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Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales.

In AmiGos, gra-sofismos on 30 mars 2016 at 8:57

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Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales. Prólogo de Manuel Sosa. Obra de cubierta e interior, Margarita García Alonso. Muy pronto en librerías y tiendas online. Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana!

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Arique

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros, prensa on 16 février 2016 at 8:56

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Revista de Poesía, toda la poesía cubana, de dentro y fuera de la Isla, la menos divulgada, dirigida por Raúl Tápanes López

GRACIAS

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El Fogonero en la humildísima eternidad.

In AmiGos, articulos on 10 décembre 2015 at 4:45

Esta es la segunda vez que, en menos de una semana, Margo Reina de Groenlandia me obliga a escribir de ella. Agradecido como un perro, confieso que una foto publicada ayer en HOY NO HE VISTO EL PARAÍSO me hizo feliz por el resto del día; aun cuando se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba.

9 dic. 2015

Hoy he visto el Paraíso

En el año 2000, cuando llegué a República Dominicana, me sentí muy solo. Mi soledad no era física. Muchísimos dominicanos, a quienes siempre recordaré agradecido, me tendieron la mano por donde quiera que pasé. Mi soledad era por Cuba, por lo que tuve que dejar atrás, por lo que me vi obligado a abandonar.

El día que Alejandro Aguilar y Marianela Boán me anunciaron su intención de mudarse a Santo Domingo, di brincos de la felicidad (literalmente). Recuerdo que aquella misma noche, después del segundo Brugal, le confesé a Alejandro mi soledad. A ustedes no les pasará lo mismo, le prometí, porque ya hay un cubano esperándolos.

Por esa misma época nacieron las redes sociales y de, pronto, sin que me diera cuenta, me encontré viviendo en el mismo espacio que mucha de la gente que quiero y admiro. La Habana ya no es el lugar donde tuve una casa y que a veces añoro; pero el muro de Facebook de muchos de mis amigos, sí.

Un ejemplo de eso es la comunidad Hoy no he visto el Paraíso, creada por Margo Reina de Groenlandia (Margarita García Alonso, para lo que no la conocen). Ayer, sin ir más lejos, publicó esta foto. Aunque se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba, me hizo feliz por el resto del día.

“No más de 40 personas. ¿Quiénes serán esos dolientes que ahí aparecen, con sus sombreros a la rodillas…?”, se preguntó Sindo Pacheco. Se trata del 7 de diciembre de 1895. En un bohío de Punta Brava, de espaldas a una raída bandera y dándole la cara al olvido, los cubanos se despiden de Antonio Maceo, quien acababa de caer en combate.

“Guárdenla preciosamente, no duden en imprimirla, esa foto es la decencia cubana. Sindo, cuando la rescaté, lloré una tarde, es tan grande que me pongo de rodillas”, agregó Margarita.

Y aquí estoy, fijándola para siempre en El Fogonero. Ojalá que la humildísima eternidad de esa imagen no se me olvide nunca, incluso cuando ya no me quede memoria ni para recordar mi nombre.

 

Foto; Funeral del General: Antonio de la Caridad Maceo y Grajales. (Santiago de Cuba , 14 de junio de 1845 – Punta Brava, 7 de diciembre de 1896)

Las caras trocadas, en El Fogonero

In AmiGos, articulos on 9 décembre 2015 at 4:56

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Las caras trocadas

Por Camilo Venegas Yero

La foto de Stalin que Margarita García puso en Facebook.

Hoy me levanté con algo de resaca. Anoche, gracias a una de esas detestables declaraciones que hace a menudo el cardenal dominicano Nicolás de Jesús López Rodríguez, Mario Dávalos y yo decidimos juntarnos y hacer lo que mejor sabemos hacer: abrir un buen destilado y sentarnos a tratar de arreglar el mundo.

Todavía tenía la vista borrosa cuando respondí una pregunta de Margarita García (esa Veuve Clicquot que vive en Normandía, reina en Groenlandia y brinda su inteligencia y su amor a medio mundo). Al pie de una foto de un ruso de 23 años, preguntaba quién era.

“Seguéi Esenin —respondí con prisa, para tratar de ganar el ‘concurso’—, uno de mis poetas jóvenes preferido. Promete muchísimo”. Entonces Margarita me aclaró que no podía ser Esenin, el amante de Isadora Duncan y el marido de una nieta de Tolstoi, porque se ahorcó antes de que le creciera la barba.

En verdad el retrato del joven apuesto correspondía a Iósif Vissariónovich Stalin, quien acabó siendo uno de los más terribles ancianos que ha tenido la humanidad. Con esta historia de caras trocadas empezó mi día. Gracias a ella, he vuelto a leer poemas de Esenin, algo que hice mucho cuando yo también tenía 23 años.

Te debo eso, Margarita, entre muchísimas otras cosas.

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Serguéi Esenin con Isadora Duncan.

Homenaje en EFORY ATOCHA

In AmiGos, El Moro Fayad Jamis on 28 octobre 2015 at 12:28

Margarita García Alonso: « Las llaves de la noche » Edición especial dedicada al poeta Fayad Jamís Bernal

-AL CUIDADO DEL POETA

Edición especial dedicada al poeta Fayad Jamís Bernal (Ojocaliente, Estado de Zacatecas, México, 28 de octubre de 1930- La Habana, 12 de Noviembre de 1988)



————-Las llaves de la noche


Por Margarita García Alonso


Fayad Jamis tenía los dientes como un comedor de caña, parejitos. Las manos enormes y cuadradas, un bigotico de don Juan, los pelos muy negros; la risa socarrona, los pies planos y grandes, los ojos tiernos o feroces, según a quien mirara, la nariz de “zapatico viejo” –solía decir- ; y se desplazaba situando puntos cardinales.

Era presencia, imponía una estructura imantada, un karma muy anciano y sabio. Ni se justificó, ni pidió plazas, nunca. Estaba con su fiereza de niño que en una trastienda de Aguascalientes, donde su padre libanés guardaba y cortaba telas, desde ahí, medía pasiones y hombres con la misma vara.

Pocas veces cortó y cuando fue el caso, sangró en la herida.

