Declaración de independencia de José Fernández Pequeño

Margarita Gacia Alonso Gif’s

viernes, 29 de abril de 2016Declaración de independencia

Porque escribir es a veces eso,
observar y apropiarse de la basura ajena.

Maurice Sparks y/o Ernesto G.

–¡Por favor, no vuelva a decir que es increíble! –protesta con el celular apretado contra el oído izquierdo y viene a recostarse de mí.

Conozco cada reacción suya, cada impulso que sus decisio-nes –igual las muy meditadas como las más irreflexivas– ponen a circular por ese cuerpo menudo y casi siempre en tensión. Hace mucho aprendí a leer lo que siente a través de sus contactos y puedo asegurar que ahora mismo está al borde del colapso. Mientras escucha, saca con la mano derecha uno de los libros alineados en el quinto estante, contando de abajo hacia arriba, y lo muñequea bruscamente, como si necesitara comprobar que no hay algo peligroso escondido entre las páginas. Son las Ficciones de Borges, lo confirmo cuando tira el volumen encuadernado en rústica y formato seis por nueve sobre la mesa de trabajo para despegarse de mí reclamando al pequeño transmisor:

–Siete años sin escribir, siete años de espantosa sequía, y ahora que por fin regresa el impulso, ocurre esto… ¡dígame si no es cruel!

Y comienza a pasearse frente a mí, de pared a pared, ida y vuelta desde la puerta que conduce a su dormitorio hasta la ventana que da a la calle, a una ciudad que él no se ha cansado de maldecir –páramo, desierto, estercolero de engreídos, nido de superficiales con dinero, eso y más la ha llamado– durante los últimos siete años.

–Nada de eso importa ahora –tira un golpe al aire con el brazo libre–. Lo que escribo aparece luego cambiado, dígame qué parte de esa desgracia no entiende y se la explico otra vez.

Detiene su ir y venir. Se congela con los cinco dedos de la mano derecha unidos y muy cerca del rostro, mientras respira angustiado la voz que ha de estar vibrando en las entrañas del aparato y los huecos en sus mejillas se ahondan todavía más.

–¡No quiero calmarme! –explota al fin–. Ayúdeme a encontrar una explicación, que para eso usted es el autor y se inventó esta bronca del escritor emigrado y la ciudad hostil, ¿cómo va a venirme ahora con que no puede controlar un conflicto que usted mismo imaginó?

Camina hacia la mesa de trabajo, toma una hoja de papel que ha estado todo este tiempo sobre el monitor de la computadora:

–La otra noche escribí –y lee–: «De cierto modo, adoro los caminos inciertos», y cuando me levanté a la mañana siguiente decía «De cierto camino, adoro los modos inciertos», ¿ve? ¿Considera que algo así es aceptable?… Qué va, olvide el mambo y cante bolero, no hay posibilidad de error. Otra cosa no tendré, pero buena memoria me sobra… Mire, ayer mismo escribí –y vuelve a leer–: «Ahora encuentro mis historias por doquier, a menudo en la basura ajena», ¿y quiere saber cómo apareció esta mañana? Pues «Encuentro ahora la basura ajena por doquier, a menudo en mis historias».

Se sienta sobre la mesa de trabajo, de espaldas hacia donde estoy, lo que me ahorra sus ojos enrojecidos, la expresión de desamparo que hace lucir más salientes aún los huesos de sus pómulos.

–¡Vaya! –exclama, y se da un golpe en el muslo con la mano que todavía empuña el papel–, así que escribir es en sí mismo un acto de traición… ¡qué frase tan bien compuesta, lo felicito! Pero, ¿sabe qué?, no me sirve de nada. Si no es usted, ¿quién cambia lo que escribo? ¿El gato? ¿El librero? Como están las cosas, a lo mejor el librero aspiró un soplo de vida y ni usted ni yo nos hemos enterado. ¿O seré sonámbulo? Eso, ¿andará suelta por ahí una manifestación salvaje de mí mismo que reescribe mientras duermo o estoy en la calle? Porque las palabras no cambian solas de lugar, ¿o sí?

Y bueno, en ese último aspecto discrepo de su razonamiento, incluso podría facilitarle dos o tres libros de entre los que él mismo ha colocado en mis estantes para estimularlo a revisar sus criterios sobre los hábitos de las palabras, o por lo menos a tomar en consideración el carácter revoltoso de ciertos escritos… Pero mejor dejamos ese ejercicio para otro momento, no es prudente contradecir a una persona como él cuando está así de alterada.

