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Breviario de margaritas, de Margarita García Alonso -Por Juan Carlos Recio, en Sentado en el Aire.

In AmiGos, articulos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros, prensa on 5 juin 2016 at 10:23

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martes, 27 de mayo de 2014
Breviario de margaritas, poemario de Margarita García Alonso Por Juan Carlos Recio, en Sentado en el Aire.

Escribir sobre Breviario, no se me daba. Como suelo escribir mejor desde el lector, confieso me dio cierta desazón de que la vejez ya estaba dándome duro en el espinazo. Entonces lo entendí todo. La poesía que desmadra de esta mujer (que además no esta loca de remate y por contradicción es la mejor parte de ella para descubrirla). Resulta que sí, a veces se escribe contra uno mismo, contra los demonios que nos hacen sangrar y porque los ovarios puestos en su justo sitio, con dignidad, digo, hacen que hablar por los codos no sea un defecto, a lo sumo, es un acto a contracorriente de cualquier cobardía.

Muchos escritores con razones de peso y leyes de lo que suponemos es poesía, defienden que no debemos ponernos a contar. Lo cierto que hace mucho me vale un tarro y mil, y parece que a la autora le ocurre parecido, ella cuenta. Su narración no es un hilo, son cortes, tampoco, desde el yo ramplón, todo lo suelta sin ingenuidad ni falso criterio, cuando se vive a quemarropa de un disparo, se enviuda, el amor nos calienta, a cada rato explota, incluso, se reconquista aquello que parecía frustrado, y hasta el gato de la casa da sus contiendas por un alimento de calidad, no existe metáfora ni falta de juicio, ni dualidad de ser dos, al revés, la poeta es múltiples partes de la mujer que es, y a cada cosa le da su espacio, igual que nos intimida como lectores para entenderla. No lo hace como una amenaza, es la reflexión del espejo, de esa imagen nítida que deberíamos tener a mano.

Ya la neblina aquella cuando pastábamos en el potrero nacional, ha pasado, y Margarita no se anda por las ramas, nos da ese hachazo de cuaje, uno necesita dejar de rodar, poner cable a tierra y de eso se trata. Pero si cree que el arte del elogio es incorrecto, quizás no me crea, no necesitas creer realmente en nada, debes tocarlo. Ve y advierte dar un clip y encontrarte ante la poesía del último libro de Margó, Reina de Groenlandia, le ánimo, a que entre, lo único que necesita es llevarse a ud mismo, es decir, no pretenda buscar al otro, la mujer que escarba en sus viseras, tiene un objetivo muy preciso, no hay otra forma de vivir que no sea desde una realidad a la que se penetre desde el sudor y la lágrima, porque desde que le dijeron que se callara y no lo hizo, es:

Una mujer común,
con una camisola de hospicio
rasgada, amarillenta,
sin identificación.
que te confiesa
llamarse Margarita.

En venta en Bubok, librerías de España y América latina:Y EN AMAZON

Di Margacode
02

«Un demonio, al nacer,
me dio el arte cruel de ensangrentar
la peña y de escarbar en la herida».
Charles Baudelaire.

03

Confesiones de una vagabunda.

 ¿Cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo?
Francisco de Quevedo

Antes de perder la cabeza
pondré sobre la mesa
la herida.

Quiero esconderme
en la plaza pública,
donde siempre he estado
al alcance,
a la mano
sin perturbar
o llamar la atención.

Quiero tener paz
al nombrar cada esencia
que me ha matado.

De nada os sirvo,
podéis cerrar el cuaderno,
quemarlo,
escupirlo
depositarlo en el bolsillo
del suicida.

De todas formas
soy culpable:
he bebido poco
he fornicado menos
pero embriago

-borracha,
no admito finuras
en carne descompuesta-

ebria de sentir
como olisqueas en un verso
buscáis consuelo donde no hay,
buscáis compañía
cuando huyo.

Escasea el tiempo,
me voy a traicionar,
voy a vender
como postalita
mi circunstancia.

Decorticaré cada ciudad,
cada perro,
seré breve como un rayo:
no me ha acompañado
la suerte.

Desde que partí de mi tierra
no he recomenzado,
solo cuadernillos,
mendicidad
y este breviario
de vagabunda estacada.

Me dijeron calla,
pero no he obedecido.

Aprende: no soy perla
de altar, ni manto
que busque espalda.

Quizás hasta posea
lo que necesitas,
pero puedo mancharte,
estoy sucia como una
frase de usurpación
a la deriva del Danubio.

He fallado:
quise retenerme adolescente,
quise que mi hija fuese siempre niña,
pero usé el santo que no  conviene,
jugué el número que no tocaba,
usé la bárbara costumbre nórdica
de la sal

sal gruesa en la acera,
sal en la puerta
para espantar la nieve,
el mal ojo, la escasez,
la fatalidad.