Bañarse en las pocitas de Guayos, junto al enorme seboruco que su padre levantó en una competencia de brutos, fue el estreno y la primera fama tras descender del barco que les refugió en la isla de Cuba. Estaba marcado, era un fugitivo, un errante de los exilios.
Con su mamá aprendió a silbar, siempre lo hacía. Chiflaba y el sonido recorría los pasadizos del Vedado. Por y para ella había aprendido la letra de boleros melosos, -un día haría un disco con Otto Fernández, Marrero, Tomas Álvarez, Alcides…a su memoria- ; por ella buscaba en la cabellera de las muchachas el olor a limpio de los jabones amarillos.

Todos los meses recordaba que tenía tumba en el centro de la isla, y que no podía ir a ponerle flores. Pensaba que debió en un tiempo tener muchos primos en una ciudad arrasada completamente, en el Líbano. Le intrigaba su árbol genealógico como si fuera la causa de no poder adaptarse a tener familia. Dulce de leche muy azucarado y un té a la menta amargo se ligaban con los tostones. Me dijo que hubo de batallar para saber de dónde era, y se sentía cubano “tirado”
Tenía sus muertos -los complacía como en las tradiciones maternales- Hasta les nombró en la novela ¿Dónde están las buenas personas? que pasé a máquina y debe dormir en un armario de cualquier funcionario de la Habana.

Tenía amigos, quienes seguían sus zancadas, su apetencia, su gusto por el café, el vino, la charla, las horas buscando el tipo de papel que mejor iba a un verso, o las risotadas tras un humor finísimo, aguja y dedal de inteligencia. Tuvo enemigos a quienes fue dando la mano, porque yo encontraba ridículas y desfasados los motivos de ruptura. Estaba marcado, había sido muy pobre y solo concebía en los Hombres la riqueza de ser bueno.

Cuando viví a su lado estaba acabando la escasez en cuartuchos, e iba en camino de ser un coleccionador de cuadros, cerámicas negras, y libros, muchos dedicados por el autor, en primeras ediciones que encuadernaba en piel y letras doradas. Su biblioteca era inmensa y aun así, envidiaba cualquier tomo que no tuviera.

Todo estaba en que decidiera sacarlos de las cajas que se amontonaban hasta el techo. Todo estaba en que firmara renuncia con relaciones exteriores y volviera a la poesía. Todo estaba en que admitiera que ya no era el huraño lobo solitario – había largado a una enamorada porque quiso ponerle un botón a su camisa-…

Lo hicimos y nació la casa planeta. Hubo cómplices, Omar Pérez, Carlos Augusto Alfonso…quienes se hicieron pasar por carpinteros para levantar las bibliotecas. Hubo muchos viejos poetas de alcahuetas protegiendo nuestra unión, hasta un médico, Moreno del Toro, para que no nos diera un síncope de la emoción.

Recortaba fotos y artículos; coleccionaba invitaciones, cartas y papeles de todo tipo. Cuando hablaba garabateaba y le salían bichos, ciudades. En los sobres de la correspondencia ha quedado ese savoir faire entre tinta china y óleo donde se mezcla el bestiario imaginario de todas las culturas que le fomentaron en único. Su trazo, a la pluma negra antigua, con punta afilada era intenso, como un desgarrón; en su técnica estaba sombrear al máximo y solo después, cuando la furia pasara, darle color, iluminar la obra.

En los grandes formatos se sentía libre de trazar estrellas o manchas, era en el mediano donde florecía la composición barroca, el símbolo. Estaba marcado por las sombras. Trabajaba de noche, de madrugada.

Fumaba tabacos y sabía hacer círculos de humo, tenía un cojín morado y un sillón para recibir -ahí nadie se sentaba- excepcionalmente, yo.
No sabía encender la cocina, echar a andar la lavadora, ni cambiar un bombillo. No sabía terminar un grabado -o sí que sabía- pero se acumulaban en la mesa para el día en que debía entregarlos en la Habana vieja.

Impecable en su guayabera azul cielo, yo manchada de pintura fresca, llena de papelitos, mensajes, recados que él me dibujaba por una hora de ausencia.
Le regalaron, sin dudas, el permiso de conducir. No sabía de dineros, cuentas, ni siquiera que había que inscribirse para tener alimentos. Julia o Ada quienes ayudaban en las labores de casa, siguiendo un consejo preciso nada tocaban, a no ser el trillo del pasillo.
Fayad tenía la creencia que el polvo protege, que si se abren puertas, se escapaban las cosas que amaba.

Pero sí sabía contar de Orígenes, quien era aquél poeta, de cómo se creo una colección, o una revista, de cómo Bretón le apadrinó para su exposición en Paris, o Nivaria le acuchilló las telas, o Retamar se peleó cuando él le quitó una novia… ahí desacralicé el mundo…entendí poemas en francés, en inglés, supe de geografías, de biografías -de Mahoma tenía, por lo menos cinco-. Le gustaba leer en voz alta, no levantaba los ojos, recitaba con delectación su obra, o poemas de otros, enfatizando los saltos de verso con leves movimientos de la mano.

Sabía escribir en una máquina de cuatro patadas y mucho a la mano y describir y corregir. Con el poema era diferente, se pegaba, al buril con las palabras hasta que consideraba llegar a un punto de no regreso. Entonces los databa, precisando hora de comienzo y de final. Como en una maternidad, poema a poema.

Cuando le conocí ya había escrito textos memorables; su nombre se estudiaba en manuales de escuela. Se había casado y divorciado dos veces, la tercera ocasión la viví en situación y escandalosa repartición de bienes, por poquito se muda a Matanzas. Contaba con cientos de ex amantes, hasta con una bailarina que se suicidó… En la puerta de casa dejaban cartas, girasoles, aviso de pasaje, golosinas…

Estaba marcado para el amor, a palos marcado.

Le asustaba la inocencia y me educó el gusto, el paso, el trazo, la mordacidad e ironía que deben agitarse con bondad. El tono de su voz era refinado y pleno de nobleza. Estaba marcado como un ahorcado delante de un café, por la fe y la creencia.