Ilustración: The writer isolator, de Margarita García Alonso.
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Margarita García Alonso: Periodista, poeta y artista visual cubana. Es una de las personas más ocupadas del planeta. En la mañana escribe mundos que echan a girar apenas salen de sus manos. La tarde la dedica a una investigación sobre el modo subjuntivo en la comunicación afectiva de las flores. En su tiempo libre se desempeña como reina en Groenlandia… sin remuneración, claro. Y en la noche, mientras parece dormir, en realidad ejercita la cuántica, lo cual le permite hacer audaces dibujos para textos que sus amigos alguna vez escribirán, aunque ellos todavía no lo sepan. ¿No me creen? Pues solo hagan clic sobre su nombre.

José Fernández Pequeño
Escritor. Vive en esa tierra firme de la edad en que ejercer la memoria resulta un privilegio. Para más información, ver: http://www.linkedin.com/in/fernandezpequeno21

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Poemas de Margarita García Alonso en LETRALIA

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Poemas Margarita García Alonso en LETRALIA
Poemas: La cubana Margarita García Alonso nos ofrece seis muestras de su obra poética en Letralia, Tierra de Letras, la revista de los escritores de habla hispana, editada desde 1996 por Jorge Gómez Jiménez en Cagua, Aragua, Venezuela.

Margarita García Alonso
Periodista, poeta y artista visual cubana (Matanzas, 1959). Reside desde 1992 en Francia. Autora de diez poemarios, novelas y cuadernos de arte. Licenciada en periodismo de la Universidad de La Habana. En Francia obtuvo un máster en industrias gráficas. Posee numerosos premios de pintura, artes visuales y literatura. En Cuba fue directora del semanario cultural Yurumí y editora para Casa de las Américas. Dirige Editions Hoy no he visto el paraíso.

Portada para colección Poesía de la Editorial Letras Cubanas, La hija del reo, Sonia Díaz Corrales. Ilustraciones: Margarita García Alonso.

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Acaba de salir, por la colección Poesía de la Editorial Letras Cubanas, La hija del reo, de nuestra entrañable poeta y narradora Sonia Díaz Corrales. Ilustraciones: Margarita García Alonso.
Comparto el prólogo que Ileana Álvarez escribió para esta edición:

A UN PUENTE NO SE LLEGA DESDE EL MIEDO: SONIA DÍAZ CORRALES EN LA HIJA DEL REO

Sonia Díaz Corrales, en uno de los poemas que conforman La hija del reo, exclama: «La libertad le cuesta a una mujer / innumerables pérdidas». En esta cortante confesión, expresada con naturalidad, y no sin dramatismo, puede hallarse quizás la clave sobre la cual descansa la poética de este libro. Es la arquitectura de la búsqueda de la libertad interior, la situada más allá de los estereotipos y normas que entretejen la sociedad, las tradiciones y los convencionalismos, con más estrechez en las pequeñas ciudades de provincia, espacio donde vivió y creció la autora. En este viaje exploratorio hacia el centro de sí, en un intento de alcanzar «su definición mejor», la poeta paradójicamente experimenta la fragmentación del universo mínimo labrado en el espacio de la ensoñación. Vivencias, miedos, dudas, querencias, los paisajes en los que creció, o los que alimentó con su imaginación, solo son recuperables a través del movimiento en espiral de la palabra poética, que ella sabe evocativa y liberadora.

Sonia pertenece a la generación de los años ochenta, de la que muchas voces principales —como luego pasaría con la de los noventa— andan desperdigadas por el mundo, asiéndose a universos íntimos que beben del tronco común de la memoria y el paraíso perdido de la infancia que dejaron atrás. Defienden espacios fracturados por la partida y el exilio, a los que vuelven una y otra vez por el acto emancipatorio del sueño y la palabra que corporiza la nostalgia y el dolor. De esta generación, que fragmentó el centro de poder cultural habanocentrista y patriarcal, al hacer surgir desde el interior del país un grupo de poetas de una innegable y variada calidad —algunas mujeres—, se destaca la voz tenaz, natural y desgarradora de esta escritora nacida en Cabaiguán. Los poemas que conforman La hija del reo fueron escritos en esos años de búsquedas estéticas y reafirmaciones utópicas, no obstante lo perturbador que pudiera aparentar una concepción de la poesía que pretendía subvertir las pautas marcadas por el discurso decadente y vacío oficializado en la década anterior, y que tanto daño provocara a la cultura nacional.