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Leonard Cohen reza la mecánica sagrada

Escucha, cae el tejado,
una teja tras otra se desliza al suelo
y suena a cráneo que quiebra.
En casa de mi madre
mi padre ha muerto,

nadie grita orden
frente a la escasa cena
para una persona

viene de un fogón de leña
donde pavorosamente
se juntan los hermanos.

Cada paso es lento,
marcado por la tristeza del alero.

Me aconsejan que visione

un mar de flores blancas,
pero hoy relampaguea,
me aprieta el pecho
como si fuese
un botín de cuero

hasta que comienza a rezar
Leonard Cohen,
el pie en una carta
de tarot mal dibujada,
bajo un cielo inexistente
que me devuelve la virginidad.

Leonard reza y su voz desmaya
a querubines y Delfos amanerados,
me ampara de estruendos,
confina la puerta

con su mecánica sagrada
y mi seno derrama amor
en la hierba
bajo el primer extraño,
que tengo a mano.

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Balada de la regente.

No he tenido que matar,
mis esposos han muerto
de viejos, de cáncer,
de exceso de droga,

no cuentan,

copié versos de muchos poetas
en la esquela mortuoria
insistí en los vivos: « vengan a casa,
copulen mientras duermo,
quiero despedir a mis esposos »
pero fue pretexto para fiesta.

Nadie sabe
a quién dedico textos,
si son míos.

Iré a quejarme,
nadie comprende que
en cualquier momento
suprimo la palabra humano.

Fertilizaré la cabellera
de los ausentes, cortaré cabezas,
siempre corto el pelo
a quien amo,
antes de que sea gris y apeste a
cocaína de novato
que perfora coños
y vende boletas de podredumbre.

Dejaos de celebrar
no escribo para entretener,
me suda la loca,
soy la puta sílaba,
sobre la goma pegajosa que ensucia
la hoja y deja un ciclé
semejante al culo de una perra.

Me voy a ver mis pastizales de vaca,
plastas de mi poder
soy I’ am
la que ha nacido para perder.

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Margarita García Alonso. Matanzas, Cuba, desde 1992 reside en Francia. Periodista, poeta, y artista visual. Autora de diez poemarios, cuatro novelas y de cuadernos de arte. Licenciada en periodismo de la Universidad de la Habana. En Francia obtuvo el Máster en Industrias gráficas. Posee numerosos premios de pintura, artes visuales y literatura. Aparece en más de cinco antologías y variadas revistas. Premio de la Taberna de poetas francesas en el 2006. Premio de la Fundación cultural Miguel Hernández por su creación gráfica Pájaros azules para el poeta, 2014. Su trabajo en el arte contemporáneo es considerado Patrimonio de la Normandía. Ha sido facturada en la Colección « Spotlight on France », de la galería Saatchi- on line, de Londres. Dirige la poco rentable, desconocida pero histórica Editions Hoy no he visto el paraíso.
confesiones de una vagabunda

RETRATO DE LA FLORISTA- pOR Sonia Diaz Corrales PARA Margarita García Alonso

In AmiGos, prensa on 17 mai 2016 at 1:10

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« La marchande de fleurs, place de la Concorde, Paris » 1893. Schryver
pOR Sonia Diaz Corrales

Este es un poema de mi libro « La hija del reo », recientemente publicado por la editorial Letras Cubanas, y de manera generosa y exquisita ilustrado en la cubierta e interior por la poeta y artista de la plástica Margarita García Alonso (Margo Reina de Groenlandia, Margotina, Chacha), mi amiga, a quien quiero dedicar, desde hoy y para siempre este poema. Cuando lo escribí aun no conocía a Marga, pero ya la intuía.

RETRATO DE LA FLORISTA

para Margarita García Alonso

La locura me propuso ser la florista
esa que vende flores de silencio
flores de arenas movedizas
flores para el protocolo de los fuertes
flores para la cama de la diva
flores de malévola relación con la miseria
extrañas flores para los húmedos rincones de la casa
una flor de agua para el pubis de la niña
una flor de castrada soledad para la solapa del tirano
flores blancas y redundantes para el amigo.
En la locura
soy la que vende las más caras flores a los hombres.
Hoy han cerrado las puertas
y la florista es un pájaro de bronce
sobre el escritorio de la casa
un pájaro detenido en el bronce
en el amarillo cálido de la estatua.
Habrá para cada quién un verso
un estado imparcial
una amnistía
y los gladiolos de la florista serán de un rosa comestible
verás cómo claudican
con la rabia de quien odia morir.
Ella encenderá lámparas
para los oscuros días que vendrán
traerá el antídoto que me salvó de venderme
como un simple pájaro de feria.
Fui la dueña de todos los pájaros
y eran míos en la locura
sobreviví
sus cantos hipnóticos
sus desesperados gritos.
Una torre estas flores y los pájaros
fue todo lo que tuve
cuando ustedes me encerraron
y describieron en mi rostro la locura
como se describen los paisajes.