Conoció el infierno de recorrer pasillos de hospitales, donde vimos niños desfigurados, seres que parecían mutantes con tintas rojas que delimitaban las radiaciones; conocimos tardes en que el suero entraba lento y devolvía el poema, el escupitajo del toro, mientras caía su pelo, en un reguero interminable de pérdidas por la casa.

Conoció la tristeza de saber que se iba y teníamos cajones aún por abrir, textos mecanografiados; el tórculo que entendió que debía darnos una alegría, daba pruebas de equilibrio, las ediciones Vigía tendrían el apoyo de esta imprenta; estaba claro que publicaríamos a media Cuba…y éramos una “pareja de libros”- “el maestro y margarita” de Bulgakov se paseaban por San Lázaro camino al Almejeiras…-decía con ironía-.

La maqueta del museo de pequeño formato, la fundación en Guayos, reposaba bajo la lámpara Art Nouveau, que otra vez, se había desarmado, y que repararíamos después de la mudanza, el viaje a Nicaragua, quizás vivir lejos, lejos… vivir.

Nos habían abandonado, nadie quería verlo morir. Dios, que solos estuvimos con la muerte.
Fayad decidió hacer prueba de hombría e ir perdonando antiguas batallas líricas, afectivas, romper las destempladas lanzas de ex funcionario y perdonarse con humildad.

-Le quedaba irremediablemente una falta, esta criatura.


En la foto arriba, Margarita con Fayad

——-Entradas relacionadas, Aquí.


*****Mis vivencias con El Moro están recogidas en la novela Amarar, que si dios salva, se publicara un día.

Poesía inédita de Margarita García Alonso en EFORY ATOCHA

In AmiGos, Cuadernomar on 26 octobre 2015 at 4:30
  • Poesía inédita

    de Margarita García Alonso

    by

    • 8 octubre, 2015 • Literatura Cubana,

    Margarita García Alonso,

    Poesía • 0 Comments

    Se ve Clarita-clarita

     

    “Se ve clarita-clarita el ave que en ese momento pasaba.”

    José M. Fernández Pequeño

     

    Escribo, escribo

    y  no ensarto la aguja

    desbocada

    -en el abismo el ojo-

    des-boca-da

    me parto  los dientes.

     

    Las palabras afloran,

    poco importa

    ser caballo o mendigo

    si piso una tierra

    que no me pertenece

     

    la tierra miedo,

    la tierra de nadie.

     

    Soy la que elije

    sacrificios

     

    frente a la puerta

    desnuda

    se acumula la nieve

    en noche intensa.

     

    Si  inclino la cabeza,

    si te  enseño  a trenzar

    desencadeno temblores

    en la pelvis de Cristo

     

    y vas a  lengüetear

    la piedra calcinada

    de tu  rodilla.

     

    La hija que  tuvimos

    nació del vientre de otra

    y he sido brutal

     

    una tras otra la angustia

    suda mares en mi cabeza

     

    si la avellana cae

    sobre la roca

    me dispersa en salitre,

    en  mínimas cuentas.

     

    Todo fue  hermoso,

    todo es hermoso

    desde el agua

     

    la superficie corta el aire

    se ajusta a concéntricos

    deslizamientos de moluscos

    y  en el fondo yace la piedra,

    el  corazón encercado por

    el río profundo de la memoria.

     

    Huele a niño

    no hay forma que despegue

    su camisa de mis ojos

     

    llegué  muerta a donde iba a morir,

    estaba  solo

    tan solo que podía confesarlo

    tomé  su mano

    en infinitas vibraciones

     

    se me han agotado los dedos

    de acariciar su pelo

    en  todos los vientos.

     

    La letra vale sangre

    en correos antiguos

    pero al nombrar

    te- ti- contigo

    monta el  reflujo gástrico,

    se desmantela el coxis,

    mi  hígado se ensancha

    de materias insanas.

     

    Fue en Madrid,

    no podíamos

    estar mejor

    que muertos

    a la salida del Metro

    en la hora fatal del atardecer.

     

    Cada espiral  repite

    incansablemente

    donde quedamos

     

    cada espiral  repite:

    alma de perra,

    ojos de perra,

    uñas de perra

    arrastrada en

     

    callejuelas

    donde olisqueé

    un sin fin de coincidencias

    con  las que acostaríamos

    a desconocidos.

     

    Todo es hermoso,

    un  pájaro picotea  su frente

    y el  tatuaje   se agranda

     

    queda el hueco

    a merced de las moscas

     

    cada verano caluroso

    la entrepierna

    forma aspavientos

    de riachuelo,

     

    y yo perra

    tras el hueso desprendido,

    la fractura  donde  la ciega

    nos  reúne

     

    en su bocaza

    somos pasto

    con  pavor a esparcirnos

    en el incienso

    de catedrales bordadas

    en el susto de  vitrales

     

    frente a devotas

    de rarísima pureza

    que depositan azucenas,

    galanes de noche,

    sobre un Hombre lacerado

     

    si respiramos

    si nos miramos

    el polvillo cae sobre el haz

    de luz de la matanza.

     

    A diario he matado

    en mi pecho

    el banderín de la masacre

    tiñe de rojo las nubes.

     

    Es hermoso como descienden

    las aves carroñeras

    como desciende

    la mano del mago

    a  la capa  poblada de bolsillos,

     

    retazos,   zurrones

    de lo que es

    cadáver de esperanzas.

     

    Es hermoso,

    la muerte  me sopla

    este desaliento

    con  más fuego que todos los fuegos

    de la creación del mundo

     

    te veo caer

    y no te sostengo,

     

    caes, caes, caes

    como caía su baba

    en mi bocaza de perra

     

    pero no temo,

    me acostumbré

     

    el  lenguaje choca

    en mi diente partido

    cada vez que escapa un tren

    de cualquier estación del universo

     

    una brizna de paja

    en mi boca

     

    tu semen en mi boca

    me convierte en simiente

    de cualquier   tribu nocturna

     

    en la  frívola ciudad

    escupo la noche

    junto al camión de la basura.

     

    Cada  amanecer pegados al  moho,

    relampagueando

    la violencia infinita

    contra el apestoso mundo.

