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AMARAR, DE MARGARITA GARCÍA ALONSO, LA NOVELA PREFERIDA DE Michita, una gata americana.

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso, Mis libros on 21 août 2017 at 6:27

Hace unos días, mientras recogía unos libros que estoy empacando « Michita » quería escuchar el mar que se ve en la portada de Amarar.. un bello libro de Margo.

Muy recomendado, igual que su poesía, se lee muy rápido, fácil y fluido, como todo lo de esta autora Cubana-Francesa, que vive en Normandie,
Margarita García Alonso. Me gusta.. y a mi gata tambien.

Amarar… buena lectura.

Beatriz M Fránquez-Nodarse

AMARAR, DE MARGARITA GARCÍA ALONSO

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La metamorfosis o “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso, en Signum nous

In AmiGos, articulos, Mis libros, prensa on 14 novembre 2016 at 3:17

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La metamorfosis o “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso

Autor: Sonia Diaz Corrales
Podría ocurrir que quien lee este escrito me suponga acodada sobre mi escritorio o recostada en un sillón, con el libro delante de los ojos, pero no se puede leer “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso, desde posturas convencionales, así que subí por las paredes y aproveché para balancearme colgando del techo, enrollada en un capullo, con pretensión de ser una oruga de mariposa, que finalmente se transformó en mí hablándole a estos versos, en muchas formas, como las que el propio texto utiliza, una polifonía que se adentra en todos los lenguajes con las mismas destrezas: derribar los límites, dejar constancia de su rareza, mortificar a los falsos, convencernos de que fuera del ahora, este o cualquier otro libro de poemas no tiene sentido.

Margarita García Alonso nació en Matanzas, Cuba, y desde 1992 reside en Francia. Es poeta y artista plástica y visual. Autora de doce poemarios, cuatro novelas y de varios cuadernos de arte. Licenciada en periodismo en la Universidad de la Habana. En Francia obtuvo el Máster en Industrias gráficas.[1]

“Cuaderno de la vieja negra” es un sostenido hilo de emotividad que va de uno a otro sujeto, unas veces habla la negra sabia, rabiosa, mentalmente ágil, precisa, otras sus alter egos, seres de luz de extrema timidez, que desaparecen en cuanto sienten que les podríamos reconocer.

Una cuerda muy fina, trenzada, nos conduce por los primeros poemas, breves, de versos cortos, entrecortados, se diría que balbucientes si luego este relato no se convirtiera en un sólido bloque de versos largos, matizados, dibujados, imprescindibles. No digo que esta será una lectura fácil porque mentiría. Será fructífera si encontramos ese hilo conductor y tiramos con fuerza, sin miedo, aunque todo desaparezca para retornar con brutal claridad: “lo perfecto / en el ruido / que se impone / donde hay silencio”. Nada indica dónde está el principio o el final, la idea delimita los espacios, se expande en función del mensaje que espera dar, o su omisión, que bien visto es también un mensaje: “hablaron de casualidad / cuando perdí la vista / no dijeron ciega”, cada giro nos muestra otro rostro de las protagonistas, otros símbolos para darnos mansamente la soledad que va creciendo como una escara en el mundo que nos cuentan: “nada ha cambiado, / nada cambiará, / la roca se deshace / en un polvillo inatrapable”. Nada delimita a la idea excepto la idea misma, que se expande como si no tuviera fin, como si cada palabra fuera una gota cayendo en el agua, rompiendo su superficie brillante, porque eso es lo que sería comprensible: “llegan noticias / —malas— / da igual, / —estoy sola—”.Y en este punto, habría que reconocer el poderoso dominio del lenguaje en estos versos, su rotundidad para establecer los términos de lo que expresa, nos convence de que, como las voces de este relato, todos estamos muy solos, solos de formas elevadas para comunicar belleza y solos de comprensión de nuestros cercanos instalados en la vanidad y la hipocresía, aunque no alcancemos en lo hondo de su soledad a las voces de la poeta, solas de madre y de amigos, de amor y de patria, solas de la más absoluta soledad.

