El maestro y Margarita

Las llaves de la noche

Por Margarita García Alonso
en EFORY aTOCHA
Fayad Jamis tenía los dientes como un comedor de caña, parejitos. Las manos enormes y cuadradas, un bigotico de don Juan, los pelos muy negros; la risa socarrona, los pies planos y grandes, los ojos tiernos o feroces, según a quien mirara, la nariz de “zapatico viejo” –solía decir- ; y se desplazaba situando puntos cardinales.

Era presencia, imponía una estructura imantada, un karma muy anciano y sabio. Ni se justificó, ni pidió plazas, nunca. Estaba con su fiereza de niño que en una trastienda de Aguascalientes, donde su padre libanés guardaba y cortaba telas, desde ahí, medía pasiones y hombres con la misma vara.

Pocas veces cortó y cuando fue el caso, sangró en la herida.

Bañarse en las pocitas de Guayos, junto al enorme seboruco que su padre levantó en una competencia de brutos, fue el estreno y la primera fama tras descender del barco que les refugió en la isla de Cuba. Estaba marcado, era un fugitivo, un errante de los exilios.
Con su mamá aprendió a silbar, siempre lo hacía. Chiflaba y el sonido recorría los pasadizos del Vedado. Por y para ella había aprendido la letra de boleros melosos, -un día haría un disco con Otto Fernández, Marrero, Tomas Álvarez, Alcides…a su memoria- ; por ella buscaba en la cabellera de las muchachas el olor a limpio de los jabones amarillos.

Todos los meses recordaba que tenía tumba en el centro de la isla, y que no podía ir a ponerle flores. Pensaba que debió en un tiempo tener muchos primos en una ciudad arrasada completamente, en el Líbano. Le intrigaba su árbol genealógico como si fuera la causa de no poder adaptarse a tener familia. Dulce de leche muy azucarado y un té a la menta amargo se ligaban con los tostones. Me dijo que hubo de batallar para saber de dónde era, y se sentía cubano “tirado”
Tenía sus muertos -los complacía como en las tradiciones maternales- Hasta les nombró en la novela ¿Dónde están las buenas personas? que pasé a máquina y debe dormir en un armario de cualquier funcionario de la Habana.

Tenía amigos, quienes seguían sus zancadas, su apetencia, su gusto por el café, el vino, la charla, las horas buscando el tipo de papel que mejor iba a un verso, o las risotadas tras un humor finísimo, aguja y dedal de inteligencia. Tuvo enemigos a quienes fue dando la mano, porque yo encontraba ridículas y desfasados los motivos de ruptura. Estaba marcado, había sido muy pobre y solo concebía en los Hombres la riqueza de ser bueno.

Cuando viví a su lado estaba acabando la escasez en cuartuchos, e iba en camino de ser un coleccionador de cuadros, cerámicas negras, y libros, muchos dedicados por el autor, en primeras ediciones que encuadernaba en piel y letras doradas. Su biblioteca era inmensa y aun así, envidiaba cualquier tomo que no tuviera.

Todo estaba en que decidiera sacarlos de las cajas que se amontonaban hasta el techo. Todo estaba en que firmara renuncia con relaciones exteriores y volviera a la poesía. Todo estaba en que admitiera que ya no era el huraño lobo solitario – había largado a una enamorada porque quiso ponerle un botón a su camisa-…

Lo hicimos y nació la casa planeta. Hubo cómplices, Omar Pérez, Carlos Augusto Alfonso…quienes se hicieron pasar por carpinteros para levantar las bibliotecas. Hubo muchos viejos poetas de alcahuetas protegiendo nuestra unión, hasta un médico, Moreno del Toro, para que no nos diera un síncope de la emoción.

Recortaba fotos y artículos; coleccionaba invitaciones, cartas y papeles de todo tipo. Cuando hablaba garabateaba y le salían bichos, ciudades. En los sobres de la correspondencia ha quedado ese savoir faire entre tinta china y óleo donde se mezcla el bestiario imaginario de todas las culturas que le fomentaron en único. Su trazo, a la pluma negra antigua, con punta afilada era intenso, como un desgarrón; en su técnica estaba sombrear al máximo y solo después, cuando la furia pasara, darle color, iluminar la obra.

En los grandes formatos se sentía libre de trazar estrellas o manchas, era en el mediano donde florecía la composición barroca, el símbolo. Estaba marcado por las sombras. Trabajaba de noche, de madrugada.

Fumaba tabacos y sabía hacer círculos de humo, tenía un cojín morado y un sillón para recibir -ahí nadie se sentaba- excepcionalmente, yo.
No sabía encender la cocina, echar a andar la lavadora, ni cambiar un bombillo. No sabía terminar un grabado -o sí que sabía- pero se acumulaban en la mesa para el día en que debía entregarlos en la Habana vieja.