     

    Y aún sin facciones eres hermoso,

    mi poro colorea el polen

     

    tijera en la mano

    deposito mujeres

    en  la cama de mi amado

    para que me convierta

    en  anti concepto

     

    luego  bordo iniciales,

    con  el profundo ardor

    que imita su plenitud

     

    iniciales que envío a Venecia,

    de una isla  a otra perdidas.

     

    En el filo del  vaso

    la sangre  colapsa

    cuando aseguro

    que  es perfecto.

     

    La tranquilidad de las nubes

    sostiene la tormenta

     

    circunciso la lengua

    si  creo / niego

    sobrevivir

    en  la catástrofe.

     

    Me enfrento a descabellados

    planes amatorios

    de pulgas en bibliotecas

     

    pero vale más la droga o la mirra

    que la sentencia

     

    mi  amor es  la sombra,

    el  ritmo desenfrenado

    que lleva al trance

     

    lejos  de la melisa que adormece

    la hora fatal  11

     

    -nadie repita once

    o caen muertos             a ras cielo-

     

    La tinta que grabó

    el brazo de mis antepasados

    renace en  la biblioteca de Praga

     

    dos lanzas atraviesan

    mis costillas,

    el pretérito  cíclico

    tasajea al planeta

    con  hilos de acero

     

    las familias se arrastran

    en el fango de las fronteras,

     

    los niños avientan

    caballos de miedo

    mientras  ululan las sirenas

    que  detectan humano

     

    en el bosque,  abedules

    de corteza  blanca

    reflejan la dimensión

    donde serán otros

     

    Todo es hermoso y queda atrás,

    hasta mi vida.

     

    II

     

    En mi nombre,

    a partir de este instante,

    los Hombres destruirán

    cartas de racionamiento

    pasaportes, números de espera

    filas de espera, diplomas,

    cualquier  identidad

    que limita.

     

    Pronto partiré,

    -mas estoy sana y  fuerte-

    mi paso ha sido

    una infinita  despedida,

    de una brevedad sospechosa

     

    mientras canto crecen

    plantas del paraíso en tu frente,

     

    la fruta del placer

    roza con la

    partícula insumisa

    el todo  oculto

     

    bajo  la  borrasca del verano

    los   niños saltan

    a ventanas trazadas con cal

     

    en el pavimento

    ventanas que conducen

    a corredores  salpicados de galaxias

    que encuentran  redención

    en  la poesía.

     

    Cae la  lluvia

    al amanecer, al mediodía, en la tarde

    en todas las plazas depositan

    la patética  individualidad

    llamada Ser.

     

    Y yo en la fuente equivocada,

     

    -la fuente no es  donde caes,

    es el vientre

    inundado de  sangre

    que  te envuelve-

     

    he estado lejos

    como  un puntero filoso,

    reducida a  un soplo

     

    mi único amor se expande

    en una onda atómica

    e irradia  a  los pájaros

    que detienen  su   graznar.

     

    Mi ojo en su ojo

    descontrola el universo antiguo,

    inventa un orden

    donde no me responsabilizo de nada

     

    mundo ajeno

    licuado  en  la saliva

    que  meo  contra- muros

    para que no se apoderen

    de mi corazón

     

    tapizo  calles, barro  el océano,

    despierto húmeda

    por el rocío  de alcoholes

    de plantas maceradas

     

    y reaparezco  en la yema de tus dedos

     

    -esta mancha no es  la tinta

    de mis absurdos escritos –

     

    es mi vagina  que destila

    como si estuviese de paritorio

    la sofisticada

    leucemia del totalitarismo.

     

    La  vejez en mi cara

    cuando  te  lego:

    me   han usado

    en  el experimento humano,

     

    pero mi caso se ha  perdido

    en los archivos de inteligencia

    de una dictadura

     

    no puedo regresar a casa

    no puedo regresar  a mi madre

    que  amamanta

    a una paloma helada .

     

    Seré en eternidad  la  ausente,

    que fabrica  bálsamos

    sobre  una  pira de  libros

    mientras escribo

    esta camisola  que  lees

    protegido en el zurrón de  mamá

     

    envuelto ,

    como cuando eras niño.

Memoria de Fayad Jamís, por Enrique Sánchez Hernani

In AmiGos, El Moro Fayad Jamis, Margarita Garcia Alonso on 25 octobre 2015 at 12:54