El libro está atravesado por versos escritos en negritas, concretamente los primeros versos de los poemas, que vinculan de forma indirecta unos paisajes con otros, el ritmo conspira también en busca de esa relación que se va clarificando a medida que avanzamos en la lectura, y descubrimos que este no es un solo libro, sino uno y sus muchas proyecciones en los niveles de interiorización que consiga el lector. Hay un larguísimo poema velado en los versos escritos en negritas, que se difumina, aturde los sentidos con un golpeteo impetuoso, grave y también indiferente, esta “negra que habla en negritas” no está interesada en demostrar nada, menos aún en explicarlo. Vivimos en un mundo donde se espera que todo sea explicado —explicable—, y he ahí otro obstáculo que encontrará un lector acostumbrado a los libros ordenados, orgánicos, llanos, esta vez no verá ciertas cosas si no le hacen llorar, hay dolores que solo se pueden sentir (ver o explicar) mirando a través de las lágrimas: “… puedo llorar / frente a desconocidos / pero da igual si me conocen / una mujer llora / la bóveda celeste / recubierta del polvo / que ulula en los túneles”.

Por si sigue interesado en estas palabras que lanzo hacia los versos de Margarita García Alonso, insisto en que aun estoy colgando del techo, ya no me balanceo, nada va a salir de este capullo excepto palabras, confusas, que no sirven para explicar nada, porque nada en este libro está sujeto a explicación. Aquello que no puede ser explicado se resiste a dejarnos y mastica muchas lenguas para defender su derecho a ser en la vaguedad de nuestra limitación: Lo que no se puede explicar no es, no existe, van a gritar aquí los rígidos y los críticos —se puede ser ambos—, mientras Margarita y yo nos reímos como si estuviéramos locas.

Este sujeto que versa no se detiene más que en el detalle justo, en el punto álgido, en la cima de las cosas y las emociones, nos asegura que un mundo integro es una ilusión, el mundo es un cúmulo de fragmentos inexactos. Inconexos, que nuestra presunción y ansia de grandeza completan: “el pájaro / con el grano / en la oscura cavidad”. Yo no quisiera creerle, pero aquí en este espacio tiene una verdad tan grande que emula a la de Dios, asusta un mundo donde todo está a medias y debe ser completado por nosotros, por nuestro ego y ese pequeñito don de la creación, pero para eso existen los poetas, para salvarnos en ese dilema y asumir la culpa: “en el campo arrasado, / una y otra vez / limpio oraciones / de consolación”.

El verso corto redunda en una música interior monótona y cortante, en poder de toda la síntesis posible. La negra, en trance mediumnico, se desborda en lenguas desconocidas y hermosas, se presenta a sí misma como la dueña del tiempo: “cascarilla de arroz / blanquea mi cutis / mientras fumo / las delicadas páginas / de una biblia”. Formalmente, la negra y su irreverencia están en posición de saltarse todos los ritos a guardar, con naturalidad se fuma la historia de una larga etapa de la vida del hombre, una larga historia sobre la fe y el perdón, y entonces desgrana su propia liturgia, la convierte en ritual: “nunca me lamento / no sé de otros mundos” y “no pienso la arena / cuando entro al desierto”, nos da estos códigos sin pretensiones, para que cada quien haga con ellos lo que le venga en gana; se cuelgue del techo dentro un capullo, encienda cirios o se arrastre a las márgenes del rio San Juan. La liturgia del cuerpo también forma parte del trance de la negra, el sexo como consecución del placer, sin relación con filosofías e interpretaciones primigenias: “mi teta / madura / me convierte en fruta / cada verano” y “entre hombres / de cualquier raza / en el linde”, para concluir sin drama, nos deja dos máximas que pretenden no dejar margen alguno a la fragilidad: “quemar / donde se puede / alojar el alma” y “es todo, / casi digo amor”.

Hasta ese prescindir de la fragilidad nos conduce a una elegancia sin afectación, que no presume de nada, la luz del bajareque es su sombra cuando va de oriente a occidente, cuando en Europa se bebe juntas la primavera y la nostalgia: “la luz / del bajareque / poseída / por tendederas / oficia en la catedral / de trapos”. “devoro / la primavera / en Europa”. “la lluvia moja / con nostalgia / de Océano”. “dirán / por ella pasaban / los camellos de oriente / las dunas / todos los desiertos”. “dirán, / era / una / negra / instruida”.“ahora no sé / sostener mi nombre”.