Impecable en su guayabera azul cielo, yo manchada de pintura fresca, llena de papelitos, mensajes, recados que él me dibujaba por una hora de ausencia.
Le regalaron, sin dudas, el permiso de conducir. No sabía de dineros, cuentas, ni siquiera que había que inscribirse para tener alimentos. Julia o Ada quienes ayudaban en las labores de casa, siguiendo un consejo preciso nada tocaban, a no ser el trillo del pasillo.
Fayad tenía la creencia que el polvo protege, que si se abren puertas, se escapaban las cosas que amaba.

Pero sí sabía contar de Orígenes, quien era aquél poeta, de cómo se creo una colección, o una revista, de cómo Bretón le apadrinó para su exposición en Paris, o Nivaria le acuchilló las telas, o Retamar se peleó cuando él le quitó una novia… ahí desacralicé el mundo…entendí poemas en francés, en inglés, supe de geografías, de biografías -de Mahoma tenía, por lo menos cinco-. Le gustaba leer en voz alta, no levantaba los ojos, recitaba con delectación su obra, o poemas de otros, enfatizando los saltos de verso con leves movimientos de la mano.

Sabía escribir en una máquina de cuatro patadas y mucho a la mano y describir y corregir. Con el poema era diferente, se pegaba, al buril con las palabras hasta que consideraba llegar a un punto de no regreso. Entonces los databa, precisando hora de comienzo y de final. Como en una maternidad, poema a poema.

Cuando le conocí ya había escrito textos memorables; su nombre se estudiaba en manuales de escuela. Se había casado y divorciado dos veces, la tercera ocasión la viví en situación y escandalosa repartición de bienes, por poquito se muda a Matanzas. Contaba con cientos de ex amantes, hasta con una bailarina que se suicidó… En la puerta de casa dejaban cartas, girasoles, aviso de pasaje, golosinas…

Estaba marcado para el amor, a palos marcado.

Le asustaba la inocencia y me educó el gusto, el paso, el trazo, la mordacidad e ironía que deben agitarse con bondad. El tono de su voz era refinado y pleno de nobleza. Estaba marcado como un ahorcado delante de un café, por la fe y la creencia.

Conoció el infierno de recorrer pasillos de hospitales, donde vimos niños desfigurados, seres que parecían mutantes con tintas rojas que delimitaban las radiaciones; conocimos tardes en que el suero entraba lento y devolvía el poema, el escupitajo del toro, mientras caía su pelo, en un reguero interminable de pérdidas por la casa.

Conoció la tristeza de saber que se iba y teníamos cajones aún por abrir, textos mecanografiados; el tórculo que entendió que debía darnos una alegría, daba pruebas de equilibrio, las ediciones Vigía tendrían el apoyo de esta imprenta; estaba claro que publicaríamos a media Cuba…y éramos una “pareja de libros”- “el maestro y margarita” de Bulgakov se paseaban por San Lázaro camino al Almejeiras…-decía con ironía-.

La maqueta del museo de pequeño formato, la fundación en Guayos, reposaba bajo la lámpara Art Nouveau, que otra vez, se había desarmado, y que repararíamos después de la mudanza, el viaje a Nicaragua, quizás vivir lejos, lejos… vivir.

Nos habían abandonado, nadie quería verlo morir. Dios, que solos estuvimos con la muerte.
Fayad decidió hacer prueba de hombría e ir perdonando antiguas batallas líricas, afectivas, romper las destempladas lanzas de ex funcionario y perdonarse con humildad.

-Le quedaba irremediablemente una falta, esta criatura.

en paz descanse mi Moro
Fayad Jamis, 28 de octubre 1930 en #Mexico , 12 de Noviembre del 1988, La Habana, #Cuba

Nada puede ser más incierto, pag. 9 Linden Lane Magazine, gentileza de su directora Belkis Cuza Malé
sobre el Moro y margarita

Amo el tiempo de amar, ahora la noche
Amo el tiempo de amar, ahora la noche
se desparrama en astros y tibieza.
En una esquina yo te espero
mordiendo tiempo, buscándote
en los rostros que llegan, en la prisa
de los que temen que la noche se pierda.
Te espero con mis años golpeados por el fuego,
Atado a la bestia de mi juventud.
Quiero crecer en ti, darte vida en mis manos,
hacerte de la tierra más pura
enteramente mía, ciegamente mía,
criatura del color de los sueños más hermosos.
Amo el tiempo de amar. Y tú eres la lluvia
porque ahora tengo tus ojos
todo puede estallar en color y fragancia.
Eres la lluvia que llega por sorpresa,
eres la claridad de mis ojos, el agua que desean
mis labios,
criatura del color del viento en la noche.
Te espero, amada mía. Bella es la noche.
Las voces de la gente no pueden apagar el ruido
de tus pasos.
Te siento venir presurosa, invadida
de inquietud, asustada por algo,
y tus ojos me miran, pidiéndome ayuda
mientras yo mido y golpeo el tiempo.
Cuando llegues no habrá muchas palabras.
Bella es la noche, inmensa, y tengo sed, amasa.
Date prisa. Mis manos tienen sed
Voy a llevarte hasta el fondo de la noche,
allí donde ya no será posible tu regreso.
Yo te enseñaré los viejos secretos y las más
terribles ceremonias
del país de mi sangre. Fayad JAMIS