13 abril, 2007

Memoria de Fayad Jamís

Por: Enrique Sánchez Hernani
La primera exaltación que sufrí cuando me atreví a dar mi primera caminata por las calles de La Habana, en julio de 1985, fue ese extraño color amarillo de Nápoles que el cielo dispendiaba sobre su pacífico malecón apenas ingresaba la tarde. Un mar extraordinariamente azul, y transparente hasta la admiración, lamía con paciencia la ribera de arena blanquísima. Algunas muchachas hacían sonar sus pláticas de adolescencia como maracas vistosas aunque sencillas. La tarde se cargaba de un fuerte perfume a mar. Todo este paisaje me preparó para uno de los propósitos con los cuales había viajado a la isla: conocer al poeta Fayad Jamís, autor de algunos de los más notable versos escritos luego de la década del ’50: «Auschwitz no fue el jardín de mi infancia. Yo crecí / entre bestias y yerbas, y en mi casa / la pobreza encendía su candil en las noches».
En Lima, por entonces, y pese a la innegable celebridad de que era merecedora la poesía cubana, poco se conocía de sus poetas que no fuese más allá de leidísimas antologías. En la década del ’70, quienes por entonces paseábamos con cierta soberbia el emblema de la poesía joven, nos dedicamos a una caza singular: la consecución de libros personales de los poetas cubanos. Fue así, y con bastante fortuna, que me topé en una feria de libros con un volumen deslumbrante: «Abrí la verja de hierro» en edición cubana, escrito, dibujado y diagramado íntegramente por su autor: Fayad Jamís.
Aunque por entonces mi ávara colección de libros de poesía tenía algunos otros títulos cubanos, éste fue el libro que más leí. Fuertemente impresionado, sometí la poesía de Fayad a reiteradas lecturas y algunas experiencias que hoy me parecen sinceramente alucinantes. Uno de los poemas del libro, «Retrato de una mujer y versiones sobre su (hipotético) asesinato», trata de una muchacha, Mariannik (que después me enteré era el nombre de una vieja novia de Fayad), que a pesar de su candor trabajaba en un bayú, como se le decía en Cuba a los burdeles. El poema me estremeció y, para probar que su eficacia estética iba más allá del público habituado a la poesía, fui con él bajo el brazo a un bulín, como en el Perú se le llama a los burdeles.
La cortesana que aquella noche me recibió en su habitación vio con sorpresa como un muchacho se dedicó a leerle un largo poema en vez de dar rápido trámite al comercio carnal. «Sí, está bonito», me respondió cuando le pregunté qué le había parecido el poema de Fayad, «pero -quiso saber- ¿quién es ese que le hace poemas a las putas?». Observé su asombro tras su semidesnudez y su maquillaje ajado de flor oscura y nocturna. No, no se debía parecer a Mariannik. Sin saber qué retrucarle, salí de su habitación esperando que la magia de la poesía pudiese dar su propia respuesta.
Cuando por fin conocí a Fayad en La Habana, no le conté este episodio de auténtica emoción surrealista. No sé si porque me faltó tiempo o porque me atemorizó la probabilidad de que lo desaprobara. Frecuenté su departamento en un cuarto piso de un soleado edificio habanero del barrio de Vedado varias de esas tardes apacibles. Por cinco y hasta seis horas hablábamos de poesía, de música cubana -otra de mis debilidades-, de los lugares y las cosas que había visto en México y París, de las claves de algunos de sus poemas, sorprendido de que los conociese. Para entonces también había leído «La pedrada», otro de sus libros.
Con amabilidad que agradezco aún ahora, me mostró sus dibujos, sus tintas, algunos escritos que acababa de empezar, aquellos tomos de papel blanco empastado en cuero que utilizaba para anotar poemas y realizar dibujos, sus sobres de carta a los cuales había usado como lienzos para dibujar sobre ellos y con infinita paciencia recordaba anécdotas de Beny Moré que yo le urgía a narrar. En esas tardes habaneras, naturalmente, brotó el sol de nuestra amistad. Me confesó que casi no salía a la calle, que un sobrino suyo le llevaba café y algunos bocadillos, y que sigilosa y oportunamente, algunas amigas lo visitaban de vez en cuando. El resto del tiempo, todo el tiempo, Fayad lo usaba para escribir, dibujar o pintar.
En La Habana, el poeta había convertido su departamento en un recinto de generoso dispendio de su talento. Sobre una mesa larga que dominaba una de las habitaciones, tenía instalada una antigua máquina de escribir con un papel apresado en el rodillo y a un costado libros abiertos, papeles, diccionarios. Más allá estaban extendidas hojas de papel grueso, tintas, plumillas. A un lado de la mesa un caballete sostenía un lienzo que Fayad había comenzado a trabajar. Para el poeta, eso me pareció, el trabajo era una inaplazable manía.
Su genio no sólo se había encarnado en «Abrí la verja de hierro» (donde figuran algunos poemas memorables: «Auschwitz no fue el jardín de mi infancia», «12 y 23» y aquel sobre Mariannik) sino también en «Los puentes», donde se lucían poemas espléndidos: «El ahorcado del café Bonaparte», «Vagabundo del alba» o «Por una bufanda perdida». Esos libros eran la muestra depurada y maravillosa de un estilo que dominó la poesía latinoamericana entre el ’60 y el ’70: el coloquialismo, aunque recuerdo que a Fayad no le era amable el término.
Su primer libro, «Los párpados y el polvo», lo había publicado a los 24 años, donde la principal influencia era de la célebre revista «Orígenes», que dirigía ese monarca voluminoso y genial llamado José Lezama Lima. «Los puentes», que publicó luego en 1962, sirvió para instalarlo con justeza entre los mejores poetas de habla castellana; según la mayoría de sus críticos, éste es su libro cumbre aunque Fayad prefería «Abrí la verja de hierro», editado en 1973.
Publicaba poco si es que notamos su dedicación casi absoluta a la creación (siete libros hasta sus muerte, ocurrida en noviembre de 1988), pero algo de tiempo le robarían los largos años dedicados a la diplomacia en México, que lo habían dejado extenuado, según me confesó. «Ahora quiero ser solamente poeta», señalaba. Sin embargo, por su justa celebridad en Cuba, no podía deshacerse de ciertos compromisos, como los de integrar jurados de concursos literarios, que él sobrellevaba casi hasta con alegría. «A todos les pongo observaciones en los márgenes, para que vean que sí se les ha leído atentamente», me contaba. Varias vocaciones deben haberse salvado por ese generoso gesto suyo.
El día que me despedí de él en La Habana, una brisa estival recorría la tarde como una duna de arena húmeda, que perezosamente se acercaba hasta el balcón de su departamento donde conversábamos. Abajo, como el vestido de fiesta de una muchacha disipada, brillaban los primeros candiles de la noche habanera. Fayad me puso una mano en el hombro y me llevó hasta la balaustrada. Un incendio de sombras se abatía sobre los muros amarillos de las casas soleadas durante el día.
–Así es como quiero que recuerdes a La Habana cuando estés en Lima– me señaló. La ciudad empezaba a parpadear.
Así lo hice, hasta que en 1986 nos volvimos a ver, esta vez en Lima, ciudad que el poeta visitaba por primera vez aunque en «Vagabundo del alba» había una mención al Perú. Desde el primer día de su estadía nos frecuentamos, casi todo el tiempo por cerca de tres semanas, hasta que prácticamente dejé de trabajar con el fin de atender, de muy buena gana, su formidable cariño. El tiempo que compartimos lo dedicamos a pasear por Lima, a sentarnos en algunos de sus macilentos cafés para continuar nuestra interrumpida conversación sobre poetas y poesía, a buscar tintas, papeles de texturas especiales, pinceles, plumas y artesanías, por las cuales sentía una verdadera pasión (yo ya había visto en La Habana su colección mexicana) y de las que era conocedor.
Tácitamente declaramos la libertad del tiempo. Nos deteníamos horas en los kioskos de periódicos, a comentar los increíbles titulares de la prensa sensacionalista, que Fayad compraba y recortaba con la esperanza de usarlos en unos poemas que planeaba escribir. Cierta vez, al oír una melodía que yo identifiqué como una guaracha cubana, nos detuvimos a discutir, sin prisa y con pausa, como si en ese detalle se nos fuese la vida, quién sería su intérprete y si era o no cubana. Como después de más de media hora de derramar nuestra sapiencia en plena calle (varias gentes nos miraban ya perplejas) no pudimos ponernos de acuerdo, subimos al balcón desde donde había provenido la música a dirimir el debate. La dependiente de una casa de ventas de discos nos indicó con la mano una fila de casi dos metros de discos puestos de canto. La búsqueda fue poco menos que imposible. Después de una pesquisa que se prolongó por casi dos horas («Mira qué disco más raro es este, seguro que su historia es…», «¡Ah! Yo escuché esta versión en México. Fue cuando…»), salimos sin hallar la grabación. «No era cubano», se aprovechó Fayad para sentenciar mientras bajábamos las escaleras. Quizá.
Antes de regresar a Cuba, la embajada cubana en Lima le ofreció una cena donde concurrimos algunos poetas peruanos. Luego de la comida, y cuidando que los demás no nos fuesen a pillar, me entregó una cartulina enrollada, envuelta en papel periódico. Era un dibujo con témpera y tinta que había hecho en Lima.
–No creas que porque estoy de visita he dejado de trabajar– me dijo ante mi asombro. Puesto que nos veíamos a diario, nunca supe a qué hora podía haber hecho ese dibujo.
Antes de irse prometió volver a Lima, para exponer sus sobres dibujados que ya había exhibido en La Habana bajo el nombre de «Fayad Jamís sí tiene quién le escriba». No cumplió, no pudo. Se lo impidió el cáncer, que como una zarpa oscura le rompió el corazón, aunque inútilmente: vuelvo a ver la ciudad que el poeta me mostró desde su balcón, leo nuevamente sus poemas impecables, oigo su voz en el disco que grabó en México donde leía algunos de sus textos más notables. Entonces siento que Fayad algún día volverá y soy yo al que se le desgarra el corazón bajo el menudo y afilado estilete del dolor.