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Declaración de independencia de José Fernández Pequeño

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso on 5 mai 2016 at 4:46

Margarita Gacia Alonso Gif’s

viernes, 29 de abril de 2016Declaración de independencia

Porque escribir es a veces eso,
observar y apropiarse de la basura ajena.

Maurice Sparks y/o Ernesto G.

–¡Por favor, no vuelva a decir que es increíble! –protesta con el celular apretado contra el oído izquierdo y viene a recostarse de mí.

Conozco cada reacción suya, cada impulso que sus decisio-nes –igual las muy meditadas como las más irreflexivas– ponen a circular por ese cuerpo menudo y casi siempre en tensión. Hace mucho aprendí a leer lo que siente a través de sus contactos y puedo asegurar que ahora mismo está al borde del colapso. Mientras escucha, saca con la mano derecha uno de los libros alineados en el quinto estante, contando de abajo hacia arriba, y lo muñequea bruscamente, como si necesitara comprobar que no hay algo peligroso escondido entre las páginas. Son las Ficciones de Borges, lo confirmo cuando tira el volumen encuadernado en rústica y formato seis por nueve sobre la mesa de trabajo para despegarse de mí reclamando al pequeño transmisor:

–Siete años sin escribir, siete años de espantosa sequía, y ahora que por fin regresa el impulso, ocurre esto… ¡dígame si no es cruel!

Y comienza a pasearse frente a mí, de pared a pared, ida y vuelta desde la puerta que conduce a su dormitorio hasta la ventana que da a la calle, a una ciudad que él no se ha cansado de maldecir –páramo, desierto, estercolero de engreídos, nido de superficiales con dinero, eso y más la ha llamado– durante los últimos siete años.

–Nada de eso importa ahora –tira un golpe al aire con el brazo libre–. Lo que escribo aparece luego cambiado, dígame qué parte de esa desgracia no entiende y se la explico otra vez.

Detiene su ir y venir. Se congela con los cinco dedos de la mano derecha unidos y muy cerca del rostro, mientras respira angustiado la voz que ha de estar vibrando en las entrañas del aparato y los huecos en sus mejillas se ahondan todavía más.

–¡No quiero calmarme! –explota al fin–. Ayúdeme a encontrar una explicación, que para eso usted es el autor y se inventó esta bronca del escritor emigrado y la ciudad hostil, ¿cómo va a venirme ahora con que no puede controlar un conflicto que usted mismo imaginó?

Camina hacia la mesa de trabajo, toma una hoja de papel que ha estado todo este tiempo sobre el monitor de la computadora:

–La otra noche escribí –y lee–: «De cierto modo, adoro los caminos inciertos», y cuando me levanté a la mañana siguiente decía «De cierto camino, adoro los modos inciertos», ¿ve? ¿Considera que algo así es aceptable?… Qué va, olvide el mambo y cante bolero, no hay posibilidad de error. Otra cosa no tendré, pero buena memoria me sobra… Mire, ayer mismo escribí –y vuelve a leer–: «Ahora encuentro mis historias por doquier, a menudo en la basura ajena», ¿y quiere saber cómo apareció esta mañana? Pues «Encuentro ahora la basura ajena por doquier, a menudo en mis historias».

Se sienta sobre la mesa de trabajo, de espaldas hacia donde estoy, lo que me ahorra sus ojos enrojecidos, la expresión de desamparo que hace lucir más salientes aún los huesos de sus pómulos.

–¡Vaya! –exclama, y se da un golpe en el muslo con la mano que todavía empuña el papel–, así que escribir es en sí mismo un acto de traición… ¡qué frase tan bien compuesta, lo felicito! Pero, ¿sabe qué?, no me sirve de nada. Si no es usted, ¿quién cambia lo que escribo? ¿El gato? ¿El librero? Como están las cosas, a lo mejor el librero aspiró un soplo de vida y ni usted ni yo nos hemos enterado. ¿O seré sonámbulo? Eso, ¿andará suelta por ahí una manifestación salvaje de mí mismo que reescribe mientras duermo o estoy en la calle? Porque las palabras no cambian solas de lugar, ¿o sí?

Y bueno, en ese último aspecto discrepo de su razonamiento, incluso podría facilitarle dos o tres libros de entre los que él mismo ha colocado en mis estantes para estimularlo a revisar sus criterios sobre los hábitos de las palabras, o por lo menos a tomar en consideración el carácter revoltoso de ciertos escritos… Pero mejor dejamos ese ejercicio para otro momento, no es prudente contradecir a una persona como él cuando está así de alterada.