 

La última tela de Fayad Jamis, dedicada a mi hija Laura

Bendito Maldicionario, por Jorge Tamargo

Leí recientemente la obra poética de Margarita García Alonso. Lo esencial de ella, quiero decir, en una compilación preparada por la propia autora con poemas seleccionados de nueve de sus libros. Sé que esta obra no me necesita como comentarista (ya se explica y justifica a la perfección por sí misma) pero debo comentarla para vosotros. Primero, y perdonad el abuso, porque lo necesito yo. Segundo, porque cualquier obra poética, incluso (especialmente) si llega a este altísimo nivel de calidad, precisa voceros militantes que ayuden a su difusión. Entonces froto la lámpara, y, con vuestro permiso, pito.

Llegué con tardanza a la poesía de Margarita. Apenas la había leído en algunas antologías, y antes de esta zambullida en su obra, sólo leí íntegramente “El centeno que corta el aire”, gracias a la gentileza de nuestro común amigo, el poeta y editor de Betania, Felipe Lázaro, que me lo envió con una entusiasta llamada de atención. Ya veis, leo y releo, también poesía, y todavía me permito el “lujo” de tales carencias… Bueno, llego tarde pero aquí estoy. Me abruman la obra y su extensión, así que en este primer pitido convocante me abstengo de entrar en toda ella para centrarme en uno de sus pliegues. Pude hacerlo en otros, pues todos tienen similar interés, pero escojo Maldicionario.

Si Margarita hubiera estado en casa de Agatón aquel día, a los postres de la célebre comida que tan brillantemente reprodujo para nosotros Platón, y en la que algunas de las principales cabezas de Grecia especulaban sobre Eros (es mucho suponer, claro, ella no hubiera sido invitada; para su suerte, pues un animal poético tan hembra nunca es proclive a la mayéutica masculina, pero supongámoslo); si hubiera estado allí, digo, y no en alguna Casa de Hetairas, espantando con todas las poéticas posibles el cáustico aburrimiento a que estaban condenadas las canónicas Nikés de Atenas; en el momento exacto en que Diótima, por boca de Sócrates dijo que Eros “es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos”; en ese mismo momento, estén seguros, Margarita habría esbozado una sonrisa cómplice y habría abandonado la sala para escribir Maldicionario. Pero si a pesar de su empeño hubiera sido retenida bajo cualquier pretexto por un Adonis pensante, llegado el momento en que Diótima (Sócrates/ Platón) dijo que Eros por encima de todo resulta un “impulso creador”, Margarita hubiera roto el dominó, y ya sin poder aguantarse, se habría encaminado a su libro exclamando: “toda ecuación del mundo está en el sexo”. Así de segura, y a la vez de femenina la imagino en aquel trance, porque de tales materias está construido su libro: Amor y erotismo (suponiendo que no sean uno, sino palo y astilla respectivamente) como base de un tremendo impulso creador.

Maldicionario es un poemario de amor donde, además, se ajustan cuentas con el pasado. Del pasado emerge un escepticismo amargo, pero Margarita no lo acepta mansamente. Su capacidad de amar y su inspirada locura le permiten pretender una redención que, aunque se ve postergada de continuo, jamás se da por imposible. Margarita cae y se levanta engallada una y otra vez. Siempre que es “violada por un hombre sin rostro” (qué terrible episodio) “navega su miedo” y rehace su himen poético para seguir adelante. “Yo menstruaba por el ojo de la desolación”, dice la poeta. “Aans te «vaginaré» demencias”, se rehace lúcida y esperanzada, con una confianza en sí misma que paraliza, que nos contagia y abduce porque está cargada de verdad poética.

