EN la  antología poética por el 500 aniversario de la fundación de la Ciudad de la Habana, editora Primigenios, Miami.

EN la  antología poética por el 500 aniversario de la fundación de la Ciudad de la Habana, editora Primigenios, Miami.

Prólogo

Año 500: Los convidados se reúnen

Toda antología es personal y arbitraria. Su contenido depende única y exclusivamente del criterio de su autor, por más que el mismo indague hasta el cansancio en la materia que lo inspira. Esta no es la excepción. Los textos aquí reunidos le gustaron al antologista y punto. Sin embargo, uno no puede menos que preguntarse por qué. Imaginar qué desconocidos resortes lo hicieron saltar del asiento; qué evocaciones propiciaron la inclusión; qué inesperados encuentros impulsaron el plumazo implacable que desterró poemas (tal vez decenas de ellos). Es que el misterio de la compilación puede ser tan hondo como el de la creación poética.

Organizar el volumen debió ser otro dilema. Como la locura de ordenar los árboles del bosque (diría Raúl Ferrer). La Habana fue la sola brújula que guió a Eduardo René Casanova Ealo, y la “vieja capital le abrió las piernas” para que naciera este libro. Aquí palpita La Habana desde el recuerdo y la añoranza, pero también bajo los pies del caminante anónimo que recorre sus calles; la ceiba fundacional, el Templete, el Caballero de París, las ruinas; el Malecón, los próceres, el Capitolio, los pregones… Nada escapa al inventario acucioso de estas páginas, con la ciudad como protagonista y cinco siglos de historia como telón de fondo.

Nadie debería prologar un libro que constituye en sí mismo un prólogo. La Habana convida abre las puertas a un homenaje sin tiempo. No es una poesía de ocasión; no fue pensada para ganar un concurso. Por eso ––tal vez–– transita con naturalidad la lectura de un poema a otro, sin reparar a veces en que el autor ni siquiera es cubano… De los muchos detalles que llaman la atención, mencionaría ese entre los más significativos, porque la presencia de poetas iberoamericanos (España, México, Perú, Argentina, Colombia, Chile) confirmaría la universalidad que muchos atribuyen a la centenaria urbe; alguna vez plural y cosmopolita; hoy “ciudad rodeada de sal (…) amor detrás de un cristal”, que como en los versos de Varela: “los que se fueron lloran, los que se quedan, más”.

La intemporalidad sería otro signo descollante; si no por la fecha, sí por la distancia epocal que separa a los autores, y la consiguiente variedad de estilos. El abanico se abre con un bardo de impronta romántica como Guillermo de Montagú, cuyo himno “A la ciudad de La Habana” fue concebido nada más y nada menos que en el cuarto centenario de la fundación de la villa: “¡Madre Habana, así naciste!/ ¡Así fue como surgiste del espíritu español!/ Cuatro siglos han pasado/ y aún parece agigantarse de los viejos fundadores el recuerdo,/ reflejado por el gran cristal del tiempo,/ bajo el rayo de tu sol”. Cierra una creadora tan contemporánea como Elaine Vilar Madruga, quien por su corta edad ni siquiera encajaría en la llamada Generación Cero; con códigos tan millennials como el de que « es nuestro derecho: mirar de izquierda a derecha una vez y otra/ sostener el equilibrio de este mundo llamado habana y casa./ nadie cree en nosotros. nosotros tampoco creemos en ellos./ pienso que deslizarse es la mejor opción de todas”.

La tercera y no menos atractiva cualidad sería una suerte de bien calculada disgregación autoral (geográficamente hablando). Una dispersión a tono con la diáspora nacional, en la que no faltan poetas anclados en suelo patrio, pero también aquellos que pusieron proa rumbo a latitudes extrañas. Pareciera que el compilador no tuvo en cuenta dónde, ni siquiera cómo, sino por qué se escribieron los poemas. Hay aquí cubanos radicados en la Isla, Estados Unidos, Canadá, Austria, España, Francia, Suecia, Chile, México, República Dominicana…

Múltiples formas y combinaciones estróficas se dan cita para cantar a La Habana: La décima espinela, de raíz española y tradición criollísima; la sextilla paralela, el soneto clásico y el soneto en alejandrinos, de inspiración modernista. Pero también métricas exóticas importadas al castellano (el haikú japonés); el verso libre (por supuesto) y hasta la prosa poética. Como si cada arquero apuntara a un mismo blanco, desde ángulos diversos y con diferentes flechas: “Cada cual tiene su Habana./ Algunos tocan los cambios de piel,/ otros la sienten, congelada y sudorosa en la memoria,/ como una foto”. Otro tanto ocurre con los recursos poéticos, los tropos, el lenguaje. Hay un abismo conceptual entre las oscuras imágenes de Jesús Álvarez Pedraza (por ejemplo): “Hoy es lunes en mi cuarto,/ los murciélagos se fuman/ los olores de la pared”, y la poesía narrativa de Félix Anesio, que describe con minuciosa exactitud un pasaje en la memoria:  “Marchan por la Calle Obispo/ bajo el látigo inclemente del verano./ Tras las raídas sotanas se vislumbra/ el sexo de los hombres/ que deben consagrarse al pudor, la castidad y la doctrina”.