Ilustración: The writer isolator, de Margarita García Alonso.
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Margarita García Alonso: Periodista, poeta y artista visual cubana. Es una de las personas más ocupadas del planeta. En la mañana escribe mundos que echan a girar apenas salen de sus manos. La tarde la dedica a una investigación sobre el modo subjuntivo en la comunicación afectiva de las flores. En su tiempo libre se desempeña como reina en Groenlandia… sin remuneración, claro. Y en la noche, mientras parece dormir, en realidad ejercita la cuántica, lo cual le permite hacer audaces dibujos para textos que sus amigos alguna vez escribirán, aunque ellos todavía no lo sepan. ¿No me creen? Pues solo hagan clic sobre su nombre.

José Fernández Pequeño
Escritor. Vive en esa tierra firme de la edad en que ejercer la memoria resulta un privilegio. Para más información, ver: http://www.linkedin.com/in/fernandezpequeno21

Poemas de Margarita García Alonso en LETRALIA

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros, prensa on 26 avril 2016 at 9:50

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Poemas Margarita García Alonso en LETRALIA
Poemas: La cubana Margarita García Alonso nos ofrece seis muestras de su obra poética en Letralia, Tierra de Letras, la revista de los escritores de habla hispana, editada desde 1996 por Jorge Gómez Jiménez en Cagua, Aragua, Venezuela.

Margarita García Alonso
Periodista, poeta y artista visual cubana (Matanzas, 1959). Reside desde 1992 en Francia. Autora de diez poemarios, novelas y cuadernos de arte. Licenciada en periodismo de la Universidad de La Habana. En Francia obtuvo un máster en industrias gráficas. Posee numerosos premios de pintura, artes visuales y literatura. En Cuba fue directora del semanario cultural Yurumí y editora para Casa de las Américas. Dirige Editions Hoy no he visto el paraíso.

Portada para colección Poesía de la Editorial Letras Cubanas, La hija del reo, Sonia Díaz Corrales. Ilustraciones: Margarita García Alonso.

In AmiGos, pinturas, prensa on 18 avril 2016 at 8:09

Portada para colección Poesía de la Editorial Letras Cubanas, La hija del reo, Sonia Díaz Corrales. Ilustraciones: Margarita García Alonso.13000266_829789173831435_4515023775620068993_n

Acaba de salir, por la colección Poesía de la Editorial Letras Cubanas, La hija del reo, de nuestra entrañable poeta y narradora Sonia Díaz Corrales. Ilustraciones: Margarita García Alonso.
Comparto el prólogo que Ileana Álvarez escribió para esta edición:

A UN PUENTE NO SE LLEGA DESDE EL MIEDO: SONIA DÍAZ CORRALES EN LA HIJA DEL REO

Sonia Díaz Corrales, en uno de los poemas que conforman La hija del reo, exclama: «La libertad le cuesta a una mujer / innumerables pérdidas». En esta cortante confesión, expresada con naturalidad, y no sin dramatismo, puede hallarse quizás la clave sobre la cual descansa la poética de este libro. Es la arquitectura de la búsqueda de la libertad interior, la situada más allá de los estereotipos y normas que entretejen la sociedad, las tradiciones y los convencionalismos, con más estrechez en las pequeñas ciudades de provincia, espacio donde vivió y creció la autora. En este viaje exploratorio hacia el centro de sí, en un intento de alcanzar «su definición mejor», la poeta paradójicamente experimenta la fragmentación del universo mínimo labrado en el espacio de la ensoñación. Vivencias, miedos, dudas, querencias, los paisajes en los que creció, o los que alimentó con su imaginación, solo son recuperables a través del movimiento en espiral de la palabra poética, que ella sabe evocativa y liberadora.

Sonia pertenece a la generación de los años ochenta, de la que muchas voces principales —como luego pasaría con la de los noventa— andan desperdigadas por el mundo, asiéndose a universos íntimos que beben del tronco común de la memoria y el paraíso perdido de la infancia que dejaron atrás. Defienden espacios fracturados por la partida y el exilio, a los que vuelven una y otra vez por el acto emancipatorio del sueño y la palabra que corporiza la nostalgia y el dolor. De esta generación, que fragmentó el centro de poder cultural habanocentrista y patriarcal, al hacer surgir desde el interior del país un grupo de poetas de una innegable y variada calidad —algunas mujeres—, se destaca la voz tenaz, natural y desgarradora de esta escritora nacida en Cabaiguán. Los poemas que conforman La hija del reo fueron escritos en esos años de búsquedas estéticas y reafirmaciones utópicas, no obstante lo perturbador que pudiera aparentar una concepción de la poesía que pretendía subvertir las pautas marcadas por el discurso decadente y vacío oficializado en la década anterior, y que tanto daño provocara a la cultura nacional.