No hay en este libro un solo verso falto de poesía. Su nivel es altísimo y homogéneo. Margarita, que se me antoja una síntesis perfecta (aunque isleña) de la Pizarnik y la mejor Andreu (Blanca), maneja un verso ambicioso y canalla a la vez. Pero su ambición es siempre femenina, tiene la gravedad justa, y su decir canallezco nunca es académico. Sí, cuántos supuestos antipoetas, que vendieron y venden bisutería a fotutazo limpio, se acartonaron, se hicieron catedráticos escondiendo su flojera tras un colegueo pueril, volátil y estéril… En Margarita, sin embargo, todo es verdad, o sea, mentira de la buena buena. Su verso, aunque sagaz y nada encopetado, tiene tal vuelo poético, que nos engancha estemos donde estemos, seamos quienes seamos, para catapultarnos después a su personal universo. Pues, aunque “el sol se [haya ido] a putear al fondo de las nubes/ después de hacerse nulo en los acantilados”, “es triste renunciar a un putillo, si es Madrid y enero”. Putillo el sol que se olvida de los caribeños cuando no a-islan, y putillos de la mejor estirpe los versos de Margarita; para todos los Madriles, para todos los eneros. Putillos que te placen sin saciarte, que te sacuden las entendederas y te penetran las tripas.

No hay nada solemnemente resuelto en esta poesía. Nada está cerrado a cal y canto. Cero sentencias. La imagen abre en ella sin cesar. Cuando creemos estar llegando a un oasis para remolonear un poco, Margarita nos aguijonea, nos desampara de nuevo para que sigamos buscando. “Encuentro el horizonte terno”, nos dice. Y vuelven a caer sobre nosotros todas las preguntas, vírgenes y libidinosas: fértiles. Otra vez a bregar, a esperar la santa penetración, venga de donde venga, porque “da igual el santo que te penetre si trae yerba”. Todo vale, incluso la marihuana, la cocaína, si cohabita el espacio donde señorea la Gran Jerarca (su poesía), si se pliega a ella para encantarnos.

Hembrísima esta autora. Con una fuerza endiablada. Pura verdad poética. Ya quisieran muchos biendecir como maldice ella… Ahora, bueno, tocaría ponerme serio y señalar algunas tonterías formales, algunos despistes irrelevantes. ¿Qué libro no los tiene? Pero callo porque debo hacerlo, porque la poesía cuando tiene esta dimensión áurea ha de celebrarse por encima de todo. Así que escucho el acusmata pitagórico y con él repito: “No interrumpas a una mujer cuando danza para darle un consejo”.

Maldicionario, recuerden, de Margarita García Alonso.

El libro en Amazon

Bendito Maldicionario, por Jorge Tamargo en Encomio de la imagen

 

Alberto Garrido Rodríguez, Moscas, zumbidos, para Margarita García Alonso

Muchas gracias, Alberto Garrido Rodríguez

Moscas, zumbidos
Para Margarita García Alonso

La mosca espera su momento
para posarse en la carne.
Despliega sus alas, cuenta cada segundo. Espera.
Cuando la sangre deja de latir
y huye el alma
(ella escucha el zumbido de un alma cuando muere),
entonces se abalanza.
Lame, perfora, chupa.
Su vida será breve,
pero este es su triunfo sobre hombres y bestias.
(Del poemario Una casa llamada Sueño, inédito)

Alberto Garrido Rodríguez, Moscas, zumbidos, para Margarita García Alonso

María Elena Cruz-Varela entrevista a Margarita García Alonso para RADIO TV MARTI

ENTREVISTA

La pintora, escritora, poeta y periodista cubana Margarita García Alonso desde su exilio en Francia
septiembre 25, 2019

Desde Francia, llega a Dile que pienso en « Ella », Margarita García Alonso, La Maga, para quienes la conocen bien. Poeta, pintora, periodista cubana que, desde su exilio europeo se mantiene en contacto con « todas sus cubas », sus demonios y sus ángeles también.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

No me marché, me “marcharon”. Gané un concurso de pintura en Normandía, el premio consistía en una exposición en el Museo du Prieuré, en Harfleur. En los noventa se entregaba el pasaporte en la embajada de Cuba en Francia, se recogía para el regreso y el mío nunca apareció. Me costó meses en el limbo, sin posibilidad de entrar a la isla o de hacer trámites para quedarme, y mientras el apartamento en La Habana fue ocupado, mis pertenencias desaparecieron y fui borrada de los registros.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Del otro lado siempre estaba el universo. Personas con suerte y otras desafortunadas, pero individuos que escogen desde la comida, los zapatos, el lugar de vacaciones, hasta el Presidente de la nación.

¿Qué encontraste?

Me encontré. Me visioné ignorante, con una masa de certitudes falsas. Me habían convertido en un Ser desvalido, desarticulado, entre sentencias sobre “buenos&traidores”, y toda la retahíla que inhibe relacionada con los miedos que meten en el subconsciente: me moriría de hambre, sin asistencia médica, bajo un puente, y mi hija no podría estudiar. Todo falso, chapita de concreto, aguja en la sangre. Encontré a los poetas rusos, a otros escapados, y un saber escamoteado por el totalitarismo absurdo. Encontré a Oriana Fallaci y supe que ese era el periodismo que llevaba en mi título; tropecé con un deber tan grande como mi pena: testimoniar que mienten.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Ha sido una iluminación, desglosé la ideología que destruye, vestida con pintoresco traje de hazaña de pueblo y cachondeo cíclico, mezcla de bagazo con pluma de aura tiñosa tras el Patria o muerte. La patria no pertenece a quien gobierne, ni a ellos ni a otros, y la muerte parece una marca de champú para lavar cabezas, un verdadero sabotaje a la inteligencia y a la capacidad del individuo. Aprendí que el lenguaje es fundamental, tanto, que he escrito un manual sobre el proceso de desintoxicación tras sobrevivir a una dictadura.