En La hija del reo están presentes muchas de las obsesiones de esta generación del cambio. El libro, solo después de muchos años de haber sido escrito, hoy termina su examen como inédito, y va a salvarse para los fieles lectores de la poesía cubana. Aquí se percibe una lectura inteligente y dialógica con la tradición literaria hispánica y la cultura judeocristiana, donde la poeta, en su avidez por iluminar lo que hay de oscuro e inteligible en su dimensión ontológica, descubre los puntos que la acercan o alejan de esa tradición y cultura. Sobresale, dentro de la poética de Sonia, un manifiesto interés confesional y testimonial. Con una desnudez a veces ríspida, a veces tierna, revela un mundo complejo y agónico: «vacía estoy / y harta / como el más abominable de los seres». Busca con fuerza el sitio que le corresponde, y es un lugar diferenciado de la manada que la rodea y amenaza anularla, un espacio muy personal, con toda su gama de claroscuros, sus texturas delicadas y ásperas. Cuando se muestra frágil o inasible, no deja de practicar un arte de la resistencia y recurre a cierto matiz irónico y hasta cínico, en legítima defensa: «necesito pastar con elefantes / son vegetarianos y tiernos». Para sortear excesos emotivos y evitar el desdibujo catártico, acude al contrapunteo de planos sentimentales y maneja con sutileza, entre otros recursos de distanciamiento, la ironía. Así explora salidas menos trágicas a sus angustias, a sus propias incongruencias, soledades, pérdidas, en un manejo de su respiración con consecuencias lógicas y lúcidas, que la aleja del pesimismo estéril y del melodramatismo, aunque, por cierto, tampoco le teme a este, pues la imagen de sí misma que prefiere está, de tan natural y espontánea, también asimilada dentro de los tópicos y rasgos comunes de la sensibilidad poética: «aún tengo corazón / vean que digo corazón / en público / sin miedo a que me acusen de neorromántica».

El uso de la ironía provee a sus versos de una hilaridad que la llena de ímpetu y la lleva a seguir viaje, que la levanta y le limpia la sangre de las uñas, el fango del cuerpo mutilado por el desamor y las interrogantes sin respuestas: «Lástima / no se puede tener al unísono/ una casa de cristal / y una manada de elefantes / cosas tan absolutamente necesarias / y hermosas».

En la necesidad de afianzarse en su condición fabuladora, Sonia subvierte también los roles tradicionales achacados a la mujer. Desde el título, La hija del reo, que contiene las marcas de opuestos géneros y lazos de consanguinidad y culpa, la poeta avisa sobre su situación dolorosa, al margen. La imagen en Sonia se construye a partir de parábolas que tocan su experiencia personal; se trasluce una especie de ficcionalización de la angustia, pues el lector lee cada poema como pequeñas ficciones engendradas por la pérdida y la exploración de sí misma. En su obcecada indagación, sus versos transitan múltiples y arduos laberintos que a la vez contienen, a pesar de su singularidad, preocupaciones sintomáticas de mujeres que le son afines y padecen similares angustias. Todas las mujeres que contienen a Sonia y que nos hablan en estas confesiones descarnadas, y de cuidada transparencia, permanecen, aun en la caída —o el balanceo pertinaz de la existencia— por la fuerza del amor, por la valores consolidados en una intimidad esencial que detesta las fatuidades, por un heroísmo y un coraje silenciado en la cotidianidad, sin aspavientos épicos, y por esa búsqueda de la libertad interior y reafirmación del ser individual de que hablamos al inicio: «Mis mujeres se balancean sobre la cuerda tensa de su vida».

«Con el derecho absoluto de los que esperan en la oscuridad / con la tenue lastimadura de los tristes», innumerables pérdidas le ha costado a esta mujer la búsqueda de una libertad interior situada más allá de lo imperecedero de las normas que crean los círculos de poder, sean de la raigambre que sean; innumerables angustias que buscan, en un gesto generoso, compartirse sin mezquindades; sí, innumerables pedazos de su cuerpo y espíritu arrancados a sus años más hermosos. Pero, ciertamente, la poesía nunca la ha abandonado, pues como ella misma asevera en una entrevista: «Cuando todo se ha ido, la poesía sigue ahí».
Sonia pudo ser en realidad «alguien que se perdió en el frío / y ya no supo más / de los caminos del regreso», pero estaba la poesía, que la ha sostenido durante largos, duros años de ausencia, para indicarle que no todo son pérdidas. Ahí, su abrazo, su caricia, su mano redentora lavando heridas de la niña triste que deambula entre estos versos y que rehúsa ser sierva. Cerca, ahí, bien cerca, la poesía que le ha devuelto el viejo «tronco de almácigo que se llenaba de orquídeas enormes, violetas, y que tenían un raro perfume de canela», allá, en su natural Cabaiguán, y que ahora, con la siempre frescura del verso perdurable, puede compartir.

Sonia Diaz Corrales

Queridos amigos, por fin está disponible « La hija del reo », un libro de poemas mios de hace muchos años. Agradezco a Maylén Domínguez la bondad y esperanza con que trabajó en el y a Margarita García Alonso ( Margo de Groenlandia, mi querida Chacha) las bellísimas ilustraciones de portada e interior. Agradezco a Ileana Álvarez González por el hermoso prólogo que le escribió al libro y a Ricardo Riveron Rojas, en Letras Cubanas, por la valentía de retomarlo y apoyar su publicación.

Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales.

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Portada para « Los días del olvido » Antología de la poesía de Sonia Diaz Corrales. Prólogo de Manuel Sosa. Obra de cubierta e interior, Margarita García Alonso. Muy pronto en librerías y tiendas online. Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana!

El Fogonero en la humildísima eternidad.

Esta es la segunda vez que, en menos de una semana, Margo Reina de Groenlandia me obliga a escribir de ella. Agradecido como un perro, confieso que una foto publicada ayer en HOY NO HE VISTO EL PARAÍSO me hizo feliz por el resto del día; aun cuando se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba.

9 dic. 2015

Hoy he visto el Paraíso

En el año 2000, cuando llegué a República Dominicana, me sentí muy solo. Mi soledad no era física. Muchísimos dominicanos, a quienes siempre recordaré agradecido, me tendieron la mano por donde quiera que pasé. Mi soledad era por Cuba, por lo que tuve que dejar atrás, por lo que me vi obligado a abandonar.

El día que Alejandro Aguilar y Marianela Boán me anunciaron su intención de mudarse a Santo Domingo, di brincos de la felicidad (literalmente). Recuerdo que aquella misma noche, después del segundo Brugal, le confesé a Alejandro mi soledad. A ustedes no les pasará lo mismo, le prometí, porque ya hay un cubano esperándolos.

Por esa misma época nacieron las redes sociales y de, pronto, sin que me diera cuenta, me encontré viviendo en el mismo espacio que mucha de la gente que quiero y admiro. La Habana ya no es el lugar donde tuve una casa y que a veces añoro; pero el muro de Facebook de muchos de mis amigos, sí.

Un ejemplo de eso es la comunidad Hoy no he visto el Paraíso, creada por Margo Reina de Groenlandia (Margarita García Alonso, para lo que no la conocen). Ayer, sin ir más lejos, publicó esta foto. Aunque se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba, me hizo feliz por el resto del día.

“No más de 40 personas. ¿Quiénes serán esos dolientes que ahí aparecen, con sus sombreros a la rodillas…?”, se preguntó Sindo Pacheco. Se trata del 7 de diciembre de 1895. En un bohío de Punta Brava, de espaldas a una raída bandera y dándole la cara al olvido, los cubanos se despiden de Antonio Maceo, quien acababa de caer en combate.

“Guárdenla preciosamente, no duden en imprimirla, esa foto es la decencia cubana. Sindo, cuando la rescaté, lloré una tarde, es tan grande que me pongo de rodillas”, agregó Margarita.

Y aquí estoy, fijándola para siempre en El Fogonero. Ojalá que la humildísima eternidad de esa imagen no se me olvide nunca, incluso cuando ya no me quede memoria ni para recordar mi nombre.

 

Foto; Funeral del General: Antonio de la Caridad Maceo y Grajales. (Santiago de Cuba , 14 de junio de 1845 – Punta Brava, 7 de diciembre de 1896)

Las caras trocadas, en El Fogonero

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Las caras trocadas

Por Camilo Venegas Yero

La foto de Stalin que Margarita García puso en Facebook.

Hoy me levanté con algo de resaca. Anoche, gracias a una de esas detestables declaraciones que hace a menudo el cardenal dominicano Nicolás de Jesús López Rodríguez, Mario Dávalos y yo decidimos juntarnos y hacer lo que mejor sabemos hacer: abrir un buen destilado y sentarnos a tratar de arreglar el mundo.

Todavía tenía la vista borrosa cuando respondí una pregunta de Margarita García (esa Veuve Clicquot que vive en Normandía, reina en Groenlandia y brinda su inteligencia y su amor a medio mundo). Al pie de una foto de un ruso de 23 años, preguntaba quién era.

“Seguéi Esenin —respondí con prisa, para tratar de ganar el ‘concurso’—, uno de mis poetas jóvenes preferido. Promete muchísimo”. Entonces Margarita me aclaró que no podía ser Esenin, el amante de Isadora Duncan y el marido de una nieta de Tolstoi, porque se ahorcó antes de que le creciera la barba.

En verdad el retrato del joven apuesto correspondía a Iósif Vissariónovich Stalin, quien acabó siendo uno de los más terribles ancianos que ha tenido la humanidad. Con esta historia de caras trocadas empezó mi día. Gracias a ella, he vuelto a leer poemas de Esenin, algo que hice mucho cuando yo también tenía 23 años.

Te debo eso, Margarita, entre muchísimas otras cosas.

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Serguéi Esenin con Isadora Duncan.