En La hija del reo están presentes muchas de las obsesiones de esta generación del cambio. El libro, solo después de muchos años de haber sido escrito, hoy termina su examen como inédito, y va a salvarse para los fieles lectores de la poesía cubana. Aquí se percibe una lectura inteligente y dialógica con la tradición literaria hispánica y la cultura judeocristiana, donde la poeta, en su avidez por iluminar lo que hay de oscuro e inteligible en su dimensión ontológica, descubre los puntos que la acercan o alejan de esa tradición y cultura. Sobresale, dentro de la poética de Sonia, un manifiesto interés confesional y testimonial. Con una desnudez a veces ríspida, a veces tierna, revela un mundo complejo y agónico: «vacía estoy / y harta / como el más abominable de los seres». Busca con fuerza el sitio que le corresponde, y es un lugar diferenciado de la manada que la rodea y amenaza anularla, un espacio muy personal, con toda su gama de claroscuros, sus texturas delicadas y ásperas. Cuando se muestra frágil o inasible, no deja de practicar un arte de la resistencia y recurre a cierto matiz irónico y hasta cínico, en legítima defensa: «necesito pastar con elefantes / son vegetarianos y tiernos». Para sortear excesos emotivos y evitar el desdibujo catártico, acude al contrapunteo de planos sentimentales y maneja con sutileza, entre otros recursos de distanciamiento, la ironía. Así explora salidas menos trágicas a sus angustias, a sus propias incongruencias, soledades, pérdidas, en un manejo de su respiración con consecuencias lógicas y lúcidas, que la aleja del pesimismo estéril y del melodramatismo, aunque, por cierto, tampoco le teme a este, pues la imagen de sí misma que prefiere está, de tan natural y espontánea, también asimilada dentro de los tópicos y rasgos comunes de la sensibilidad poética: «aún tengo corazón / vean que digo corazón / en público / sin miedo a que me acusen de neorromántica».

El uso de la ironía provee a sus versos de una hilaridad que la llena de ímpetu y la lleva a seguir viaje, que la levanta y le limpia la sangre de las uñas, el fango del cuerpo mutilado por el desamor y las interrogantes sin respuestas: «Lástima / no se puede tener al unísono/ una casa de cristal / y una manada de elefantes / cosas tan absolutamente necesarias / y hermosas».

En la necesidad de afianzarse en su condición fabuladora, Sonia subvierte también los roles tradicionales achacados a la mujer. Desde el título, La hija del reo, que contiene las marcas de opuestos géneros y lazos de consanguinidad y culpa, la poeta avisa sobre su situación dolorosa, al margen. La imagen en Sonia se construye a partir de parábolas que tocan su experiencia personal; se trasluce una especie de ficcionalización de la angustia, pues el lector lee cada poema como pequeñas ficciones engendradas por la pérdida y la exploración de sí misma. En su obcecada indagación, sus versos transitan múltiples y arduos laberintos que a la vez contienen, a pesar de su singularidad, preocupaciones sintomáticas de mujeres que le son afines y padecen similares angustias. Todas las mujeres que contienen a Sonia y que nos hablan en estas confesiones descarnadas, y de cuidada transparencia, permanecen, aun en la caída —o el balanceo pertinaz de la existencia— por la fuerza del amor, por la valores consolidados en una intimidad esencial que detesta las fatuidades, por un heroísmo y un coraje silenciado en la cotidianidad, sin aspavientos épicos, y por esa búsqueda de la libertad interior y reafirmación del ser individual de que hablamos al inicio: «Mis mujeres se balancean sobre la cuerda tensa de su vida».

«Con el derecho absoluto de los que esperan en la oscuridad / con la tenue lastimadura de los tristes», innumerables pérdidas le ha costado a esta mujer la búsqueda de una libertad interior situada más allá de lo imperecedero de las normas que crean los círculos de poder, sean de la raigambre que sean; innumerables angustias que buscan, en un gesto generoso, compartirse sin mezquindades; sí, innumerables pedazos de su cuerpo y espíritu arrancados a sus años más hermosos. Pero, ciertamente, la poesía nunca la ha abandonado, pues como ella misma asevera en una entrevista: «Cuando todo se ha ido, la poesía sigue ahí».
Sonia pudo ser en realidad «alguien que se perdió en el frío / y ya no supo más / de los caminos del regreso», pero estaba la poesía, que la ha sostenido durante largos, duros años de ausencia, para indicarle que no todo son pérdidas. Ahí, su abrazo, su caricia, su mano redentora lavando heridas de la niña triste que deambula entre estos versos y que rehúsa ser sierva. Cerca, ahí, bien cerca, la poesía que le ha devuelto el viejo «tronco de almácigo que se llenaba de orquídeas enormes, violetas, y que tenían un raro perfume de canela», allá, en su natural Cabaiguán, y que ahora, con la siempre frescura del verso perdurable, puede compartir.