¿Qué es para ti La libertad?

Es poder sentirse solo e intacto, sin necesidad de justificar absolutamente palabra o acto. Sentirse sano, que es respeto, no dañar a nadie, escuchar, poner la mesa, ofrecer, recibir, caminar sin vigilancia, abandonar la tercera persona del plural para opinar.

Cuadro de Margarita García Alonso
Cuadro de Margarita García Alonso

Para mi libertad pasa por regresar a la sociedad, emigrar a otro lugar, estoy cansada de tropezar con franceses abducidos en el mito 59. El viejo continente se estropea con leyes dictatoriales de la Comunidad económica. No estoy segura que lo logre.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Sí y mucho. « Ella » es mi madre, Clara, quien me trajo al mundo muy joven.

Pienso todos los instantes en Cubas, en plural, como si fuesen cubas repletas de mangos y/o de mierdas imposibles. La Cuba de abusadores que intimidan y deben quitar del puesto porque no mejoran tierra ni habitante, oxidada tuerca que no integra la isla al mundo y discrimina a ciudadanos con su flatulencia.

La Cuba de los intelectuales de izquierda, numerosos en el exilio, con la cantaleta del “socialismo bueno”, convertida en élite con grants y subvenciones…

La Cuba de estrellitas de la disidencia que se queja de secuestros y prohibiciones grupales, entra, salen, se paran delante de la Cuba humilde, levantan muro elitista. Con ejercicios recreativos de oposición desvían el problema, aquello es una dictadura, no hay democracia. Si quieres una Cuba libre sé clandestino, no figura principal de esta tragedia colectiva. El movimiento civil no se logra con inventos y falsos influencer, eso es cohete virtual, fake, bluf. Influye el que mueva a la gente y desate el turbillón.

La Cuba robótica de los fidelistas de hace seis décadas.

La Cuba de Miami, nostálgica como toda aglomeración de recuerdos, penas, esperas, con buenos amigos que encontraron camino.

La Cuba de los muertos sin poder abrazar a sus muertos, las cubas de apagones, hambre y ese cansancio de saber que ahora mismo, en la isla escasea todo y el “mayimbe” se conecta a una central de mantras maléficos pero no siembra malanga.

Las cubas que intentan borrar la historia desde tribunas, la cuba de bitongos de buena familia, allá y en otras aguas, enchufados para constituir capital o hacer carrera literaria y/o artística… como ves, es un truco que no resuelve un buen mago y doy por sentado que se sientan ofendidos los que se benefician de esta desgracia, pero no acepto como posibilidad otra sociedad de “intocables”.

Pero sobre todo pienso en « Ella », en Clara. Estoy tan lejos y sola que poseo una puerta cuántica, cierro los ojos y llego al patio de mi madre, junto a los cactus y gatos, saludo a los vecinos, incluso a los que se han ido o han fallecido- a la larga es lo mismo, exiliados. Me siento cada tarde junto a mi madre, ella no me ve y miro sus manos, me gustaría abrazarla y tiemblo, la muchacha que ella conoce ha muerto, soy solo una señora mayor que llora.

sobre El árbol en el mar, Pedro A. Assef, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2011.

Editar este poemario hace nueve años nos unió. En aquel entonces de internet con las opciones de edición ínfimas, me apoyé en el saber, casi a ciegas, que traía de la Imprenta de Cultura en Matanzas.
Parecía que no llegaríamos nunca a terminarlo, pues Pedro se movía como un vagabundo por Norteamérica, en busca del pan diario, a veces conexión, muchas no, pero apareció ese árbol superbe en medio del mar que tuvo a bien crear William Rios y lo soltamos.
Para desconsuelo, aún me entristece, pasó en silencio por los que desde hace mucho controlan (en y desde el exilio) los libros o autores que pueden nombrarse.
Pedro llevó algunos ejemplares a Miami, en una ruta improvisada, leyó en los parques, tampoco encontró institución o mesa, y se nos fue poco después, en otra odisea, saber en qué lugar lo atendían, luego cuál sería la suerte del muerto, dónde reposaría. Puede que resulte espeluznante, pero es la vida y muerte de un poeta cubano en exilio.
Mi homenaje a Pedro, espero que en el 2019 tenga mejor suerte su obra. Perdonen la crudeza, si a mi edad me veo obligada a « repetir lo editado » es porque quiero rendir justicia, que la obra y autores de la editora sean reconocidos. Muchas gracias.
Hoy al honor: El árbol en el mar, Pedro A. Assef, Editions Hoy no he visto el Paraíso, 2011.
Pedro A. Assef, Ciego de Ávila, Cuba, 1966. Murió pobre y solo en el exilio, en Carolina del Norte, Estados Unidos, 2017

