En la Forêt de Montgeon, Normandie, France.

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fotos tomadas por mi hija Laura

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Me desperté durante tres años con un gato que me acariciaba, se llamaba Wiczy.

Me desperté durante tres años con un gato que me acariciaba , se llamaba Wiczy. Estuve en su nacimiento y le di nalgaditas para que respirara. Si me ponía triste, Wiczy saltaba a mi pecho, ronroneaba.

Hasta que enfermé de un amor inmenso por un jinetero cubano, de los que no respeta ni a sus compatriotas. Cuando me preparaba a seguir a este príncipe de la mentira, a quitar todo por vivir a su lado en Madrid, una pareja de amigos se empeñó en guardar a mi gato; normalmente cuando viajo la guardiana del edificio los alimenta, en plural porque vivo con Mimi, la mama de Wiczy.

Insistieron tanto que acepté, se llevaron a Wiczy a la fuerza, a su casona de inmenso jardín , donde lo soltaron. Mi gato extrañaba y se fugó en minutos.

 Durante quince días de la lluviosa primavera del 2006 recorrí el bosque de Montgeon, todas las calles de la ciudad hasta el mar y no le hallé. Estos amigos que le cuidaban no movieron las nalgas del canapé porque, en definitiva « era un animal ».

Wiczy era mi niño. No podia postergar la partida y me fui a Madrid donde lloré meses. Le escribí poemas, puse affiches, e inundé los sitios de « búsqueda » en  francés con la descripción . No tuve respuestas.

 Fue en el verano del 2006 cuando perdí el gato

y bajo la lluvia busqué su maullido.

En el bosque normando, envuelta en sombras,
deposité un platillo de leche y vigilé
siete noches seguidas a la vieja de la casona.

Pongo a consideración mi caso: 
es en el lado izquierdo que el vaso roto invoca
a la escama que desciende al pie
y me brusca el vientre donde escarban hormigas.

Yo tuve un hombre,
nada le era suyo, 
le inventé del gemido 
hasta el poro que cierra.

Pero tuvo éxito, engranaba 
palabras zurcía la creencia.

Durante años fui su puta
me inventé humana 
y nada me pertenecía
-del aire hasta el pulmón-
sonaba hueco.
Pero tuve éxito: colmé 
el exceso y la demencia.

No le faltaría razón: el resto ha sido 
de una humillación tremenda.

Estoy dispuesta a emprender el mismo viaje 
aunque el viento barra las callejuelas
y oculte al animal en cualquier parte.

Pasó entonces la catástrofe amorosa, un fin de semana en que el mancebo que me humillaba partió a fumar porros a la Sierrita, desperté subitamente, había dormido tres años con un rabioso callejero, que arañaba hasta cuando miraba y rompí con aquella pesadilla amorosa, regresé a Le Havre, donde pensaba morir. 

Pero el invierno del 2011, Wiczy regresó, muy delgado y salvaje. Regresó a los bajos del edificio donde vivo. Es la única persona a quien he traicionado, con quien no tuve palabra ni alma, y regresó .

 No quiere volver a casa, me responde por su nombre secreto « Bubu ». Nos damos cariños y todos los días le llevo su plato, su taza de leche, una manta, agua, le curo, pero tiene miedo de encariñarse y que le abandone otra vez. 

Este es el salvaje Wiczy del garaje , le amo porque es libre, como quisiera ser.

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