publicadas por Diego Alonso Sánchez

DOS POEMAS DE MARGARITA GARCIA ALONSO en La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA

In AmiGos, Cuadernomar, Margarita Garcia Alonso on 22 octobre 2015 at 11:35

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2 mars 2014

DOS POEMAS DE MARGARITA GARCIA ALONSO

LA DEL VELO 

Yo voy con el velo a todas partes

y regreso con el velo y una manta a casa.

En el índice, el dedal

acoteja manzanos bajo un cielo

desesperado de grises

que desde el faro,

sobre toda la Normandía,

promete rasgarse.

En el bolsillo, un libro descarnado

me adentra en el país que huyo.

Un libro que crece

como una flor carnívora

se alimenta de mi matriz

y mancha de rojo coral a la paja.

Coral que en el puerto

convierte el dique en isla

a merced de mi velo,

de mi encierro sin éxtasis.

Liviana como una tablilla

de copos de trigo

suspendida sobre la cabeza

como un viejo manuscrito

prometo derrumbarme en polvo

de todo lo que falta.

 

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OFICIO AGUADOR

El aguador está para repartir sorbos de fama,

la sed es inmensa, la aridez aplana

la callejuela donde tarda la primavera.

Viene de muy adentro la nieve que quema

he leído a Maupassant, Rilke,

Rimbaud , Céline,

a cuanto buen francés, chino, japonés,

inglés, español de letras

supo antes que no alivian.

Me he sentado en sus camas

he tocado sus puertas,

me he inclinado en la ventana

que da al Sena

y he llorado por Hugo,

quien escucha a su hija

ahogarse frente

a los granos de tulipa

que viene de sembrar.

Me he apoderado de energías

que deambulan en aposentos normandos,

energías que destruyen la cuerda

con que el jardinero traza

un sendero de helechos bifurcado,

a prueba de racionalidad.

Van a repartir versos,

inspirados en inviernos

que se repiten como trenes de carga,

año tras año amaestran al Hombre.

Ahora mismo el puntero escribe nieve

como si degollara un toro,

con la destreza de un soldado

que se da a la lírica.

La sangre en el recipiente

huele a crimen mal pagado.

Si se me escapa la gota que mancha

la gota que salva de la sed,

de la esencia de la muerte

arrastro un coro de niños al

oficio del domingo

pero me da por repetir salmos

hasta que escampe.

Me consuela pensar que

si llega a ultramar este texto

podrán traducir la soledad,

podrán traducirme,

ya acepto

que no hablamos la misma lengua.

La campana de la iglesia

de Santa María de Le Havre

llama a los sedientos

han cortado flores en jardines orientales

han adornado el altar con encajes antiguos

la mano se desliza del bolsillo

a la jarra anunciadora de líquenes

putrefactos y todo en medio de escalones

que ascienden a una línea divisoria del vitral.

El vagabundo a la puerta del templo,

el sin techo en la palizada de Europa

duerme en el canto donde reparten,

como si fuese porción bestial,

la nota del ángel,

como si pudiesen abaratar la hambruna

y convocar tras el meadero público

una súbita caída de vino a tropel.

No hay mérito en vivir en esta cuadra del mundo

no hay mérito ni imaginación cuando cuento

lo que regala mi calle pues

el sordo organillero de la iglesia

machaca con sus pies el instrumento

y en cada pestañeo el mendigo alza la nota.

Estoy en la fila, siempre he estado en colas

que avanzan como culebrillas por comida,

por ropa, por papeles,

por los poetas muertos

sin inventar el himno que me salve

 

de esta visión apocalíptica.

Del poemario, El centeno que corta el aire, Betania, 2013

 

Ilust: Margarita García Alonso, Destination Paradiso

Poemas inéditos de Margarita García Alonso en Efory Atocha.

In AmiGos, articulos, Mis libros on 15 octobre 2015 at 10:54

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Tres poemas inéditos de

Margarita García Alonso

by  • 14 octubre, 2015 •

 Literatura Cubana, Margarita García Alonso,

Poesía •

Badtrip

Existió una persona que podía entenderme.

Pero fue precisamente, la persona que maté.