« Recuerdo que José Martí, alguna vez escribió, que todo hombre fuera de su patria era un árbol en el mar, y así me he sentido yo durante esta década de vida lejos de mi tierra. Sea pues, esta breve antología, un homenaje al más alto y puro de todos los cubanos. Estos textos, que he entregado a la proverbial agudeza de Margarita García Alonso, los he seleccionado siguiendo un gusto personal, como ella me pidió que hiciera, por lo cual desearía que fueran asumidos así, lejos de tendencias estéticas, escuelas o improntas generacionales. Aquí se resumen veinticinco años de creación literaria (1986-2011), donde el trabajo con las estructuras clásicas de la poesía en lengua españolas, ocupa el peso mayor. Renovar la sensibilidad lírica de las formas tradicionales, ha sido el empeño de todos estos años, y lo que más deseo es que ustedes adviertan las ansias de esta pasión. Quiero escribir mi agradecimiento profundo a Chanito Isidron y Raúl Ferrer, que han muerto. Raúl Luis, José Pérez Olivares, Rafael Alcides Pérez, Abel Prieto, Raúl Tápanes, Fredo Arias de la Canal, Francisco Henríquez y Heriberto Hernández, quienes durante este cuarto de siglo han estimado, y publicado algunos de estos versos. En la poesía caben todas las formas de la literatura. Un poema puede ser una novela concentrada o una crítica concluyente; pero la poesía no existe hasta que no aparece el lector y se encuentra, o reconoce a los suyos en ella. Yo hice de las palabras una forma de vida, que ahora estoy entregando a ustedes, con estremecimiento y con lealtad ». Pedro Alberto Assef,  Primer día de primavera de 2011. Charlotte, Carolina del Norte

Pedro A. Assef,  Ciego de Ávila, Cuba, 1966. Murió pobre y solo, en el exilio, en Carolina del Norte, Estados Unidos, 2017

Los amigos que se lleva el viento.

Ahora mismo estaban aquí

dándome de beber en sus manos

como padres callados

iban sobrellevando mi inocencia
sempiternos oscuros me abrazaban
y yo dormía a sus pies

detrás de sus espaldas
acomodaba como una rosa el desamparo
no eran muchos

pero alcanzaban a recoger mis lágrimas

a devorar a mis versos como flores
me decían: te esperamos afuera

después de la tormenta de la muerte
ah mis viejos hermanos
mis animales de la melancolía

que se han ido de pronto con el viento

y yo sobre esta roca

otra vez frente al mar

sin patria y sin palabras.

(La portada del libro es de  William Ríos, realizada especialmente para el poemario)

HA MUERTO EN EXILIO EL POETA CUBANO PEDRO A. ASSEF. EL ÁRBOL EN EL MAR, EDITIONS HOY NO HE VISTO EL PARAÍSO, 2011

EN GASPAR EL LUGARENO, DEL BUENO jOAQUIN eSTRADA

Muchachos, vamos a seguir escribiendo para « que la muerte no tenga la última palabra » (O. Elitis) Los amo, Assef.

EN la  antología poética por el 500 aniversario de la fundación de la Ciudad de la Habana, editora Primigenios, Miami.

EN la  antología poética por el 500 aniversario de la fundación de la Ciudad de la Habana, editora Primigenios, Miami.

Prólogo

Año 500: Los convidados se reúnen

Toda antología es personal y arbitraria. Su contenido depende única y exclusivamente del criterio de su autor, por más que el mismo indague hasta el cansancio en la materia que lo inspira. Esta no es la excepción. Los textos aquí reunidos le gustaron al antologista y punto. Sin embargo, uno no puede menos que preguntarse por qué. Imaginar qué desconocidos resortes lo hicieron saltar del asiento; qué evocaciones propiciaron la inclusión; qué inesperados encuentros impulsaron el plumazo implacable que desterró poemas (tal vez decenas de ellos). Es que el misterio de la compilación puede ser tan hondo como el de la creación poética.

Organizar el volumen debió ser otro dilema. Como la locura de ordenar los árboles del bosque (diría Raúl Ferrer). La Habana fue la sola brújula que guió a Eduardo René Casanova Ealo, y la “vieja capital le abrió las piernas” para que naciera este libro. Aquí palpita La Habana desde el recuerdo y la añoranza, pero también bajo los pies del caminante anónimo que recorre sus calles; la ceiba fundacional, el Templete, el Caballero de París, las ruinas; el Malecón, los próceres, el Capitolio, los pregones… Nada escapa al inventario acucioso de estas páginas, con la ciudad como protagonista y cinco siglos de historia como telón de fondo.