Si toda esta primera parte del libro transcurre amparada en una cita de Pushkin: “Fue en su patria, bajo aquel cielo azul / ella, la marchita rosa / al fin murió.”, recoge los “Poemas de la vieja negra”, bajo una cita de Yeats: “Mas todo ha cambiado,… / arrastra al cisne un oscuro torrente…”, leemos con esperanza el “Discurso de la negra instruida”.

Margarita García Alonso me ha llevado consigo en su transformación, me ha involucrado con un sujeto lírico polifónico y libre, que habla en versos cortos, que no da nada gratuitamente y ahora muestra otra parte de sí, la negra vieja se ha convertido en la negra instruida y de pronto sus versos se alargan, se emblanquecen, hablan de Aristóteles, de vasectomías y mastectomías, de un puzle psicodélico, y yo sonrío —aunque todavía no bajo del capullo que cuelga del techo—, consigo asirme al último jirón de aquella mujer para entrar en esta: “…bajo ritmo perfectamente fluido, / oscurezco en la lucidez del fracaso / fuera de los hechos, / la lógica se rinde, / mitad hombre, mitad mujer / mitad negra, mitad blanca, / abrevio / al bajar ojos / sin disfraz, sin soberbia, / sobre el samurái / del Teatro japonés / que grita No, no, no / pies juntos / como si quisiera vaciarme / de entrañas…” . Y resulta fácil reconocer en esta segunda parte un ritmo más pausado, no más dócil, sino que ha encontrado su lugar a la mitad de todo y no reconoce la vergüenza como un sentimiento posible, solo se deja vencer en el cuerpo, porque ha colocado su alma en un sitio inaccesible: “…entonces cedo / siempre he cedido / el cuerpo a los cuchillos / cuando repito la palabra “dicha” / dicha la dicha / llego cuerda / al próximo discurso / discurso / discurso / discurso / discursos…”. El juego de palabras pasa directamente a la ironía, a la tristeza, a la soledad y al poder que conceden todas estas cosas a la negra instruida: “…no hay reino imposible / bajo el peso del cielo, / cuando sostengo / la nieve en mi mano / a fuerza / he llegado al rellano, / trato de traspasar la puerta, / cualquier puerta sin temblar…”. Pero a partir de aquí todo tiembla y se desgaja —por si no lo había dicho, ya he bajado del techo, de pronto el capullo maduró y se abrió tan rápido, me echo fuera y se consumió como un final—, la negra instruida trae a Joyce, Van Eyck, Sófocles y Po Li, dice dicha y tibores en el mismo poema, universidad y tufillo y se queda tan tranquila. De pronto regresa el código: los versos cortos, las letras en negritas, la síntesis, la negra vieja renacida de un montón de luz, una luz distinta: “la luz despluma / la cima de este infierno”, vuelven la soledad: “en cualquier momento / la luna se deshace en salitre” y ahora también la vejez: “…me extingo / en la droga del otoño, / bajo manzanos,…”.

Si alguien me imagina ahora acodada en mi escritorio, reclinada en el sillón con el libro delante de los ojos, de nuevo se equivoca, nadie se cuelga del techo y se encierra en un capullo para leer un libro y sale de esa metamorfosis siendo el mismo. “Cuaderno de la vieja negra”, de Margarita García Alonso, me ha dejado un nuevo aspecto interior, unos mundos y unas voces que agradezco profundamente.

[1] Ha publicado los libros: “Sustos de muchacha”, (Ediciones Vigía, 1988), “Cuaderno del Moro”, (Editora Letras Cubanas, 1990). En Editions Hoy no he visto el paraíso: “Maldicionario” (2009), “Mar de la Mancha”(2008), “L’aiguille dans la pomme”(2012), “La costurera de Malasaña” (2010), y “Cuaderno de la herborista”(2011); “Breviario de margaritas” (2012), “Cuaderno de la vieja negra”, y “Zupia” (2016). . Además, los relatos para niños: “Garganta”, y “Señorita No y señora sí” y las novelas: “Amarar”, (también publicada en Ediciones El barco ebrio, 2012.) y “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”, 2012. En la categoría Arte: “Isla, el libro imposible”, “Cierta idea de la justicia”, así como el primer libro ilustrado sobre la obra de José Lezama Lima: “Lezamillos habitados”. En el 2013 ve la luz el poemario “El centeno que corta el aire”, editorial Betania, Madrid; y en edición bilingüe, (francés, español) “La aguja en la manzana”, en la Casa parisina L’ échappée belle édition.