Mención aparte merecen las viñetas que acompañan los textos, y que el antologista intercala, como si buscara un complemento visual a lo que rezan las palabras. Obras del maestro Aisar Jalil Martínez: Llenan las páginas de simbolismo y color. ¿Cómo pasar por alto la (cuasi) omnipresencia del caballo en estampas disparatadas, y a la vez reconocibles de la vida insular? Retratos de una realidad distorsionada; por momentos onírica, y acto seguido figurativa o bucólica; pletórica de criaturas fantásticas, cuyos valores artísticos enriquecen el volumen y lo convierten en libro-objeto, donde la poesía y la plástica comparten idioma y dialogan con una espontaneidad que asombra.

El corpus lírico de la nación ––digo nación y no país–– se ha compendiado con indudable profusión durante décadas. Baste traer a colación la imprescindible Antología de la poesía cubana que publicara Lezama Lima en 1965; los Cincuenta años de poesía cubana (1902–1952) de Cintio Vitier; y más cerca en el tiempo los Doscientos años de poesía cubana del profesor Virgilio López Lemus. Una muy socorrida anécdota (probablemente apócrifa) cuenta que Juan Marinello recorría un mercado callejero en Italia o Francia (no recuerdo). El intelectual comunista habría reparado en un objeto de cerámica con la siguiente inscripción: “El arte no tiene patria, los artistas sí”. Nunca estuve muy seguro del significado que se atribuye a la frase. En cualquier caso ––diría yo––, no hay patria posible si la encarcelan en fronteras políticas; solo florece libre en el corazón de quienes siente suya la tierra en que nacieron. “Nadie se va del todo”, enuncia Joaquín Borges-Triana. « Me he dividido en dos/ estoy partida./ Una parte de mi ser/ quedó en la orilla,/ en el viejo malecón/ de la Habana mía./ La otra parte de mí/ navega con la luna », confirman los desgarrados versos de María Teresa Glaría.  La Habana convida no es el primer intento por desfragmentar nuestra identidad poética, pero sí un ejercicio notable de aproximación y encuentro. Como en el relato de Marinello, este libro lleva su propia inscripción, aunque no esté a la vista: “La ciudad no tiene dueño, la poesía tampoco”. Así la ven (o sueñan) quienes llevan tatuados su signo, lo mismo en la proximidad que en la distancia: « Entra a los barrios de La Habana, antigua y marinera (…)/ Haz que dure ese instante hallado entre el sueño y la vigilia./ No te obligues en demasía. Descansa una tarde/ y ve hasta la sombra acogedora de los nuevos toldos./ Si ya estás listo. Si todavía eres uno de la ciudad » (Alberto Edel Morales). « Volveré sobre espumas/ a La Habana/ para encontrar tu cuerpo/ en los vitrales,/ dibujaré contigo/ otros umbrales,/ un sendero quizás y una manzana./ Sin cuerdas llegaré/ para beberte/ y pedir a la ceiba/ tan sagrada/ un fragmento de luna eternizada,/ soles/ para cantarle a nuestra suerte » (Agustín Labrada Aguilera).

Editorial Primigenios, nacida en un tranquilo vecindario del suroeste de Miami, apuesta por el riesgo: Dar a conocer la obra de escritores inéditos o escasamente publicados, cuyo trabajo, por las razones que sean, duerme el sueño de los justos. Tal vez sea este su proyecto más ambicioso hasta el momento: Convidar a un banquete donde los comensales no se sientan a comer, sino que ponen el plato. El 16 de noviembre de 2019, cuando la villa de San Cristóbal de La Habana celebre su primer medio milenio, esta humilde pero jugosa antología estará a disposición del mundo, gracias al hilo globalizador de las redes. A tono con la misión de los editores, aquí se dan la mano escritores de larga y reconocible data ––Félix Luis Viera, Edel Morales, Margarita García Alonso o José Antonio Martínez Coronel––, con otros cuyas letras (no menos valiosas) no siempre corrieron igual suerte en las imprentas. En ello radica la magia de la independencia, de la no subordinación a instituciones, mercados y camarillas literarias, que muchas veces terminan por lastrar la autenticidad del arte.

La Habana cumple 500 años. Joven y vieja a la vez, se embarca en un viaje sin retorno. Otro maestro de la imagen, Félix González Sánchez, la encierra en una botella y la echa al mar. La escena me recuerda una pieza icónica de Lázaro Saavedra, donde la Virgen de la Caridad empuña un remo y predica “con la fuerza del ejemplo”. En la de Félix ––que pone rostro al libro––, la “Madre de todos los cubanos” guía la expedición; la ciudad es un mensaje de futuro, con luna, bandera y capitolio. No hay nada que temer: Sobre el abultado lomo del frasco un marino famélico otea el horizonte, y más temprano que tarde, entre las altas olas asomará la tierra prometida. Tienen la palabra los poetas, que es la mejor manera de hablar o de callar, pero también de esperar. No se diga más. Es hora de que los convidados se acerquen a la mesa: La Habana está servida.

Leopoldo Luis García


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