Sonia Diaz Corrales

Queridos amigos, por fin está disponible « La hija del reo », un libro de poemas mios de hace muchos años. Agradezco a Maylén Domínguez la bondad y esperanza con que trabajó en el y a Margarita García Alonso ( Margo de Groenlandia, mi querida Chacha) las bellísimas ilustraciones de portada e interior. Agradezco a Ileana Álvarez González por el hermoso prólogo que le escribió al libro y a Ricardo Riveron Rojas, en Letras Cubanas, por la valentía de retomarlo y apoyar su publicación.

Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales.

In AmiGos, gra-sofismos on 30 mars 2016 at 8:57

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Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales. Prólogo de Manuel Sosa. Obra de cubierta e interior, Margarita García Alonso. Muy pronto en librerías y tiendas online. Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana!

Arique

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros, prensa on 16 février 2016 at 8:56

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Revista de Poesía, toda la poesía cubana, de dentro y fuera de la Isla, la menos divulgada, dirigida por Raúl Tápanes López

GRACIAS

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El Fogonero en la humildísima eternidad.

In AmiGos, articulos on 10 décembre 2015 at 4:45

Esta es la segunda vez que, en menos de una semana, Margo Reina de Groenlandia me obliga a escribir de ella. Agradecido como un perro, confieso que una foto publicada ayer en HOY NO HE VISTO EL PARAÍSO me hizo feliz por el resto del día; aun cuando se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba.

9 dic. 2015

Hoy he visto el Paraíso

En el año 2000, cuando llegué a República Dominicana, me sentí muy solo. Mi soledad no era física. Muchísimos dominicanos, a quienes siempre recordaré agradecido, me tendieron la mano por donde quiera que pasé. Mi soledad era por Cuba, por lo que tuve que dejar atrás, por lo que me vi obligado a abandonar.

El día que Alejandro Aguilar y Marianela Boán me anunciaron su intención de mudarse a Santo Domingo, di brincos de la felicidad (literalmente). Recuerdo que aquella misma noche, después del segundo Brugal, le confesé a Alejandro mi soledad. A ustedes no les pasará lo mismo, le prometí, porque ya hay un cubano esperándolos.

Por esa misma época nacieron las redes sociales y de, pronto, sin que me diera cuenta, me encontré viviendo en el mismo espacio que mucha de la gente que quiero y admiro. La Habana ya no es el lugar donde tuve una casa y que a veces añoro; pero el muro de Facebook de muchos de mis amigos, sí.

Un ejemplo de eso es la comunidad Hoy no he visto el Paraíso, creada por Margo Reina de Groenlandia (Margarita García Alonso, para lo que no la conocen). Ayer, sin ir más lejos, publicó esta foto. Aunque se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba, me hizo feliz por el resto del día.

“No más de 40 personas. ¿Quiénes serán esos dolientes que ahí aparecen, con sus sombreros a la rodillas…?”, se preguntó Sindo Pacheco. Se trata del 7 de diciembre de 1895. En un bohío de Punta Brava, de espaldas a una raída bandera y dándole la cara al olvido, los cubanos se despiden de Antonio Maceo, quien acababa de caer en combate.

“Guárdenla preciosamente, no duden en imprimirla, esa foto es la decencia cubana. Sindo, cuando la rescaté, lloré una tarde, es tan grande que me pongo de rodillas”, agregó Margarita.

Y aquí estoy, fijándola para siempre en El Fogonero. Ojalá que la humildísima eternidad de esa imagen no se me olvide nunca, incluso cuando ya no me quede memoria ni para recordar mi nombre.

 

Foto; Funeral del General: Antonio de la Caridad Maceo y Grajales. (Santiago de Cuba , 14 de junio de 1845 – Punta Brava, 7 de diciembre de 1896)

Las caras trocadas, en El Fogonero

In AmiGos, articulos on 9 décembre 2015 at 4:56

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Las caras trocadas

Por Camilo Venegas Yero

La foto de Stalin que Margarita García puso en Facebook.

Hoy me levanté con algo de resaca. Anoche, gracias a una de esas detestables declaraciones que hace a menudo el cardenal dominicano Nicolás de Jesús López Rodríguez, Mario Dávalos y yo decidimos juntarnos y hacer lo que mejor sabemos hacer: abrir un buen destilado y sentarnos a tratar de arreglar el mundo.

Todavía tenía la vista borrosa cuando respondí una pregunta de Margarita García (esa Veuve Clicquot que vive en Normandía, reina en Groenlandia y brinda su inteligencia y su amor a medio mundo). Al pie de una foto de un ruso de 23 años, preguntaba quién era.