Ernesto Sábato.

Quise ahorcar

el sueño,

de un muerto

ser el muerto

que traduce taquicardias

convencerme que fue breve

a-penas

descomposición  de la pupila

posada en  el hueco de la puerta

mi bulbo, mi tubérculo

mi frondosa exageración

desató nudillos

cuando corté la  rama A

los pájaros del Monte Eerie

no están  al alcance

de la belleza.

Estoy  en el  lado B

bautizando calles

pobladas de perros

a  la sombra del árbol C

tallado a la altura de

alineamientos eléctricos

veo a los

amantes que  entran al  mar

con sus ojos fundan

una casa de arena

entre las rocas y la batiente ola.

Pájaros,

siempre  los pájaros

huyen  de la ciudad

al Monte Eerie

sobrevuelan  raíces,

cuando en el taller modelo

Hombres y caballos en barro,

ríos del paraíso en el cuerpo

el mal en la manzana

envuelta en el fino papel

desgarrado del exilio

en mis dedos

se enredan hilos,

huele a bosque en verano,

el  fuego,  lejos  la costa,

en éxtasis

sobre una alfombra de sangre

destrozo  las manos

cuando  el verdugo

con una rosa en el sexo

desea ser perro o navaja.

**

Resoluciones del infierno

 

Parce que tu es tiède, et non froid

ou brouillant, je vais te vomir de ma bouche »

(Apoc3, 15-16-) L’ange de l’église de Laodicée.

La pequeña estrella

en la oscuridad

de la colina

a ti de descender

y  cortar sombras

a ti de descender

a la fragilidad,

a la línea de brumas

hasta  el horizonte

donde reposa  la luz.

**

Mi madre y  Fríedrich

Cuando la princesa von Homburg

regaló un piano a Fríedrich

este cortó casi todas las cuerdas.

Con las   cuerdas sanas

improvisó un diálogo

monástico junto al  diablo

sobre  un horrible cuadro

de veleros estancados

en manchas de óleo.

Mi madre no  entiende

qué hace un barco varado

en  el azul Prusia.

Me  escribe para ser entendida

cuando riega los cactus.

Me afino, juro que afino

pero poco puedo hacer

con  un instrumento

troceado.

Tampoco mi poesía se entiende,

la escribo para no ser entendida.

Hölderlin  traduce  mis notas

con un tenedor de cocina

al que le faltan dientes.

Mi madre  se  agota

en la formulación

de cualquier palabra

que  escribo.

Mi madre ha pactado con Fríedrich

para que descuartice

– uno a uno-

los filamentos de la memoria.

Día y noche, años de ausencia,

sola en el diluvio de palabras,

arranca en el huerto

la finísima pelusa

de los ángeles.

***

Poesía inédita de

Margarita García Alonso

by  •

8 octubre, 2015

Literatura Cubana,

Margarita García Alonso,

Poesía • 1 Comment

Se ve Clarita-clarita

“Se ve clarita-clarita el ave que en ese momento pasaba.”

José M. Fernández Pequeño

Escribo, escribo

y  no ensarto la aguja

desbocada

-en el abismo el ojo-

des-boca-da

me parto  los dientes.

Las palabras afloran,

poco importa

ser caballo o mendigo

si piso una tierra

que no me pertenece

la tierra miedo,

la tierra de nadie.

Soy la que elije

sacrificios

frente a la puerta

desnuda

se acumula la nieve

en noche intensa.

Si  inclino la cabeza,

si te  enseño  a trenzar

desencadeno temblores

en la pelvis de Cristo

y vas a  lengüetear

la piedra calcinada

de tu  rodilla.

La hija que  tuvimos

nació del vientre de otra

y he sido brutal

una tras otra la angustia

suda mares en mi cabeza

si la avellana cae

sobre la roca

me dispersa en salitre,

en  mínimas cuentas.

Todo fue  hermoso,

todo es hermoso

desde el agua

la superficie corta el aire

se ajusta a concéntricos

deslizamientos de moluscos

y  en el fondo yace la piedra,

el  corazón encercado por

el río profundo de la memoria.

Huele a niño

no hay forma que despegue

su camisa de mis ojos

llegué  muerta a donde iba a morir,

estaba  solo

tan solo que podía confesarlo

tomé  su mano

en infinitas vibraciones

se me han agotado los dedos

de acariciar su pelo

en  todos los vientos.

La letra vale sangre

en correos antiguos

pero al nombrar

te- ti- contigo

monta el  reflujo gástrico,

se desmantela el coxis,

mi  hígado se ensancha

de materias insanas.

Fue en Madrid,

no podíamos

estar mejor

que muertos

a la salida del Metro

en la hora fatal del atardecer.

Cada espiral  repite

incansablemente

donde quedamos

cada espiral  repite:

alma de perra,

ojos de perra,

uñas de perra

arrastrada en

callejuelas

donde olisqueé

un sin fin de coincidencias

con  las que acostaríamos

a desconocidos.

Todo es hermoso,

un  pájaro picotea  su frente

y el  tatuaje   se agranda

queda el hueco

a merced de las moscas

cada verano caluroso

la entrepierna

forma aspavientos

de riachuelo,

y yo perra

tras el hueso desprendido,

la fractura  donde  la ciega

nos  reúne

en su bocaza

somos pasto

con  pavor a esparcirnos

en el incienso

de catedrales bordadas

en el susto de  vitrales

frente a devotas

de rarísima pureza

que depositan azucenas,

galanes de noche,

sobre un Hombre lacerado

si respiramos

si nos miramos

el polvillo cae sobre el haz

de luz de la matanza.

A diario he matado

en mi pecho

el banderín de la masacre

tiñe de rojo las nubes.

Es hermoso como descienden

las aves carroñeras

como desciende

la mano del mago

a  la capa  poblada de bolsillos,

retazos,   zurrones

de lo que es

cadáver de esperanzas.

Es hermoso,

la muerte  me sopla

este desaliento

con  más fuego que todos los fuegos

de la creación del mundo

te veo caer

y no te sostengo,

caes, caes, caes

como caía su baba

en mi bocaza de perra

pero no temo,

me acostumbré

el  lenguaje choca

en mi diente partido

cada vez que escapa un tren

de cualquier estación del universo

una brizna de paja

en mi boca

tu semen en mi boca

me convierte en simiente

de cualquier   tribu nocturna

en la  frívola ciudad

escupo la noche

junto al camión de la basura.

