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Memoria de Fayad Jamís, por Enrique Sánchez Hernani

In AmiGos, El Moro Fayad Jamis, Margarita Garcia Alonso on 25 octobre 2015 at 12:54

13 abril, 2007

Memoria de Fayad Jamís

Por: Enrique Sánchez Hernani
La primera exaltación que sufrí cuando me atreví a dar mi primera caminata por las calles de La Habana, en julio de 1985, fue ese extraño color amarillo de Nápoles que el cielo dispendiaba sobre su pacífico malecón apenas ingresaba la tarde. Un mar extraordinariamente azul, y transparente hasta la admiración, lamía con paciencia la ribera de arena blanquísima. Algunas muchachas hacían sonar sus pláticas de adolescencia como maracas vistosas aunque sencillas. La tarde se cargaba de un fuerte perfume a mar. Todo este paisaje me preparó para uno de los propósitos con los cuales había viajado a la isla: conocer al poeta Fayad Jamís, autor de algunos de los más notable versos escritos luego de la década del ’50: «Auschwitz no fue el jardín de mi infancia. Yo crecí / entre bestias y yerbas, y en mi casa / la pobreza encendía su candil en las noches».
En Lima, por entonces, y pese a la innegable celebridad de que era merecedora la poesía cubana, poco se conocía de sus poetas que no fuese más allá de leidísimas antologías. En la década del ’70, quienes por entonces paseábamos con cierta soberbia el emblema de la poesía joven, nos dedicamos a una caza singular: la consecución de libros personales de los poetas cubanos. Fue así, y con bastante fortuna, que me topé en una feria de libros con un volumen deslumbrante: «Abrí la verja de hierro» en edición cubana, escrito, dibujado y diagramado íntegramente por su autor: Fayad Jamís.
Aunque por entonces mi ávara colección de libros de poesía tenía algunos otros títulos cubanos, éste fue el libro que más leí. Fuertemente impresionado, sometí la poesía de Fayad a reiteradas lecturas y algunas experiencias que hoy me parecen sinceramente alucinantes. Uno de los poemas del libro, «Retrato de una mujer y versiones sobre su (hipotético) asesinato», trata de una muchacha, Mariannik (que después me enteré era el nombre de una vieja novia de Fayad), que a pesar de su candor trabajaba en un bayú, como se le decía en Cuba a los burdeles. El poema me estremeció y, para probar que su eficacia estética iba más allá del público habituado a la poesía, fui con él bajo el brazo a un bulín, como en el Perú se le llama a los burdeles.
La cortesana que aquella noche me recibió en su habitación vio con sorpresa como un muchacho se dedicó a leerle un largo poema en vez de dar rápido trámite al comercio carnal. «Sí, está bonito», me respondió cuando le pregunté qué le había parecido el poema de Fayad, «pero -quiso saber- ¿quién es ese que le hace poemas a las putas?». Observé su asombro tras su semidesnudez y su maquillaje ajado de flor oscura y nocturna. No, no se debía parecer a Mariannik. Sin saber qué retrucarle, salí de su habitación esperando que la magia de la poesía pudiese dar su propia respuesta.
Cuando por fin conocí a Fayad en La Habana, no le conté este episodio de auténtica emoción surrealista. No sé si porque me faltó tiempo o porque me atemorizó la probabilidad de que lo desaprobara. Frecuenté su departamento en un cuarto piso de un soleado edificio habanero del barrio de Vedado varias de esas tardes apacibles. Por cinco y hasta seis horas hablábamos de poesía, de música cubana -otra de mis debilidades-, de los lugares y las cosas que había visto en México y París, de las claves de algunos de sus poemas, sorprendido de que los conociese. Para entonces también había leído «La pedrada», otro de sus libros.
Con amabilidad que agradezco aún ahora, me mostró sus dibujos, sus tintas, algunos escritos que acababa de empezar, aquellos tomos de papel blanco empastado en cuero que utilizaba para anotar poemas y realizar dibujos, sus sobres de carta a los cuales había usado como lienzos para dibujar sobre ellos y con infinita paciencia recordaba anécdotas de Beny Moré que yo le urgía a narrar. En esas tardes habaneras, naturalmente, brotó el sol de nuestra amistad. Me confesó que casi no salía a la calle, que un sobrino suyo le llevaba café y algunos bocadillos, y que sigilosa y oportunamente, algunas amigas lo visitaban de vez en cuando. El resto del tiempo, todo el tiempo, Fayad lo usaba para escribir, dibujar o pintar.
En La Habana, el poeta había convertido su departamento en un recinto de generoso dispendio de su talento. Sobre una mesa larga que dominaba una de las habitaciones, tenía instalada una antigua máquina de escribir con un papel apresado en el rodillo y a un costado libros abiertos, papeles, diccionarios. Más allá estaban extendidas hojas de papel grueso, tintas, plumillas. A un lado de la mesa un caballete sostenía un lienzo que Fayad había comenzado a trabajar. Para el poeta, eso me pareció, el trabajo era una inaplazable manía.