“Seguéi Esenin —respondí con prisa, para tratar de ganar el ‘concurso’—, uno de mis poetas jóvenes preferido. Promete muchísimo”. Entonces Margarita me aclaró que no podía ser Esenin, el amante de Isadora Duncan y el marido de una nieta de Tolstoi, porque se ahorcó antes de que le creciera la barba.

En verdad el retrato del joven apuesto correspondía a Iósif Vissariónovich Stalin, quien acabó siendo uno de los más terribles ancianos que ha tenido la humanidad. Con esta historia de caras trocadas empezó mi día. Gracias a ella, he vuelto a leer poemas de Esenin, algo que hice mucho cuando yo también tenía 23 años.

Te debo eso, Margarita, entre muchísimas otras cosas.

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Serguéi Esenin con Isadora Duncan.

Homenaje en EFORY ATOCHA

In AmiGos, El Moro Fayad Jamis on 28 octobre 2015 at 12:28

Margarita García Alonso: « Las llaves de la noche » Edición especial dedicada al poeta Fayad Jamís Bernal

-AL CUIDADO DEL POETA

Edición especial dedicada al poeta Fayad Jamís Bernal (Ojocaliente, Estado de Zacatecas, México, 28 de octubre de 1930- La Habana, 12 de Noviembre de 1988)



————-Las llaves de la noche


Por Margarita García Alonso


Fayad Jamis tenía los dientes como un comedor de caña, parejitos. Las manos enormes y cuadradas, un bigotico de don Juan, los pelos muy negros; la risa socarrona, los pies planos y grandes, los ojos tiernos o feroces, según a quien mirara, la nariz de “zapatico viejo” –solía decir- ; y se desplazaba situando puntos cardinales.

Era presencia, imponía una estructura imantada, un karma muy anciano y sabio. Ni se justificó, ni pidió plazas, nunca. Estaba con su fiereza de niño que en una trastienda de Aguascalientes, donde su padre libanés guardaba y cortaba telas, desde ahí, medía pasiones y hombres con la misma vara.

Pocas veces cortó y cuando fue el caso, sangró en la herida.

Bañarse en las pocitas de Guayos, junto al enorme seboruco que su padre levantó en una competencia de brutos, fue el estreno y la primera fama tras descender del barco que les refugió en la isla de Cuba. Estaba marcado, era un fugitivo, un errante de los exilios.
Con su mamá aprendió a silbar, siempre lo hacía. Chiflaba y el sonido recorría los pasadizos del Vedado. Por y para ella había aprendido la letra de boleros melosos, -un día haría un disco con Otto Fernández, Marrero, Tomas Álvarez, Alcides…a su memoria- ; por ella buscaba en la cabellera de las muchachas el olor a limpio de los jabones amarillos.

Todos los meses recordaba que tenía tumba en el centro de la isla, y que no podía ir a ponerle flores. Pensaba que debió en un tiempo tener muchos primos en una ciudad arrasada completamente, en el Líbano. Le intrigaba su árbol genealógico como si fuera la causa de no poder adaptarse a tener familia. Dulce de leche muy azucarado y un té a la menta amargo se ligaban con los tostones. Me dijo que hubo de batallar para saber de dónde era, y se sentía cubano “tirado”
Tenía sus muertos -los complacía como en las tradiciones maternales- Hasta les nombró en la novela ¿Dónde están las buenas personas? que pasé a máquina y debe dormir en un armario de cualquier funcionario de la Habana.

Tenía amigos, quienes seguían sus zancadas, su apetencia, su gusto por el café, el vino, la charla, las horas buscando el tipo de papel que mejor iba a un verso, o las risotadas tras un humor finísimo, aguja y dedal de inteligencia. Tuvo enemigos a quienes fue dando la mano, porque yo encontraba ridículas y desfasados los motivos de ruptura. Estaba marcado, había sido muy pobre y solo concebía en los Hombres la riqueza de ser bueno.

Cuando viví a su lado estaba acabando la escasez en cuartuchos, e iba en camino de ser un coleccionador de cuadros, cerámicas negras, y libros, muchos dedicados por el autor, en primeras ediciones que encuadernaba en piel y letras doradas. Su biblioteca era inmensa y aun así, envidiaba cualquier tomo que no tuviera.

Todo estaba en que decidiera sacarlos de las cajas que se amontonaban hasta el techo. Todo estaba en que firmara renuncia con relaciones exteriores y volviera a la poesía. Todo estaba en que admitiera que ya no era el huraño lobo solitario – había largado a una enamorada porque quiso ponerle un botón a su camisa-…

Lo hicimos y nació la casa planeta. Hubo cómplices, Omar Pérez, Carlos Augusto Alfonso…quienes se hicieron pasar por carpinteros para levantar las bibliotecas. Hubo muchos viejos poetas de alcahuetas protegiendo nuestra unión, hasta un médico, Moreno del Toro, para que no nos diera un síncope de la emoción.