Cada  amanecer pegados al  moho,

relampagueando

la violencia infinita

contra el apestoso mundo.

Y aún sin facciones eres hermoso,

mi poro colorea el polen

tijera en la mano

deposito mujeres

en  la cama de mi amado

para que me convierta

en  anti concepto

luego  bordo iniciales,

con  el profundo ardor

que imita su plenitud

iniciales que envío a Venecia,

de una isla  a otra perdidas.

En el filo del  vaso

la sangre  colapsa

cuando aseguro

que  es perfecto.

La tranquilidad de las nubes

sostiene la tormenta

circunciso la lengua

si  creo / niego

sobrevivir

en  la catástrofe.

Me enfrento a descabellados

planes amatorios

de pulgas en bibliotecas

pero vale más la droga o la mirra

que la sentencia

mi  amor es  la sombra,

el  ritmo desenfrenado

que lleva al trance

lejos  de la melisa que adormece

la hora fatal  11

-nadie repita once

o caen muertos             a ras cielo-

La tinta que grabó

el brazo de mis antepasados

renace en  la biblioteca de Praga

dos lanzas atraviesan

mis costillas,

el pretérito  cíclico

tasajea al planeta

con  hilos de acero

las familias se arrastran

en el fango de las fronteras,

los niños avientan

caballos de miedo

mientras  ululan las sirenas

que  detectan humano

en el bosque,  abedules

de corteza  blanca

reflejan la dimensión

donde serán otros

Todo es hermoso y queda atrás,

hasta mi vida.

II

En mi nombre,

a partir de este instante,

los Hombres destruirán

cartas de racionamiento

pasaportes, números de espera

filas de espera, diplomas,

cualquier  identidad

que limita.

Pronto partiré,

-mas estoy sana y  fuerte-

mi paso ha sido

una infinita  despedida,

de una brevedad sospechosa

mientras canto crecen

plantas del paraíso en tu frente,

la fruta del placer

roza con la

partícula insumisa

el todo  oculto

bajo  la  borrasca del verano

los   niños saltan

a ventanas trazadas con cal

en el pavimento

ventanas que conducen

a corredores  salpicados de galaxias

que encuentran  redención

en  la poesía.

Cae la  lluvia

al amanecer, al mediodía, en la tarde

en todas las plazas depositan

la patética  individualidad

llamada Ser.

Y yo en la fuente equivocada,

-la fuente no es  donde caes,

es el vientre

inundado de  sangre

que  te envuelve-

he estado lejos

como  un puntero filoso,

reducida a  un soplo

mi único amor se expande

en una onda atómica

e irradia  a  los pájaros

que detienen  su   graznar.

Mi ojo en su ojo

descontrola el universo antiguo,

inventa un orden

donde no me responsabilizo de nada

mundo ajeno

licuado  en  la saliva

que  meo  contra- muros

para que no se apoderen

de mi corazón

tapizo  calles, barro  el océano,

despierto húmeda

por el rocío  de alcoholes

de plantas maceradas

y reaparezco  en la yema de tus dedos

-esta mancha no es  la tinta

de mis absurdos escritos –

es mi vagina  que destila

como si estuviese de paritorio

la sofisticada

leucemia del totalitarismo.

La  vejez en mi cara

cuando  te  lego:

me   han usado

en  el experimento humano,

pero mi caso se ha  perdido

en los archivos de inteligencia

de una dictadura

no puedo regresar a casa

no puedo regresar  a mi madre

que  amamanta

a una paloma helada .

Seré en eternidad  la  ausente,

que fabrica  bálsamos

sobre  una  pira de  libros

mientras escribo

esta camisola  que  lees

protegido en el zurrón de  mamá

envuelto ,

como cuando eras niño.

***

CAMILO VENEGAS escribe

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros on 30 septembre 2015 at 1:00

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Ella también escribe

Por

CAMILO VENEGAS

No recuerdo el año exacto, pero fue durante ese largo final que tuvo en Cuba la década de los ochenta. Tampoco recuerdo el motivo, solo sé que las luces de la sala estaban apagadas y Roberto Fernández Retamar pidió que las encendieran porque entre el público estaba su querido amigo Fayad Jamis.

Descubrimos al poeta en uno de los extremos, con una venda en el cuello y abrazado a una muchacha que lo sostenía en pie. “Ella también escribe”, dijo alguien a mi lado. “Pero está buenísima”, aclaró otro. Dos o tres semanas después leí en la prensa la muerte de Fayad. Había oído muchísimas veces la palabra “viuda”, pero era la primera vez que la pronunciaba: “¿Cómo está ella?”, pregunté.

Un año después, me invitaron a un encuentro de escritores que se celebró en la playa de Rancho Luna. Coincidimos en el hotel con una tormenta tropical. Los aguaceros y las rachas de viento convirtieron las áreas comunes en una zona de desastre. Por eso la mayor parte del tiempo permanecimos en las habitaciones, sin poder salir a nada.

Yo compartía la mía con Alfredo Zaldívar y justo al lado de nosotros estaba la de Wendy Guerra y Margarita García Alonso. A Wendy la había conocido años atrás, una tarde que me invitó a una crema de queso en el Wakamba. A Margarita la había visto una sola vez, aquella noche en que encendieron las luces de Casa de las Américas y apareció abrazada al poeta.

Hace unos meses que nos volvimos a encontrar y, aunque ella sigue en Le Havre y yo en Santo Domingo, de vez en cuando nos encerramos en una habitación de Facebook para seguir conversando y esperar a que pasen nuevas tormentas. En un intercambio de esos, llegó un poema mío a uno de sus blogs.

Mi texto regresa al mismo lugar de siempre, con la esperanza de rencontrar algo que no supe esperar. Su bitácora, en cambio, sigue hacia delante, convocando a todos los que estén dispuestos a librar sus sueños. Sí, ella también escribe y pinta y dice lo que piensa, como si no quisiera que nada más se muera a su alrededor.