Nadie debería prologar un libro que constituye en sí mismo un prólogo. La Habana convida abre las puertas a un homenaje sin tiempo. No es una poesía de ocasión; no fue pensada para ganar un concurso. Por eso ––tal vez–– transita con naturalidad la lectura de un poema a otro, sin reparar a veces en que el autor ni siquiera es cubano… De los muchos detalles que llaman la atención, mencionaría ese entre los más significativos, porque la presencia de poetas iberoamericanos (España, México, Perú, Argentina, Colombia, Chile) confirmaría la universalidad que muchos atribuyen a la centenaria urbe; alguna vez plural y cosmopolita; hoy “ciudad rodeada de sal (…) amor detrás de un cristal”, que como en los versos de Varela: “los que se fueron lloran, los que se quedan, más”.

La intemporalidad sería otro signo descollante; si no por la fecha, sí por la distancia epocal que separa a los autores, y la consiguiente variedad de estilos. El abanico se abre con un bardo de impronta romántica como Guillermo de Montagú, cuyo himno “A la ciudad de La Habana” fue concebido nada más y nada menos que en el cuarto centenario de la fundación de la villa: “¡Madre Habana, así naciste!/ ¡Así fue como surgiste del espíritu español!/ Cuatro siglos han pasado/ y aún parece agigantarse de los viejos fundadores el recuerdo,/ reflejado por el gran cristal del tiempo,/ bajo el rayo de tu sol”. Cierra una creadora tan contemporánea como Elaine Vilar Madruga, quien por su corta edad ni siquiera encajaría en la llamada Generación Cero; con códigos tan millennials como el de que « es nuestro derecho: mirar de izquierda a derecha una vez y otra/ sostener el equilibrio de este mundo llamado habana y casa./ nadie cree en nosotros. nosotros tampoco creemos en ellos./ pienso que deslizarse es la mejor opción de todas”.

La tercera y no menos atractiva cualidad sería una suerte de bien calculada disgregación autoral (geográficamente hablando). Una dispersión a tono con la diáspora nacional, en la que no faltan poetas anclados en suelo patrio, pero también aquellos que pusieron proa rumbo a latitudes extrañas. Pareciera que el compilador no tuvo en cuenta dónde, ni siquiera cómo, sino por qué se escribieron los poemas. Hay aquí cubanos radicados en la Isla, Estados Unidos, Canadá, Austria, España, Francia, Suecia, Chile, México, República Dominicana…

Múltiples formas y combinaciones estróficas se dan cita para cantar a La Habana: La décima espinela, de raíz española y tradición criollísima; la sextilla paralela, el soneto clásico y el soneto en alejandrinos, de inspiración modernista. Pero también métricas exóticas importadas al castellano (el haikú japonés); el verso libre (por supuesto) y hasta la prosa poética. Como si cada arquero apuntara a un mismo blanco, desde ángulos diversos y con diferentes flechas: “Cada cual tiene su Habana./ Algunos tocan los cambios de piel,/ otros la sienten, congelada y sudorosa en la memoria,/ como una foto”. Otro tanto ocurre con los recursos poéticos, los tropos, el lenguaje. Hay un abismo conceptual entre las oscuras imágenes de Jesús Álvarez Pedraza (por ejemplo): “Hoy es lunes en mi cuarto,/ los murciélagos se fuman/ los olores de la pared”, y la poesía narrativa de Félix Anesio, que describe con minuciosa exactitud un pasaje en la memoria:  “Marchan por la Calle Obispo/ bajo el látigo inclemente del verano./ Tras las raídas sotanas se vislumbra/ el sexo de los hombres/ que deben consagrarse al pudor, la castidad y la doctrina”.

Mención aparte merecen las viñetas que acompañan los textos, y que el antologista intercala, como si buscara un complemento visual a lo que rezan las palabras. Obras del maestro Aisar Jalil Martínez: Llenan las páginas de simbolismo y color. ¿Cómo pasar por alto la (cuasi) omnipresencia del caballo en estampas disparatadas, y a la vez reconocibles de la vida insular? Retratos de una realidad distorsionada; por momentos onírica, y acto seguido figurativa o bucólica; pletórica de criaturas fantásticas, cuyos valores artísticos enriquecen el volumen y lo convierten en libro-objeto, donde la poesía y la plástica comparten idioma y dialogan con una espontaneidad que asombra.