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Sonia Díaz Corrales. Es poeta y narradora. Nació en Cabaiguán, Cuba, en el año 1964 y reside en Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias. Ha publicado: Diario del Grumete (poesía), editado por Taller Editorial Vigía, Matanzas, Cuba (1996), y Sed de Belleza Editores, Santa Clara, Cuba (1997), Minotauro (poesía), La Habana, Cuba (1997), El hombre del vitral (novela), Editorial Idea y Editorial Aguere, Islas Canarias, España (2010) y Noticias del olvido (poesía), Ediciones hoy no he visto el paraíso, Francia (2011), El puente de los elefantes (novela) , Ediciones El Barco Ebrio (2013). Sus poemas aparecen en las antologías: Retrato de grupo, La Habana, (1989), Poesía infiel, Antología de jóvenes poetas cubanas, Editorial abril, La Habana, (1989), Poetas del Seminario, Cuadernos informativos, Instituto Cubano del Libro, La Habana, (1992), Un grupo avanza silencioso, Universidad Autónoma de México, Ciudad de México, (1990), Poesía Cubana de los años 80, Ediciones La Palma, Madrid (1993), Antología de décimas, Centro de la Cultura Popular Canaria/Ayuntamiento de la Victoria de Acentejo/Caja Canarias, Islas Canarias (2000), Todo el amor en décimas, Editorial Benchomo, Islas Canarias (2000), Mujer adentro, Colección Mariposa, Editorial Oriente, Santiago de Cuba(2000), Puntos Cardinales. Antología de Poetas Cabaiguanenses. Parte I, Puente Colgante, Ediciones Ideas, Cabaiguán, Sancti-Spiritus, Cuba (2000), Como el fuego que está siempre, Editorial Consejo de Iglesias de Cuba, La Habana, Cuba (2009), Paisajes interiores, Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, México (2010). Antología de la poesía cubana del exilio, Aduana Vieja, Valencia, España (2011). Obtuvo el Premio Bustarviejo de poesía, de Madrid, el Premio América Bobia, de la Ciudad de Matanzas, Cuba y el Premio Abel Santamaría, de la Universidad de Las Villas, Cuba, así como menciones y reconocimientos en otros concursos en Cuba y el extranjero. Fue finalista del Premio Viaje del Parnaso (2008)

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Cuaderno de la vieja negra, de Margarita García Alonso, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2016

In Margarita Garcia Alonso, Mis libros on 12 septembre 2016 at 2:53

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Cuaderno de la vieja negra, de Margarita García Alonso, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2016, es un experimento sobre la maestría de palear, arrastrar, tirar, suprimir hasta llegar a desvestir el verso. Un cuaderno metafórico, escrito con lenguaje directo, donde utilizo la técnica del desdoblamiento para contar la otra, la negra en la oscuridad, quien quizás sea mi luz. Es mi poemario ocho.

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Declaración de independencia de José Fernández Pequeño

In AmiGos, Margarita Garcia Alonso on 5 mai 2016 at 4:46

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viernes, 29 de abril de 2016Declaración de independencia

Porque escribir es a veces eso,
observar y apropiarse de la basura ajena.

Maurice Sparks y/o Ernesto G.

–¡Por favor, no vuelva a decir que es increíble! –protesta con el celular apretado contra el oído izquierdo y viene a recostarse de mí.

Conozco cada reacción suya, cada impulso que sus decisio-nes –igual las muy meditadas como las más irreflexivas– ponen a circular por ese cuerpo menudo y casi siempre en tensión. Hace mucho aprendí a leer lo que siente a través de sus contactos y puedo asegurar que ahora mismo está al borde del colapso. Mientras escucha, saca con la mano derecha uno de los libros alineados en el quinto estante, contando de abajo hacia arriba, y lo muñequea bruscamente, como si necesitara comprobar que no hay algo peligroso escondido entre las páginas. Son las Ficciones de Borges, lo confirmo cuando tira el volumen encuadernado en rústica y formato seis por nueve sobre la mesa de trabajo para despegarse de mí reclamando al pequeño transmisor:

–Siete años sin escribir, siete años de espantosa sequía, y ahora que por fin regresa el impulso, ocurre esto… ¡dígame si no es cruel!