Recortaba fotos y artículos; coleccionaba invitaciones, cartas y papeles de todo tipo. Cuando hablaba garabateaba y le salían bichos, ciudades. En los sobres de la correspondencia ha quedado ese savoir faire entre tinta china y óleo donde se mezcla el bestiario imaginario de todas las culturas que le fomentaron en único. Su trazo, a la pluma negra antigua, con punta afilada era intenso, como un desgarrón; en su técnica estaba sombrear al máximo y solo después, cuando la furia pasara, darle color, iluminar la obra.

En los grandes formatos se sentía libre de trazar estrellas o manchas, era en el mediano donde florecía la composición barroca, el símbolo. Estaba marcado por las sombras. Trabajaba de noche, de madrugada.

Fumaba tabacos y sabía hacer círculos de humo, tenía un cojín morado y un sillón para recibir -ahí nadie se sentaba- excepcionalmente, yo.
No sabía encender la cocina, echar a andar la lavadora, ni cambiar un bombillo. No sabía terminar un grabado -o sí que sabía- pero se acumulaban en la mesa para el día en que debía entregarlos en la Habana vieja.

Impecable en su guayabera azul cielo, yo manchada de pintura fresca, llena de papelitos, mensajes, recados que él me dibujaba por una hora de ausencia.
Le regalaron, sin dudas, el permiso de conducir. No sabía de dineros, cuentas, ni siquiera que había que inscribirse para tener alimentos. Julia o Ada quienes ayudaban en las labores de casa, siguiendo un consejo preciso nada tocaban, a no ser el trillo del pasillo.
Fayad tenía la creencia que el polvo protege, que si se abren puertas, se escapaban las cosas que amaba.

Pero sí sabía contar de Orígenes, quien era aquél poeta, de cómo se creo una colección, o una revista, de cómo Bretón le apadrinó para su exposición en Paris, o Nivaria le acuchilló las telas, o Retamar se peleó cuando él le quitó una novia… ahí desacralicé el mundo…entendí poemas en francés, en inglés, supe de geografías, de biografías -de Mahoma tenía, por lo menos cinco-. Le gustaba leer en voz alta, no levantaba los ojos, recitaba con delectación su obra, o poemas de otros, enfatizando los saltos de verso con leves movimientos de la mano.

Sabía escribir en una máquina de cuatro patadas y mucho a la mano y describir y corregir. Con el poema era diferente, se pegaba, al buril con las palabras hasta que consideraba llegar a un punto de no regreso. Entonces los databa, precisando hora de comienzo y de final. Como en una maternidad, poema a poema.

Cuando le conocí ya había escrito textos memorables; su nombre se estudiaba en manuales de escuela. Se había casado y divorciado dos veces, la tercera ocasión la viví en situación y escandalosa repartición de bienes, por poquito se muda a Matanzas. Contaba con cientos de ex amantes, hasta con una bailarina que se suicidó… En la puerta de casa dejaban cartas, girasoles, aviso de pasaje, golosinas…

Estaba marcado para el amor, a palos marcado.

Le asustaba la inocencia y me educó el gusto, el paso, el trazo, la mordacidad e ironía que deben agitarse con bondad. El tono de su voz era refinado y pleno de nobleza. Estaba marcado como un ahorcado delante de un café, por la fe y la creencia.

Conoció el infierno de recorrer pasillos de hospitales, donde vimos niños desfigurados, seres que parecían mutantes con tintas rojas que delimitaban las radiaciones; conocimos tardes en que el suero entraba lento y devolvía el poema, el escupitajo del toro, mientras caía su pelo, en un reguero interminable de pérdidas por la casa.

Conoció la tristeza de saber que se iba y teníamos cajones aún por abrir, textos mecanografiados; el tórculo que entendió que debía darnos una alegría, daba pruebas de equilibrio, las ediciones Vigía tendrían el apoyo de esta imprenta; estaba claro que publicaríamos a media Cuba…y éramos una “pareja de libros”- “el maestro y margarita” de Bulgakov se paseaban por San Lázaro camino al Almejeiras…-decía con ironía-.

La maqueta del museo de pequeño formato, la fundación en Guayos, reposaba bajo la lámpara Art Nouveau, que otra vez, se había desarmado, y que repararíamos después de la mudanza, el viaje a Nicaragua, quizás vivir lejos, lejos… vivir.

Nos habían abandonado, nadie quería verlo morir. Dios, que solos estuvimos con la muerte.
Fayad decidió hacer prueba de hombría e ir perdonando antiguas batallas líricas, afectivas, romper las destempladas lanzas de ex funcionario y perdonarse con humildad.

-Le quedaba irremediablemente una falta, esta criatura.


En la foto arriba, Margarita con Fayad

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*****Mis vivencias con El Moro están recogidas en la novela Amarar, que si dios salva, se publicara un día.