El corpus lírico de la nación ––digo nación y no país–– se ha compendiado con indudable profusión durante décadas. Baste traer a colación la imprescindible Antología de la poesía cubana que publicara Lezama Lima en 1965; los Cincuenta años de poesía cubana (1902–1952) de Cintio Vitier; y más cerca en el tiempo los Doscientos años de poesía cubana del profesor Virgilio López Lemus. Una muy socorrida anécdota (probablemente apócrifa) cuenta que Juan Marinello recorría un mercado callejero en Italia o Francia (no recuerdo). El intelectual comunista habría reparado en un objeto de cerámica con la siguiente inscripción: “El arte no tiene patria, los artistas sí”. Nunca estuve muy seguro del significado que se atribuye a la frase. En cualquier caso ––diría yo––, no hay patria posible si la encarcelan en fronteras políticas; solo florece libre en el corazón de quienes siente suya la tierra en que nacieron. “Nadie se va del todo”, enuncia Joaquín Borges-Triana. « Me he dividido en dos/ estoy partida./ Una parte de mi ser/ quedó en la orilla,/ en el viejo malecón/ de la Habana mía./ La otra parte de mí/ navega con la luna », confirman los desgarrados versos de María Teresa Glaría.  La Habana convida no es el primer intento por desfragmentar nuestra identidad poética, pero sí un ejercicio notable de aproximación y encuentro. Como en el relato de Marinello, este libro lleva su propia inscripción, aunque no esté a la vista: “La ciudad no tiene dueño, la poesía tampoco”. Así la ven (o sueñan) quienes llevan tatuados su signo, lo mismo en la proximidad que en la distancia: « Entra a los barrios de La Habana, antigua y marinera (…)/ Haz que dure ese instante hallado entre el sueño y la vigilia./ No te obligues en demasía. Descansa una tarde/ y ve hasta la sombra acogedora de los nuevos toldos./ Si ya estás listo. Si todavía eres uno de la ciudad » (Alberto Edel Morales). « Volveré sobre espumas/ a La Habana/ para encontrar tu cuerpo/ en los vitrales,/ dibujaré contigo/ otros umbrales,/ un sendero quizás y una manzana./ Sin cuerdas llegaré/ para beberte/ y pedir a la ceiba/ tan sagrada/ un fragmento de luna eternizada,/ soles/ para cantarle a nuestra suerte » (Agustín Labrada Aguilera).

Editorial Primigenios, nacida en un tranquilo vecindario del suroeste de Miami, apuesta por el riesgo: Dar a conocer la obra de escritores inéditos o escasamente publicados, cuyo trabajo, por las razones que sean, duerme el sueño de los justos. Tal vez sea este su proyecto más ambicioso hasta el momento: Convidar a un banquete donde los comensales no se sientan a comer, sino que ponen el plato. El 16 de noviembre de 2019, cuando la villa de San Cristóbal de La Habana celebre su primer medio milenio, esta humilde pero jugosa antología estará a disposición del mundo, gracias al hilo globalizador de las redes. A tono con la misión de los editores, aquí se dan la mano escritores de larga y reconocible data ––Félix Luis Viera, Edel Morales, Margarita García Alonso o José Antonio Martínez Coronel––, con otros cuyas letras (no menos valiosas) no siempre corrieron igual suerte en las imprentas. En ello radica la magia de la independencia, de la no subordinación a instituciones, mercados y camarillas literarias, que muchas veces terminan por lastrar la autenticidad del arte.

La Habana cumple 500 años. Joven y vieja a la vez, se embarca en un viaje sin retorno. Otro maestro de la imagen, Félix González Sánchez, la encierra en una botella y la echa al mar. La escena me recuerda una pieza icónica de Lázaro Saavedra, donde la Virgen de la Caridad empuña un remo y predica “con la fuerza del ejemplo”. En la de Félix ––que pone rostro al libro––, la “Madre de todos los cubanos” guía la expedición; la ciudad es un mensaje de futuro, con luna, bandera y capitolio. No hay nada que temer: Sobre el abultado lomo del frasco un marino famélico otea el horizonte, y más temprano que tarde, entre las altas olas asomará la tierra prometida. Tienen la palabra los poetas, que es la mejor manera de hablar o de callar, pero también de esperar. No se diga más. Es hora de que los convidados se acerquen a la mesa: La Habana está servida.

Leopoldo Luis García


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De esto escribo.

De esto escribo, va en cada letra.  Por ahí vuela« Mouche »y los poemas. Desgraciadamente no me inspiro leyendo poesía, por muy buena que sea. Tampoco influye que esto, aquello o el otro sea reconocido como excelencia, + bien leo filosofía, ciencia, historia, biografías, novelonas, entrevistas, Tratados, en fin, textos en desuso. Todo se agita con las circunstancias de mi vida y creencias, por eso me salen malos y entiendo que no sean acogidos, ni entren en la excelente literatura a granel de época, que en realidad me deja indiferente.  No hay remedio, son malos, pero míos.