Y comienza a pasearse frente a mí, de pared a pared, ida y vuelta desde la puerta que conduce a su dormitorio hasta la ventana que da a la calle, a una ciudad que él no se ha cansado de maldecir –páramo, desierto, estercolero de engreídos, nido de superficiales con dinero, eso y más la ha llamado– durante los últimos siete años.

–Nada de eso importa ahora –tira un golpe al aire con el brazo libre–. Lo que escribo aparece luego cambiado, dígame qué parte de esa desgracia no entiende y se la explico otra vez.

Detiene su ir y venir. Se congela con los cinco dedos de la mano derecha unidos y muy cerca del rostro, mientras respira angustiado la voz que ha de estar vibrando en las entrañas del aparato y los huecos en sus mejillas se ahondan todavía más.

–¡No quiero calmarme! –explota al fin–. Ayúdeme a encontrar una explicación, que para eso usted es el autor y se inventó esta bronca del escritor emigrado y la ciudad hostil, ¿cómo va a venirme ahora con que no puede controlar un conflicto que usted mismo imaginó?

Camina hacia la mesa de trabajo, toma una hoja de papel que ha estado todo este tiempo sobre el monitor de la computadora:

–La otra noche escribí –y lee–: «De cierto modo, adoro los caminos inciertos», y cuando me levanté a la mañana siguiente decía «De cierto camino, adoro los modos inciertos», ¿ve? ¿Considera que algo así es aceptable?… Qué va, olvide el mambo y cante bolero, no hay posibilidad de error. Otra cosa no tendré, pero buena memoria me sobra… Mire, ayer mismo escribí –y vuelve a leer–: «Ahora encuentro mis historias por doquier, a menudo en la basura ajena», ¿y quiere saber cómo apareció esta mañana? Pues «Encuentro ahora la basura ajena por doquier, a menudo en mis historias».

Se sienta sobre la mesa de trabajo, de espaldas hacia donde estoy, lo que me ahorra sus ojos enrojecidos, la expresión de desamparo que hace lucir más salientes aún los huesos de sus pómulos.

–¡Vaya! –exclama, y se da un golpe en el muslo con la mano que todavía empuña el papel–, así que escribir es en sí mismo un acto de traición… ¡qué frase tan bien compuesta, lo felicito! Pero, ¿sabe qué?, no me sirve de nada. Si no es usted, ¿quién cambia lo que escribo? ¿El gato? ¿El librero? Como están las cosas, a lo mejor el librero aspiró un soplo de vida y ni usted ni yo nos hemos enterado. ¿O seré sonámbulo? Eso, ¿andará suelta por ahí una manifestación salvaje de mí mismo que reescribe mientras duermo o estoy en la calle? Porque las palabras no cambian solas de lugar, ¿o sí?

Y bueno, en ese último aspecto discrepo de su razonamiento, incluso podría facilitarle dos o tres libros de entre los que él mismo ha colocado en mis estantes para estimularlo a revisar sus criterios sobre los hábitos de las palabras, o por lo menos a tomar en consideración el carácter revoltoso de ciertos escritos… Pero mejor dejamos ese ejercicio para otro momento, no es prudente contradecir a una persona como él cuando está así de alterada.

Ilustración: The writer isolator, de Margarita García Alonso.
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Margarita García Alonso: Periodista, poeta y artista visual cubana. Es una de las personas más ocupadas del planeta. En la mañana escribe mundos que echan a girar apenas salen de sus manos. La tarde la dedica a una investigación sobre el modo subjuntivo en la comunicación afectiva de las flores. En su tiempo libre se desempeña como reina en Groenlandia… sin remuneración, claro. Y en la noche, mientras parece dormir, en realidad ejercita la cuántica, lo cual le permite hacer audaces dibujos para textos que sus amigos alguna vez escribirán, aunque ellos todavía no lo sepan. ¿No me creen? Pues solo hagan clic sobre su nombre.

José Fernández Pequeño
Escritor. Vive en esa tierra firme de la edad en que ejercer la memoria resulta un privilegio. Para más información, ver: http://www.linkedin.com/in/fernandezpequeno21