Su genio no sólo se había encarnado en «Abrí la verja de hierro» (donde figuran algunos poemas memorables: «Auschwitz no fue el jardín de mi infancia», «12 y 23» y aquel sobre Mariannik) sino también en «Los puentes», donde se lucían poemas espléndidos: «El ahorcado del café Bonaparte», «Vagabundo del alba» o «Por una bufanda perdida». Esos libros eran la muestra depurada y maravillosa de un estilo que dominó la poesía latinoamericana entre el ’60 y el ’70: el coloquialismo, aunque recuerdo que a Fayad no le era amable el término.
Su primer libro, «Los párpados y el polvo», lo había publicado a los 24 años, donde la principal influencia era de la célebre revista «Orígenes», que dirigía ese monarca voluminoso y genial llamado José Lezama Lima. «Los puentes», que publicó luego en 1962, sirvió para instalarlo con justeza entre los mejores poetas de habla castellana; según la mayoría de sus críticos, éste es su libro cumbre aunque Fayad prefería «Abrí la verja de hierro», editado en 1973.
Publicaba poco si es que notamos su dedicación casi absoluta a la creación (siete libros hasta sus muerte, ocurrida en noviembre de 1988), pero algo de tiempo le robarían los largos años dedicados a la diplomacia en México, que lo habían dejado extenuado, según me confesó. «Ahora quiero ser solamente poeta», señalaba. Sin embargo, por su justa celebridad en Cuba, no podía deshacerse de ciertos compromisos, como los de integrar jurados de concursos literarios, que él sobrellevaba casi hasta con alegría. «A todos les pongo observaciones en los márgenes, para que vean que sí se les ha leído atentamente», me contaba. Varias vocaciones deben haberse salvado por ese generoso gesto suyo.
El día que me despedí de él en La Habana, una brisa estival recorría la tarde como una duna de arena húmeda, que perezosamente se acercaba hasta el balcón de su departamento donde conversábamos. Abajo, como el vestido de fiesta de una muchacha disipada, brillaban los primeros candiles de la noche habanera. Fayad me puso una mano en el hombro y me llevó hasta la balaustrada. Un incendio de sombras se abatía sobre los muros amarillos de las casas soleadas durante el día.
–Así es como quiero que recuerdes a La Habana cuando estés en Lima– me señaló. La ciudad empezaba a parpadear.
Así lo hice, hasta que en 1986 nos volvimos a ver, esta vez en Lima, ciudad que el poeta visitaba por primera vez aunque en «Vagabundo del alba» había una mención al Perú. Desde el primer día de su estadía nos frecuentamos, casi todo el tiempo por cerca de tres semanas, hasta que prácticamente dejé de trabajar con el fin de atender, de muy buena gana, su formidable cariño. El tiempo que compartimos lo dedicamos a pasear por Lima, a sentarnos en algunos de sus macilentos cafés para continuar nuestra interrumpida conversación sobre poetas y poesía, a buscar tintas, papeles de texturas especiales, pinceles, plumas y artesanías, por las cuales sentía una verdadera pasión (yo ya había visto en La Habana su colección mexicana) y de las que era conocedor.
Tácitamente declaramos la libertad del tiempo. Nos deteníamos horas en los kioskos de periódicos, a comentar los increíbles titulares de la prensa sensacionalista, que Fayad compraba y recortaba con la esperanza de usarlos en unos poemas que planeaba escribir. Cierta vez, al oír una melodía que yo identifiqué como una guaracha cubana, nos detuvimos a discutir, sin prisa y con pausa, como si en ese detalle se nos fuese la vida, quién sería su intérprete y si era o no cubana. Como después de más de media hora de derramar nuestra sapiencia en plena calle (varias gentes nos miraban ya perplejas) no pudimos ponernos de acuerdo, subimos al balcón desde donde había provenido la música a dirimir el debate. La dependiente de una casa de ventas de discos nos indicó con la mano una fila de casi dos metros de discos puestos de canto. La búsqueda fue poco menos que imposible. Después de una pesquisa que se prolongó por casi dos horas («Mira qué disco más raro es este, seguro que su historia es…», «¡Ah! Yo escuché esta versión en México. Fue cuando…»), salimos sin hallar la grabación. «No era cubano», se aprovechó Fayad para sentenciar mientras bajábamos las escaleras. Quizá.
Antes de regresar a Cuba, la embajada cubana en Lima le ofreció una cena donde concurrimos algunos poetas peruanos. Luego de la comida, y cuidando que los demás no nos fuesen a pillar, me entregó una cartulina enrollada, envuelta en papel periódico. Era un dibujo con témpera y tinta que había hecho en Lima.
–No creas que porque estoy de visita he dejado de trabajar– me dijo ante mi asombro. Puesto que nos veíamos a diario, nunca supe a qué hora podía haber hecho ese dibujo.
Antes de irse prometió volver a Lima, para exponer sus sobres dibujados que ya había exhibido en La Habana bajo el nombre de «Fayad Jamís sí tiene quién le escriba». No cumplió, no pudo. Se lo impidió el cáncer, que como una zarpa oscura le rompió el corazón, aunque inútilmente: vuelvo a ver la ciudad que el poeta me mostró desde su balcón, leo nuevamente sus poemas impecables, oigo su voz en el disco que grabó en México donde leía algunos de sus textos más notables. Entonces siento que Fayad algún día volverá y soy yo al que se le desgarra el corazón bajo el menudo y afilado estilete del dolor.

publicadas por Diego Alonso Sánchez

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