángel. Estaba más desolado que el cántaro roto frente a la fuente de agua. Al fraguar su forma etérea, supo que nada de lo que un hombre atesora a lo largo de la vida merece restituirse a la inmortalidad, y se fragmentó, sin pedir, ni aconsejarme nada, otra vez repitiendo ‘matanzas, matanzas’. Para entonces me había acostumbrado a sus escándalos, a sus espectaculares desintegraciones en pelusa, o en polvillos, cuando sentía cólera, o le contradecía en los caprichos.

Nuestra vida había llegado a un punto insoportable… 

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Nota: si vive usted en otro continente y este  sitio le monta los gastos de Envio, contacteme y  se la haré llegar por correo,  a precio decente,  desde que reciba el pago.

  1. Gabriela Hernandez : (de la Biblioteca entre amigos de Manuel Alfredo)

    Ya con esta reseña q pones quisiera comenzar a leer este libro en este mismo instante.. Bueno Gal ya colgué los guantes contigo, imposible seguirte amigo mio….Creo q necesitaría días de 40 horas para poder leer la cantidad de libros q lees tú….Pero igual los voy acumulando y quien quita si cdo me jubile alcanzo a leer todo lo q me gustaría. Un abrazote.

  2. Juan Carlos Recio (de FB)

    no he tenido la oportunidad de leer esta novela pero si viene de la Manguis, recomendada, ella escribe como besa, digo como versa

  3. Carlos Pintado -FB
    Un libro de Margarita García Alonso ( Manguis Reina de Groenlandia) y girasoles y pueblo de casas hasta el mar. Allí ella espera. Un beso mi reina!!!

  4. […] lejos que su supuesta destinée. La novela de la errancia interior. a la venta En BUBOK España Un fragmento… COMPRAR Margarita García Alonso (1959, Matanzas, Cuba). Reside desde 1992 en Francia. Licenciada […]

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